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La refundación desde el pasado: a diez años de un debate
Por Marco Fonseca - Guatemala, 7 de abril de 2016

El 10 de septiembre de 2006 se reunieron unas quinientas personas para la conformación del Frente Político y Social de las Izquierdas (FPSI) (ver pieza de Jorge Mario Salazar Monzón en El Observador #10, diciembre 2007; y la pieza de María Dolores Marroquín, en el mismo número, donde se plantea la cuestión de la Refundacion en términos generales).

En ese contexto El Observador publicó varias reflexiones críticas en torno específicamente al significando de construir izquierdas alternativas y refundacionales en Guatemala. Desde entonces hemos venido discutiendo la idea de la Refundación de modo explícito y otras voces se han unido al debate.

Para leer mi próxima pieza en El Observador, una pieza sobre constitucionalismo rupturista y refundador, recomiendo también leer dos piezas escritas por Alvaro Velásquez, también para El Observador, que sirven de complemento pero también de contraste a mis propias reflexiones. Las piezas de Velásquez se encuentran en dos partes: Parte 1 «Razones y dilemas de la reforma política en Guatemala» (El Observador # 2, septiembre de 2006) y parte 2 «Congreso de la República: Nudo gordiano de la reforma política en Guatemala» (El Observador # 5, abril de 2007).

En el preambulo a la parte 2 de su pieza, Velásquez escribe:

En esta segunda entrega sobre los dilemas de la reforma política del sistema político en Guatemala, recapitulo mi posición acerca de la reforma política democrática: ésta debería estar orientada a la refundación de la República, del Estado y la Democracia, tal como ya se insinuó en la primera parte2, a partir de una transformación de las desiguales relaciones de poder vigentes en el país. Que el mecanismo idóneo para hacerlo sería mediante una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), puesto que la de 1984 habría sido una ANC contrarrevolucionaria.

Totalmente de acuerdo. Y a diferencia del «realismo», «pragmatismo» y crítica del «espontaneísmo» de quienes llamamos por la Refundación en 2015, sin duda «porque la coyuntura fue diferente», el Velásquez de hace diez años hubiera lamentado su propio retroceso reciente. Sobre todo después de escribir correctamente, en la primera parte de su ensayo, lo siguiente:

Desde mi punto de mira, la ANC es la única herramienta legítima para hacer valer la soberanía del pueblo para re-legitimar su democracia y mejorarla. Pero sobre el asunto de la ANC hay, en apariencia, tres clases de oposiciones a la misma.

Las que se oponen por principio. Su razonamiento sería este: La ANC de 1984 fue buena porque estaba controlada, pero una ANC realizada en democracia no se podría garantizar nada.

Semejante a lo anterior, pero sin oponerse por principio, están quienes ven válida una ANC, sí y solo sí, se ajusta al candado previsto en la actual Constitución: de solamente discutir una pequeña porción de la misma.En ambas posiciones persiste, en el fondo, un temor a la soberanía popular.

Una tercera posición sostiene lo siguiente: La ANC es el camino correcto pero no por ahora, pues la izquierda está débil, por lo que la derecha y el Bloque Histórico harían y desharían a su antojo con la actual Constitución. [Es la misma voz que dice «“la correlación de fuerzas no es favorable ni el momento, los Acuerdos de Paz son primero”».]

Siendo esta última la oposición más común, debo reconocer que se trata de un razonamiento que exhibe una lógica política realista pero inconsecuente, porque si el convencimiento de que la ANC es la demanda más democrática y revolucionaria para enfrentar la actual crisis general del sistema, entonces lo que correspondería sería el diseño de una estrategia que permitiera llegar a dicha meta con una correlación de fuerzas favorable a los intereses de los sectores subalternos. De eso se trata: que antes, durante y después de una ANC, todas las fuerzas sociopolíticas democráticas de este país hagan valer sus intereses y puntos de vista para lograr dar el salto que el país requiere. Por otro lado, y al mismo tiempo, los estrategas del cambio deben realizar una labor permanente de pedagogía política de la ciudadanía y clarificar los escenarios posibles que se desatarían si la realidad de una ANC llegara a concretarse, a efecto de evitar regresiones políticas o intervenciones extranjeras.

Estoy muy de acuerdo con el Velasquez de hace diez años. Por un lado, ya no podemos pasar la agenda de la paz como si fuera la agenda refundadora aunque haya elementos de los Acuerdos que puedan ser incorporados. Por otro lado, si las condiciones no existen, hay que crearlas con organización, voluntad y audacia y entre los métodos para hacerlo está el despliegue coordinado y comprensivo de una «labor permanente de pedagogía política de la ciudadanía», de reforma moral e intelectual entre los grupos subalternos y las mayorías sociales, para «clarificar los escenario posibles» en el proceso de construcción del poder constituyente así como en el proceso refundador mismo y «los escenarios posibles que se desatarían si la realidad de una ANC llegara a concretarse». Igualmente correcto es lo que afirma Velásquez casi al final de la segunda parte de su pieza, a saber, «Si llega a establecerse eventualmente una ANC, ésta ya llevaría avanzada su labor, puesto que desde ya se discute la forma y alcance de la refundación del país que queremos.»'

Razón también tenía Velásquez mismo en decir, criticando al Grupo Pro-Reforma y su visión de extrema derecha libertaria y neoliberal para el país, algo que sigue dominando el discurso cacifista hoy, que «Nadie tiene derecho a que el país sea diseñado así, sobre una visión absolutista. La diversidad debe quedar reflejada en el texto del nuevo contrato social.» Pero algo similar había y todavía hay que decir sobre la vieja izquierda revolucionaria en Guatemala. En mi propio ensayo titulado «Hacia la construcción de izquierdas democráticas» publicado en El Observador # 10, diciembre de 2007, escribí:

La tradición revolucionaria ha reducido, entonces, el acto constante de refundación de la soberanía popular al acto uno de legislación total a partir de la cual se plantea garantizar los derechos colectivos sociales – no necesariamente los derechos civiles – de una coalición de clases, o de una clase social en particular, en el contexto del Estado nacional y entendida de manera estratégica, es decir, como un acto de legislación para conseguir otros fines por encima y mas allá del reconocimiento democrático mutuo, particularmente fines sociales. Es en estos términos que la izquierda tradicional conmemora y perpetúa la idea de la Revolución de Octubre, y es en esos términos nobles que la misma también plan- tea la reconstrucción del sueño revolucionario en la hora contemporánea.

A diferencia de las dudas expresadas por María Dolores Marroquín en su pieza «El movimiento guatemalteco de mujeres y su relación con el Estado: Saldos de los últimos años» (El Observador # 13, julio 2008) sobre si hay que «tratar de refundar» a «este Estado en la situación en la que se encuentra», hoy sabemos simplemente que no hay de otra.

Vamos patria hacia la #RefundaciónYa

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University.

www. albedrio.org


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