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El claroscuro de la restauración
Por Marco Fonseca - Guatemala, 9 de marzo de 2016

Los símbolos que guiaron las luchas progresistas en el pasado no han muerto. Pero los que nos deben guiar en el futuro no acaban de nacer.

Si, como dice Zizek, la temporalidad emerge precisamente cuando lo eterno irrumpe en la historia y con ello renuncia a su eternidad; si el «tiempo», como dice Ranciere, no es nada más que «intervención», buscamos entonces el Evento que rompa con nuestra rutina normal, la intervención que cambie la inercia temporal de un acontecer contingente que nos dicen falsamente que es eterno.

Pero acabar con la metafísica eterna que justifica ya sea la normalización de la contingencia o la restauración del estado de excepción no requiere de un retorno a la edad oscura de las balas y los machetes. Ese es un truco que no viene de un acto colectivo de temporalización que crea lo nuevo, no es una intervención que dibuje los contornos de la posibilidad. Es la renuncia a la eternidad de que nos habla Zizek a favor del tiempo de la contingencia que se pone el uniforme de la metafísica restauradora de equilibrios y balances que son propios de lo que Hegel llama la mala infinitud, esa partera de la irracionalidad de todo terror y desesperanza que se vende como salvación para una contingencia sin esperanza o una restauración sin justificación.

Gramsci tenía mucha razón en definir una crisis de hegemonía, una crisis del bloque histórico, como un proceso histórico complejo cuyo preludio consiste en que «la clase dominante ha perdido el consenso», se ha vuelto meramente «dominante, detentadora de la pura fuerza coercitiva» y ello «significa precisamente que las grandes masas se han apartado de !as ideologlas tradicionales, no creen ya en lo que antes creían». Aquí, en este laberinto de espejos, los viejos símbolos tanto de la hegemonía como de su negación han perdido su fuerza movilizadora pero no han sido sustituidos todavía por los símbolos del futuro. El tiempo interesante de la temporalidad calamitosa que se cree eterna, la crisis de hegemonía consiste (según una traducción) en que «lo viejo muere y Io nuevo no puede nacer» o (según otra traducción) en que el «viejo mundo se muere» pero «el nuevo tarda en aparecer.» (Gramsci, Cuadernos, Vol 2, p. 37; Quaderni, Vol. 1, p. 311). Y fue muy sabio Gramsci en añadir que es precisamente «en ese claroscuro [donde] surgen los monstruos». Son los monstruos de la restauración, tanto los que aspiran a la «dirigencia» como los que ella misma puede crear para hacerle negación, acentuados por los espejismos mediáticos y los malabarismos del espectáculo, el circo que supuestamente ama el pueblo-nación. Aquí requerimos de nuevos símbolos, lenguajes, prácticas que nos puedan iluminar la ruta del compromiso capaz de renunciar a la metafísica de la eternidad.

Ante la incertidumbre que nos presenta la cotidianidad de las contingencias infinitas, ante el claroscuro de la restauración impaciente, es imperativo recordar que «no se hace política-historia sin […] pasión», no se hace política sin audacia o en base a la pura contemplación metafísica de las «leyes de la historia», sin esta «vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo-nación».

Vamos patria hacia la #RefundaciónYa

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University.

www. albedrio.org


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