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Esquizofrenia en la academia
Por Marcela Gereda - Madrid, 11 de marzo de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Este artículo constituye una reconsideración urgente.  No del conflicto armado de Guatemala, sino de las ideas e interpretaciones en torno al mismo, en su sentido más genérico, con las cuales se manipula, se reproduce, se hace retórica, se engaña.   Reconsiderar es reflexionar y repensar los significados para enmendar el sentido de los hechos. Nombrar a las cosas por su nombre. Decirlas como son y no como quisiéramos que las cosas fueran. Ante una academia irresponsable que interpreta nuestra realidad a su gusto y antojo, se hace cada vez más preciso corregir el ensayo de nuestra propia ceguera ante el conflicto armado en Guatemala.

Para nosotros, jóvenes guatemaltecos, es imprescindible entrar en el debate, acercarnos a la historia como es y no como desde fuera nos la quieren hacer ver de manera impositiva e irresponsable, sin plantear preguntas, sino haciendo falsas afirmaciones sobre qué y cómo ocurrió la guerra en Guatemala.

Es común entre los “académicos” extranjeros y la Cooperación Española escuchar que se refieren al conflicto armado en Guatemala como “Holocausto Maya”. El pasado dos de marzo, la Premio Nóbel de la Paz y candidata a la Presidencia , Rigoberta Menchú, recibió el premio del “Club de las 25” por su labor en la investigación del genocidio guatemalteco. Al presentar a Rigoberta se le introdujo como una persona que “defiende los derechos mayas y denuncia el genocidio de 250,000 mayas”.

Hace pocos días, en esta revista, se publicó un resumen del libro “Comunidades arrasadas”, del antropólogo español Gonzalo Sichar. En septiembre de 2005 asistí al X Congreso de Antropología en Sevilla. Fue ahí la primera vez que escuché a Sichar hablando sin ningún empacho sobre “el holocausto maya”, dando al público datos falsos y un formato maniqueísta para interpretar el conflicto armado en Guatemala. Como el discurso retórico de la cooperación internacional, y otros tantos “investigadores”, “activistas de derechos humanos” y “académicos” extranjeros, este libro de Sichar, “Comunidades arrasadas”, reproduce la errada idea sobre el conflicto armado como un genocidio y exterminio directo al pueblo maya.

Vamos por partes. Primero, como bien plantea el escritor y académico guatemalteco Mario Roberto Morales en La Articulación de las diferencias o El síndrome de Maximón ”, “la población sobreviviente de la táctica de ‘tierra arrasada' fue confinada en aldeas estratégicas llamadas polos de desarrollo, y organizada forzadamente en patrullas de autodefensa civil (PAC), contrainsurgentes. Se calcula que, entre 1982 y 1984, entre 100 y 150.000 indígenas fueron muertos por la contrainsurgencia, y un millón de ellos fueron desplazados de sus comunidades sin salir del país. Asimismo, unos 40,000 se refugiaron en México y otros países. La cauda de ‘desaparecidos' fue también de unos 40,000, contando a las víctimas ladinas (Jonas; McClintock; Frank and Wheaton; Black)”.

Segundo, los movimientos guerrilleros instrumentalizaron a la población indígena para que ésta se incorporara en la insurgencia.

Tercero, el movimiento revolucionario comenzó en Zacapa y era eminentemente ladino, comandado por los tenientes Luis Turcios Lima y Yon Sosa, que formaron el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre.

Cuarto, como bien plantea el sociólogo guatemalteco Edelberto Torres Rivas:

“El llamado conflicto armado interno fue un tiempo político de treinta y seis años de duración en cuyo interior hubo dos explosiones guerrilleras que no alcanzaron a definirse con los rasgos de guerra civil.  Su existencia exacerbó la represión sistemática contra las fuerzas políticas  de oposición en una definición extensiva de lo  que era la oposición.  En las sombras de una historia amarga de dictaduras y violencia,  hubo en esos años una ‘guerra' contra los civiles, una estrategia de ‘sociedad arrasada', la constitución de un Estado terrorista  o poder contrainsurgente que como tal caracterizó la ‘verticalidad' del conflicto, que supone un enemigo infiltrado en todos los intersticios de la sociedad y que actúa como quinta columna de una conspiración internacional”.

Es decir que la “guerra” fue contra los civiles. No contra la población maya como plantea Fichar, además de un largo cuanto incongruente etcétera.

