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Game Over II
Por Marcela Gereda - Madrid, 13 de enero de 2007
marcela.gereda@gmail.com

He recibido varios mensajes en los que se me indica que nada tienen que ver las maras con las dictaduras y las políticas represivas, y que las causas de las maras son “la violencia familiar”.

Primero, para entender la articulación de la modalidad de violencia demencial de las maras instaurada en Guatemala, y la modalidad de violencia aplicada por las políticas de “Tierra Arrasada” o “Fusiles y Frijoles”, durante las dictaduras militares, es necesario ir a sucesos histórico-políticos, entender los procesos pisco-sociales que dejó la guerra y entender que la guerra fue contra los niños, contra los futuros (hoy) jóvenes que nacerían de violaciones masivas. Se trataba de dislocar el tejido comunitario indígena que apoyaba a las guerrillas, desarraigando a las comunidades

La guerra supuso un rompimiento del tejido social y la institución de una cultura de violencia. Geertz señala que la cultura denota un sistema de patrones históricamente transmitidos, y corporizados en símbolos, un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas mediante las cuales los hombres se comunican, perpetúan su conocimiento y actitudes de vida. Por ello, se puede decir que las torturas y el homicidio, las violaciones y desapariciones, generaron en la mente y el corazón del pueblo víctima de la guerra, una manera diferente de estar en el mundo, caracterizada por el descontento, el dolor y el sufrimiento como forma de ver y explicar la vida: la cultura de la violencia.

Es decir que la guerra dejó en la mente, tanto de ex militares como de ex guerrilleros, una moral, una ética y otra forma de entender y estar en el mundo. El peor de los resabios: la perversidad mental y emocional.

Según el REMHI, la mayoría de las víctimas eran personas adultas, de género masculino y pertenencia indígena, sin embargo los niños también constituyen un importante porcentaje: ancianos 8.47%, adultos 74.46%, y niños 17%. No olvidemos que la campaña de terror implicaba dejar sobrevivientes que transmitieran a otros el horror vivido.

Sin duda, la guerra dejó en los niños un saldo trágico que sigue habitando la mente y el corazón de miles de jóvenes que hoy vemos vivir y actuar desde la marginalidad y la exclusión.

Por ejemplo, las torturas son una acción denigrante que merma la salud mental y física de las personas. De acuerdo con la Comisión del Esclarecimiento Histórico, 14 de cada 100 personas torturadas, eran niños.

Marx decía que todo lo que es posible en la mente del hombre, es posible en la realidad.

Esto quiere decir que las torturas, las violaciones, los desmembramientos y las decapitaciones dejaron en el pueblo un “aprendizaje” específico. Un modelo. Una posible forma de imitación:

“…una muchacha de trece años me la dieron, la pobre niña llorando amargamente: ‘qué te pasa muchacha', ‘Ay Dios, saber para dónde me van a llevar', decía la criatura. Me saqué el pañuelo y se lo di: mejor limpiate. Bueno, viene un tal subinstructor Basilio Velásquez: ‘¿qué hay, y esa qué?, hay que vacunarla ¿no?, está buena'. El muy condenado fue a violarla, a violarla al pozo. ‘¿Cómo se hacía para ejecutar a esos pobres niños?' ‘Mire, se les vendaba los ojos, y al pozo con el garrotazo en la cabeza”. (Testimonio Colectivo 27, Masacre de las Dos Erres, Petén, 1982)

La modalidad violenta de este suceso ¿no es acaso similar a la lógica con la que operan hoy las maras en El Mezquital o en Villa Nueva? ¿No es esta razón suficiente para entender el alma enferma que dejaron las políticas represivas de las dictaduras militares?

Los efectos que estos hechos dejaron en la juventud de la posguerra se siguen manifestando en un contexto sin empleo, sin educación. Por ello, también las maras representan un reclamo frente al sistema capitalista y el proyecto cultural del mercado. Es un reclamo no explícito, un vómito del sistema que la política misma produce.

Como una consecuencia de la política de Tierra Arrasada, la gente huía hacia las montañas soportando condiciones de hacinamiento, hambruna, frío, cansancio. Según la CEH, el 60 % de muertos fueron niños.

UNICEF estima que entre 100,000 y 150, 000 niños quedaron huérfanos de uno o ambos padres por el Conflicto Armado interno en Guatemala. También se señala que algunos de los niños que quedaron huérfanos durante algún operativo militar fueron adoptados por los victimarios de sus padres.

La niñez de ayer que hoy vemos en el rostro juvenil de “ El Psycho ”, “ El Soldier ”, o “ El Sniper ”, en muchos casos fue víctima de la represión durante el Conflicto Armado, pues como una forma de atacar a la guerrilla (el Ejército consideraba que los niños eran “mala semilla”), se propusieron acabar con todos para que los niños no fueran futuros guerrilleros; está conducta represiva hacia los niños, seguramente dejó en ellos una percepción violenta de la vida. También es importante señalar que durante el Conflicto Armado Interno y bajo la lógica militar, muchos de los derechos del niño fueron violados, como el derecho a la vida, convivir en familia y en comunidad, vivir en libertad, tener acceso a la salud, a la protección; esto, sumado a un sistema económico que excluye a esta misma población de la dinámica de empleo, salario y consumo, da como resultado un vómito (entre otros) del sistema: las maras.

Un ejemplo de ello, es Pedro Velasco Sánchez, de la aldea Chacalté, Chajul, El Quiche, a quien en 1981 le quemaron a su familia, en la que se encontraba a su hermanita de seis años. Pedro no pudo encontrar los cuerpos para darles la debida sepultura, dice: “… yo digo que por ser patojo, en ese día no pude enterrarlos muy bien y talvez fueron sacados por los animales de la montaña, por esa razón no los encontré.

Los traumas causados por haber sido testigo de la muerte de su familia, ha llevado a Pedro a recibir acompañamiento psicosocial por cinco años, de parte de las hermanas de la Pastoral Social Caritas de Quiché.

Muchos de los niños nacidos entonces son fruto de violaciones; nacer de una violación también representa una marginalidad que luego se traduce en una percepción de la vida que se relacionará con el mundo de determinadas maneras patológicas y no de otras.

Por otro lado, los conflictos emocionales y psicológicos se transmiten de generación en generación, son conflictos transgeneracionales. Por otro lado, la población urbana se triplicó por el conflicto armado, debido a las migraciones forzadas de indígenas desarraigados de sus comunidades, los cuales traían niños pequeños y otros que nacerían en las áreas marginales, dando así elemento humano a las maras. Por todo ello creo que es lícito decir que las maras son hijas de políticas represivas.

La violencia genera violencia. La miseria genera miseria. El abuso sexual, las violaciones (físicas y espirituales), el miedo, la frustración, la desconfianza, dan como resultado una psicología perversa, una mente enferma, un corazón drenado. Una moral “alternativa”.

Por último, no me parece necesario seguir citando cifras que poco hablan de la violación espiritual, física, social y emocional del pueblo guatemalteco; sólo hace falta ver la violencia cotidiana que caracteriza la vida de los guatemaltecos, ver más allá de lo obvio, escuchar al pueblo y devolverle la palabra.

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