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El fantasma tatuado
Por Marcela Gereda - Washington, EEUU, 13 de febrero, 2007
marcela.gereda@gmail.com

Entre frío y calor. Humedad y nieve desde Maryland hasta Villa Nueva. Allá en Nueva York y camino a Los Ángeles, pasando por San Salvador hasta la colonia El Gallito. Luce la Ciudad del Sol y Santa Tecla a una juventud tatuada y marginada que día a día se hace más necesario comprender y explicar con el debido cuidado y atención.

En una publicación del periódico Washington Post de El Tiempo Latino del 9 de febrero, se anuncia que los legisladores de Maryland (donde vive una amplia comunidad de inmigrantes centroamericanos) proponen endurecer el marco legal para evitar la expansión de las pandillas centroamericanas en Estados Unidos:“el fiscal general de Maryland F. Gansler presiona a los legisladores para que se les de autoridad para perseguir a los pandilleros de la misma manera como las autoridades federales en Estados Unidos procesan la mafia”.

Así como se esta legislando la problemática de las maras en Washington, los gobiernos centroamericanos en los últimos años han optado por políticas de “mano dura” para abordar las maras, como si éstas no fueran el resultado de una combustión social que cada día se hace más necesario comprender a cabalidad en el área centroamericana y en las comunidades centroamericanas en Washington, Nueva York y Los Ángeles.

Hay una grave concepción en la explicación de las maras vinculando éstas al narcotráfico, en Estados Unidos se habla de la vinculación de pandillas con el terrorismo, e España de las pandillas centroamericanas vinculadas a ETA y AL QAEDA.

Estos prejuicios y erróneas percepciones son reductivistas y no hablan de lo que verdaderamente acontece dentro de las maras y por qué ello acontece como acontece.

Las maras son sin duda una amenaza para la seguridad pública tanto en Centro América como en Estados Unidos. El carácter y origen de la violencia entre jóvenes no es simple de comprender ni de darle una dirección, hay aspectos locales y transnacionales sociales que se deben de tomar en cuenta para abordar la problemática.

Para pensar en la violencia que caracteriza hoy a la generación de los ochenta tanto en Centro América como a los centroamericanos en Estados Unidos, es necesario pensar qué ha pasado y qué pasa ahora en ambas regiones.

Cuando la juventud centroamericana que había emigrado hacia Estados Unidos en la década de los ochenta comenzó a regresar a sus países de origen por las políticas estado-unidense de deportación, las pandillas centroamericanas comenzaron a adoptar el estilo y nombres de clikas [1] en Los Ángeles. A pesar de las conexiones entre los jomis [2] aquí y allá, las clikas de las pandillas se desarrollaban en contextos sociales, políticos y económicos distintos.

Según la Oficina para América Latina en Washington (WOLA) con la expansión de las maras, la violencia juvenil en Centro América y la actividad bélica cada vez más visible en las comunidades de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, los respectivos gobiernos se han centrado en la problemática de “el combate a las maras”, con definiciones específicas (y erroneas) de la naturaleza de las maras, sus orígenes y sus maneras de combatir la problemática.

Por ello es necesario entender por qué la juventud opta por las maras, por qué se sienten protegidos e identificados con esa particular manera de estar en el mundo y dar sentido y continuidad a la vida que estos miles de jóvenes desarrollan desde la periferia centroamericana y las comunidades de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos.

Es necesaria la comprensión exacta de este fenómeno social para la elaboración de las debidas políticas, las cuales deberían apuntar más por la prevención y rehabilitación en vez de reforzar la represión.

Tanto las políticas de “mano dura” implementadas por los gobiernos centroamericanos desde 2003, la detención de miles de jóvenes inocentes, el prejuicio hacia los tatuajes y la formación de la opinión pública desde los medios de comunicación amarillistas al abordar el tema de las maras, producen una visión simplista de las maras y se les atribuye y culpa por los niveles de criminalidad y violencia alcanzados en la región centroamericana.

Según Clare Ribando, del Servicio de Investigación del Congreso en Washington, hay entre 70,000-100,000 pandileros en Centro America.

El Departamento de Justicia en Estados Unidos estimó en 2004 que hay alrededor de 760, 000 miembros de pandillas en las comunidades de inmigrantes en Estados Unidos.

El FBI y la U.S National Drug Intelligence Center apunta que hay alrededor de 38,000 miembros de la mara Salvatrucha y mara diezocho.

Las políticas de deportación del gobierno de Estados Unidos hacia los inmigrantes centroamericanos jugaron un papel fundamental en la evolución de las maras y fueron la clave en la transnacionalizaciòn de este fenómeno social.

Es probable que las políticas represivas y de deportación que continúan en Estados Unidos, refuercen la violencia y estructura organizativa entre estos miles de jóvenes con necesidad de indetificarse con algo y de pertenecer y diferenciarse del “otro”.

Por todos estos motivos, es necesario el abordaje y aproximación a las maras en Centroamérica desde una perspectiva estructural, pues la violencia que caracteriza a la región es multi-causal, las respuestas y estrategias deben ser también estructurales: combatir la debilidad institucional y pobreza. La Marginación y exclusión social. El desempleo y nulo acceso a educación pueden ser algunos de los aspectos que habría que tomar en cuenta cuando se intenta explicar por qué los jomis se incorporan a las maras.

Varios estudios sobre maras demuestran que la mayoría de los pandilleros están más vinculados a la identidad del barrio y a sus pequeñas clikas , que al crimen organizado o al terrorismo como los gobiernos y medios de comunicación nos quieren hacen creer.

Los gobiernos centroamericanos abordan las maras como un “enemigo que hay que eliminar, en vez de entenderlo y abordarlo como el resultado y producto de una combustión social que emerge de la desigualdad y marginación.

Tanto las políticas de mano dura como la “eliminación del enemigo” aumentan y contribuyen al crecimiento de las maras en la región.

Entre frío y calor. Humedad y nieve desde Maryland hasta Villa Nueva. Allá en Nueva York y camino a Los Ángeles, pasando por San Salvador hasta la colonia El Gallito. Luce la Ciudad del Sol y Santa Tecla a una juventud tatuada y marginada que día a día se hace más necesario comprender y explicar con programas de prevención y rehabilitación, sin inventar un enemigo fantasma tatuado, y sin responsabilizar a estos jóvenes de toda la violencia de carácter estructural que define a Centro América y a la comunidad de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos.


[1] Célula operativa de la mara.
[2] Miembro de la mara, viene de Home boy.

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