Por otro lado, en su tesis, Sichar señala que “el ataque sistemático a la población maya contribuyó a la articulación de un movimiento maya complejo”. El movimiento maya no surgió sólo como respuesta al ataque sistemático. Más bien y como argumenta Morales para explicarse la dinámica del activismo político-cultural indígena en Guatemala, fue decisivo el proceso de metamorfosis que los movimientos populares inspirados en la revolución socialista sufrieron en los años noventa, transformándose en "nuevos movimientos sociales."

El proceso de esta transformación, dice Morales, “va desde la incorporación masiva de los indígenas al proyecto de guerra popular prolongada, hasta la reacción antiladina de los indígenas contra los revolucionarios, pasando por el horror de la guerra constrainsurgente y la posterior proliferación de ONGs ‘mayas', (la cual) hizo que a fines de la década ochenta el capital social de la izquierda armada se viera de pronto convertido en una constelación de nuevos movimientos sociales de marcado perfil etnicista y culturalista, los cuales revestían, ya entonces, dos rasgos distintivos: eran discriminatoriamente indígenas y, por lo mismo, antiladinos (como Sichar); y hacían girar su organización antes que alrededor de reivindicaciones económicas, sociales y políticas, en torno a una esencia ideal: la de la identidad cultural ‘maya'”.

Morales indica que “este desplazamiento de la política a la cultura, y de la centralidad del criterio clasista al de la relatividad de lo que hasta entonces se consideraron sus variables, tuvo su raíz tanto en el desenlace militar de la lucha armada y la guerra popular que las vanguardias revolucionarias ladinas condujeron desde los años sesenta, como en el volcamiento de la cooperación internacional hacia los países centroamericanos que entraban en su era posrevolucionaria. El lapso que va de los primeros meses de 1982 (cuando se concreta la derrota militar de las guerrillas) hasta el 29 de diciembre de 1996 (día en que éstas capitulan ideológicamente por medio de la firma la paz), es el lapso de la conformación y florecimiento de esta miríada de nuevos movimientos sociales étnicamente esencialitas que ahora perfilan ‘lo popular étnico' de Guatemala ante la llamada comunidad internacional, proponiendo al ‘pueblo maya' como un conglomerado inmerso en un desarrollo ininterrumpido de carácter trans y suprahistórico, trans y supraclasista, que lo ha mantenido inalterado en el tiempo sobre todo en su cosmovisión. Esto, como parte de una lucha, iniciada en sus fases más organizadas desde la contraconmemoración del Quinto Centenario en 1992, por la obtención de fondos para el mejoramiento de la vida de los indígenas, lo cual, desde el 29 de diciembre de 1996, pasa por la puesta en práctica de los acuerdos de paz, ya que la cooperación internacional logró, mediante la promesa de una ya mencionada ayuda económica (2, 500 millones de dólares) para la puesta en práctica de estos acuerdos, que la paz se firmara sin que las causas que motivaran el llamado conflicto armado interno tuvieran siquiera visos lejanos de solución”.

Para Morales, el Movimiento Maya fue “en parte el desenlace del esfuerzo de guerra popular desencadenando por las vanguardias ladinas marxistas-leninistas en los años setenta y ochenta, el cual, como se sabe, se caracterizó por la incorporación masiva de población indígena a la estrategia de guerra popular prolongada, y por la respuesta contrainsurgente del Ejército la cual logró neutralizar al apoyo popular-indígena de las guerrillas y aislarlas en el terreno para neutralizar su efectividad. Este llamado "holocausto maya" constituyó una convulsión cultural y psicológica mucho mayor que la conquista española, y sus efectos políticos se expresan en el autonomismo étnico (antiladino) y en la autoafirmación identitaria de los indígenas posrevolucionarios, todo lo cual los llevó a buscar en la cooperación internacional y en la solidaridad de iglesias y universidades euronortemericanas, el apoyo para sus proyectos reivindicativo”.

Exterminar a los indígenas es un lujo que ni la clase dominante ni el ejército se pueden permitir jamás, pues se quedarían sin la mano de obra barata que sostiene el atrasado capitalismo terrateniente, y a la tropa y fuerza de choque, que es indígena. Tanto guerrilleros, como militares manipularon a los indígenas, es cierto, pero de eso no se sigue que haya habido de parte de la derecha contrainsurgente un intento de exterminio étnico o etnocidio. Eso es concluir en tonterías sin ceñirse a un análisis concreto de la situación concreta.

Por lo dicho, es urgente reconsiderar las ideas y los conceptos. Los discursos maniqueos y manipuladores. Nuestra historia debe ser reflexionada por nosotros guatemaltecos y construida también por nosotros. Somos nosotros los jóvenes los responsables de asumir el pasado oscuro que la guerra nos dejó y también los encargados de no permitir que estas ideas nos las impongan desde afuera con toda la decisión de la impostura ideológica.

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