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El puente de Brooklyn
Por Marcela Gereda - Nueva York, EEUU, 11 de febrero de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Kim 

Hace frío para cada árbol que puebla las calles y avenidas del barrio de Brooklyn en Nueva York. Taxis amarillos. Voces en chino y en árabe. En español como en inglés. En hebreo como en pakistaní. Juego de naipes y ajedrez. Cadenas y esclavas de oro. Gafas oscuras. Gorras y pantalones flojos con el signo de los Yankees . Break Dance y Hip Hop . Bocinas y Hot Dogs . Pleitos, comercio y ese barrio que -como la ciudad-, nunca duerme.

Me sucedió en el colegio de mojas Monte María (Maryknoll) en Guatemala, hace ya más de diez años, ella era la bibliotecaria: cabello blanco. Pequeña y menuda. Gafas. Cruz de madera colgante. Manos arrugadas y ojos llenos de inteligencia y vitalidad.  Una mirada fija y pertinaz.  Desde una esquina la observaba en su silencio. En su dimensión secreta y entre los libros, entre el olor a guardado y su eterno cigarrillo. Sentada en la biblioteca se hallaba la hermana Kim, quien solía tener sobre su escritorio (además de una tasa de café y un cenicero inundado)   toda la literatura de la Teología de la Liberación.

Quién podía llegar a ella. A su silencio. A su extensión íntima. Quién podía entender su acento no sólo neoyorkino, sino de Brooklyn. Sí a caso uno le mostraba no entender su acento en inglés neoyorkino de Brooklyn, ella jamás volvía a repetir lo enunciado. Así que eran minúsculas las preguntas que nos atrevíamos a hacerle a la viejecita ruda y  dueña de todas las respuestas en la mirada.

Recuerdo un año en los noventa en el que Juan Pablo II visitó Guatemala, cuando le pregunté a la Hermana Kim si le iría a ver, me respondió: ¿para qué?, si el quiere verme, que venga aquí, a mi lugar, a la biblioteca, hay muchos libros que le vendría bien leer.

Irónica y ácida. Lejana y repasando las doctrinas sociales de la Iglesia, preguntándose para quién es el cielo y sí la revolución tenía un significado teológico se hallaba la hermana Kim, entre lecturas y conceptos marxistas, insistía a sus alumnas lo que no éramos capaces de entender entonces: que la salvación de los hombres no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica.

Al inicio de las vacaciones de 1994, se me informó que estaba castigada por no haber asistido a clase de "Educación para el Hogar" (costura y cocina). Mi sentencia, sería ordenar la biblioteca de la que se encargaba la hermana Kim. La biblioteca quedaba en el tercer piso de un edificio del colegio, frente a la piscina y atrás de la dirección. Cada subida al tercer piso, suponía alergia para mí. Un estornudo tras otro. Su primer gesto con migo fue ofrecerme su pañuelo diciéndome: "quédatelo niña salvaje". Así me llamó siempre savage girl .

Cambié la alergia por alegría. Cada encuentro con la hermana Kim era aprendizaje, era explorar los secretos del mundo. Descubrir el afán de la risa.

De cada caminata junto a sus leves y lentos pasos volvía cargada y llena de pequeños grandes tesoros: poetas que descubrir, libros que leer, ideas que pensar. Lo que sería un castigo tedioso, se convirtió en un aprendizaje de vida. Conocí la biblioteca como nunca antes la había conocido: secreta y mágica.

De cada encuentro volvía con nuevos planteamientos y anécdotas, desde la amonestación de Juan Pablo II al nicaragüense Ernesto Cardenal, por formar parte del gobierno sandinista, hasta las ideas de Francisco de Asís: "yo necesito pocas cosas para vivir y las pocas que necesito, las necesito poco".

Su pequeñez era grandeza. Su lejanía una forma de estar cerca. Llevaba toda ella una suavidad disfrazada de amargura. Su mundo estaba siempre rodeado de un aura desde donde se replanteaba nuevas formas de acción y de intervención social, de cómo implicar a sus alumnas en la transformación social, y cómo generar en nosotras ideologías de utopías y esperanzas.

Algunas tardes me habló de su barrio natal Brooklyn, de cómo era el más denso y el más popular de Nueva York, de sus casi dos y medio millones de residentes, de que su nombre provenía de la ciudad holandesa de Breukelen . Le encantaba su barrio por que decía que desde la puerta podía ver pasar todos los colores del mundo. Hoy el barrio es comercio y ventas al por mayor. La recuerdo recordando el puente , cruzándolo sin miedo a caer, sin temor a ser la verdad de la mentira o la mentira de la verdad.

Cada año recibía una postal navideña firmada por la hermana Kim. Este año la postal no llegó. Debió ser que se decidió a cruzar el puente de Brooklyn. Ese puente que conecta la realidad y la no realidad. Arriba y abajo. El infierno y el cielo. Negro y blanco. Es ese puente infinito que nos comunica con nuestra búsqueda eterna.

Hace frío para cada árbol que puebla las calles y avenidas del barrio de Brooklyn en Nueva York. Estoy parada frente al puente de Brooklyn, viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. Camino por estas calles largas y ruidosas. Y ella está ahí, detrás de todo: del puente y sus orillas. Del río y el vecindario. En mis conversaciones, en el Hip Hop y la combustion social del barrio. Sale humo de cigarro que no sé de dónde viene y en un acento neoyorkino de Brooklyn un corazón valiente le insiste al mundo sobre la libertad de la humanidad.

Nueva York, 5 de febrero, 2007

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