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Game Over
Por Marcela Gereda - Madrid, 6 de enero de 2007
marcela.gereda@gmail.com

El Periódico, de mi país, anunció ayer la violación, asesinato y decapitación de Evelin Karina Isidro Vásquez, de siete años, el día de Año Nuevo en el barrio marginal de la ciudad capital, El Mezquital. Una vez más, el asesinato fue una de esas misiones que los homies se imponen. Su manera de dar sentido a su constelación: morir asesinando, living la vida loca.

Extorsión. Homicidio. Violaciones. Mutilaciones. Estos son algunos de los servicios que prestan día a día las maras a la sociedad guatemalteca. Las maras son hijas de las dictaduras represivas, de las políticas de exterminio y el carnaval sanguinario que instauraron Lucas García, Ríos Montt, Chupina, Mejía Víctores, en nombre del capitalismo oligárquico: el mundo demencial de las masacres, el horror, el asesinato de niños a golpes o tirados vivos a fosas donde se lanzaban cadáveres de adultos, amputación de miembros, violaciones a las mujeres, empalamientos, extracción de ojos, quemados vivos, extracción de vísceras a víctimas vivas en presencia de otras, encierros en estado agónico hasta la muerte, abertura de vientres a mujeres embarazadas y un pavoroso etcétera. El resultado de esto: la institución de la violencia y el genocidio.

Esta institución y cultura de la violencia la vemos hoy en el rostro de los homies, sus tatuajes así lo expresan: “crazy life”, lo cual supone vivir la vida loca. Así le explica un Primer Palabra (jefe) a un adepto para congregarlo a la clica: “Mirá, bato, el rollo aquí es sencillo: sólo se trata de vivir la vida... la vida loca. De vivir el día a día, de hacernos el paro entre todos los batos; el resto de la banda pela, de ellos tenemos que vivir nosotros y se tienen que aguantar”.

Vivir la vida loca, implica también una manera específica de consumo de marcas, símbolos y simulacros de una pertenencia social que no existe, una hiperrealidad.

Es la hiperrealidad de la que nos habla Jean Baudrillard, en la que sugiere que el mundo en el que vivimos ha sido reemplazado por un mundo copiado, donde buscamos estímulos simulados. Simulacros. Máscaras. Llenando así un vacío momentáneamente.

Baudrillard argumenta que todas la utopías de los siglos XIX y XX han expulsado la realidad de la realidad, y nos han dejado en una hiperrealidad vacía de sentido, pues toda perspectiva final ha sido como absorbida, digerida, dejando nada más que una superficie sin profundidad como residuo. Una realidad dispersa. Baudillard define la hiperrealidad como la simulación de algo que en realidad nunca existió.

La pertenencia al barrio. La protección de los homies es una hiperrealidad legitimada por la crueldad y el sadismo con el que se ejecutan diariamente miles de injustos y lamentables asesinatos.

Jairon Gilberto Borrayo, de veintidós años y ex pandillero de la mara Eigtheen Street, fue asesinado en el 2005 por otros pandilleros en una camioneta mientras intentaba sensibilizar a la gente sobre la realidad (hiperrealidad) de las pandillas, cantaba esta canción: “Vemos un hombre castigando a una persona de manera horrorosa, y esa persona resultó ser nada más y nada menos que su esposa, vemos a un niño con un arma perforando todo el cuerpo de su padre, pues se cansó de tanto abuso y salió en defensa de su madre, vemos a un joven atacando a un amigo por un kilo de cocaína, pues en el negocio de las drogas la traición y la codicia es la rutina, vemos un pueblo que se hunde en la violencia y se pregunta hasta cuándo, porque no sabe verdaderamente dónde es que el problema está empezando. Y nos escondemos para no comprometernos, y culpamos a la gente, culpamos presidentes y sistemas de gobierno, pero cambiándome a mi mismo es como traigo paz a mi tierra, porque es en el corazón donde comienzan las guerras

Esta es una buena muestra de la sensibilidad marera. De las razones y motivos por los que esa sensibilidad y esa moral se forman: son un producto concreto de una sociedad concreta. Una sociedad sanguinaria y violenta. Hija de dictaduras represivas, sistemas económicos que expulsan a sus miembros de sus mecanismos, y políticas de genocidio y exterminio. Estas políticas bélicas generaron un estado mental específico en la población: la fundación de la cultura del homicidio. La represión, el pánico y el castigo como forma de vida.

Recuerdo una tarde lluviosa del 2004, cuando comprendí ese estado psíquico enfermo que había dejado la guerra en mi país. Hablaba con una familia kaqchikel de Comalapa. El padre, ex patrullero de las Patrullas de Autodefensa Civil; su hija había nacido con un problema de la vista, alguna ONG había ayudado a la familia para que se hiciera la operación con la debida atención y cuidado médico; mientras la niña aún tenía las gasas en los ojos el padre exclamaba llorando: “La nena nunca va a poder ver, aunque sea que la hayan operado”. A esto pregunté “Por qué, si ya la han operado, seguro que si va a poder ver”. A lo que él respondió: “No, no podrá ver nunca, porque ella es el castigo que Dios me mandó por las veces que le sacábamos los ojos a la gente.”

“Game over” es el tatuaje que lleva un chico marero de veinticinco años: en un párpado se lee: “game”, y en el otro: “over”. Así es, el juego se acabó, miles de jóvenes viven día a día una vida que es homicidio y es sangre. Lágrimas y sufrimiento continuo. Cuántas Evelyn más permitiremos que se vayan del mundo de esa manera tan brutal. Cuántos Jairon y cuántas niñas con problema en la vista tendremos que aceptar como un “castigo divino” a causa de atrocidades cometidas por actores específicos de las políticas de exterminio de las dictaduras militares. Game over.

Huele la noche
(Javier Payeras)

a chasquido de labios
a humus de travesti
a semen de policía
a dioses sin sueldo
a granadas y bang bang
a sida/enfermera pútrida/diente de oro
a droga
a dinero prestado
a proscritos padres sin suerte
a exguerrilleros aburridos
a soldados atormentados
a tristes payasos comiendo trigo en un trigal
a pies torcidos/cumbia progresiva/aleluyas
a llantos en la esquina y lágrimas entre el vómito

En el tatuaje se lee: Perdóname madre por mi vida loca

 

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