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Gómez Gil y la privatización de la pobreza
Por Marcela Gereda - Madrid, 21 de febrero, 2007
marcela.gereda@gmail.com

La lógica y políticas de la cooperación internacional es un asunto que se estudia poco en la academia y en los organismos internacionales, porque muchos de los mecanismos de la lógica operativa es lo que da legitimidad funcional al sistema de cooperación internacional. Un ejemplo de ello es la implementación del sistema de “microcréditos” en los llamados “países del tercer mundo”.

La cooperación internacional es, como lo señala James Petras, la punta de lanza de la globalización neoliberal capitalista. Las ONG son en su mayoría brazos de los poderes internacionales que buscan despolitizar el conflicto de clase y estrangular el germen de la organización social de las bases, a fuerza de apoyar políticas asistencialitas y la filosofía de la microempresa.

Es bajo la filosofía de la microempresa que aparecen los microcréditos, los cuales se han convertido en los últimos años en uno de los programas de moda en las políticas de la cooperación internacional (especialmente, la cooperación española).

En un interesante y lúcido análisis el sociólogo español Carlos Gómez Gil aborda de frente esta problemática de los proyectos de microcréditos como una expresión más de la expansión del sistema capitalista auspiciada por la cooperación internacional, por ello me parece determinante la lectura de esta reflexión crítica frente a la lógica de la cooperación internacional para todas las personas que mantienen una postura alternativa frente al capital y la expansión del sistema-mundo neoliberal.

Es cosa sabida que muchos de los proyectos del Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Banco Interamericano de Desarrollo tienen vínculos con las instituciones de poder y que estos proyectos representan el interés del país donante y no el del receptor.

Entre algunas ONG se ha generalizado una corriente de pensamiento, la cual defiende que los microcréditos tienen la capacidad de erradicar la pobreza, estas ONG están respaldadas por instituciones financieras, bancarias y muy poderosas multinacionales.

En tono irónico, Gómez Gil señala que estos “milagrosos microcréditos” son promovidos por la cooperación internacional, bajo el fundamento de que es a través de este mecanismo que la población pobre (y tercermundista) podrá salir de su estado de pobreza, se modernizará, progresará y se hará libre.

Según la definición adoptada en la Conferencia Internacional sobre los Microcréditos, éstos son “programas de concesión de pequeños créditos a los más necesitados entre los pobres, para que éstos puedan poner en marcha pequeños negocios que generen ingresos con los que mejorar su vida y la de sus familias”.

Bajo esta lógica empresarial de las agencias de cooperación para el desarrollo, se presupone que la salida de la pobreza de los pobres, está en manos de los pobres, una vez que éstos se han insertado de lleno en el sistema capitalista de mercado impulsado por la globalización neoliberal.

También se argumenta con esta ideología nociva, que todo aquel que ha solicitado el sistema de microcréditos, además de salir de la pobreza, verá elevada su dignidad como ser humano.

Gómez Gil llama la atención sobre cómo no se habían “descubierto” antes estos “milagrosos microcréditos” con los que prácticamente no quedarían pobres en el mundo, sino ignorantes desconocedores de esta panacea, o gente abandonada y abúlica, incapaz de endeudarse felizmente y de por vida para cambiar así un destino merecido por su “pasividad”.

Para Gómez Gil el discurso de la cooperación internacional sobre los microcréditos en los llamados “países del sur”, es demagogia. Es en realidad un proceso de extensión de la economía bancaria y financiada en el marco de la globalización, entre los sectores más pobres. Así mismo, este discurso esconde las verdaderas causas de la pobreza y el desequilibrio económico y social en el mundo:

“Las políticas mundiales de la cooperación internacional se transforman en una simple inserción de los ‘países del sur' en un neoliberalismo económico asimétrico que sigue generando desigualdad en la distribución de los recursos (además de endeudar a la población desfavorecida). Sería por tanto, una manera de privatizar la pobreza, en la medida en que sus protagonistas tienen que recurrir al mercado bancario, promovido por instituciones financieras, ONG, o multinacionales, que son quienes propician estos créditos, para poder lograr la autosuficiencia, dado que sus propios gobiernos no les facilitan los bienes públicos esenciales, y que la arquitectura económica y financiera global les impide acceder a ellos”.

Gómez Gil advierte que no existen mecanismos de medir el impacto social de los microcréditos. Hay más bien entre las agencias de cooperación internacional una propaganda la cual habla de los microcréditos como el instrumento de desarrollo más eficaz. En las memorias, discursos y cumbres sobre microcréditos se sostiene que todo solicitante de un microcrédito, por el solo hecho de serlo, ya deja de ser pobre (como el enfermo que con sólo entrar al hospital se cura), se deja de ser pobre y se entra a ser un feliz prestatario que con alegría y buen humor devuelve puntualmente las cantidades comprometidas.

Nada más lejos de la realidad. El solicitante de microcrédito pasa a ser un deudor. Con millones de deudores (prestatarios de microcréditos) se facilita el funcionamiento de un capitalismo financiero, en la medida en que se monetariza la pobreza convirtiéndola en crédito, privatizando así la pobreza al exigirle volverse deudora y parte de la lógica capitalista neoliberal. De este modo se introduce a los pobres del mundo en un sistema de bancarización a través de un producto diseñado específicamente para ellos, pero huyendo de cualquier consideración sistémica que permita comprender y transformar las causas de su pobreza.

Para Gómez Gil, en la pretendida panacea de los microcréditos para eliminar la pobreza, hay más bien una capacidad de difuminar las responsabilidades políticas e institucionales por parte de la cooperación internacional, en vez de ofrecer ésta transformaciones sustanciales que mejoren el acceso de los más desfavorecidos a bienes públicos globales y aumenten el compromiso activo de los gobiernos más ricos.

Esta es una muestra entre otras muchas más de cómo la cooperación internacional traslada mecánicamente no sólo una manera de ver el mundo, sino de convertir nuestras débiles economías y estrechos estados en un proceso de capital descalzo y dependiente al privatizar la pobreza. No le podemos pedir a la cooperación internacional que nos saque de nuestra pobreza, ese es asunto nuestro.

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