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La MS controla, la MS tiene poder
Por Marcela Gereda - Madrid, 31 de marzo de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Amanece en Cuilapa. Humedad y silencio. Matilisguate y jacaranda. Cielo azul, y entre tonos anaranjados y el canto del gallo anunciando otro día más, la bocina de la camioneta "Giralda" rompe al retratar y recordar nuestro humo negro: la combustión social. Nuestra guerra. Una juventud que día a día muere un poco más entre la bartolina sin haber conocido la vida.

El Boquerón, martes 27 de marzo. Disparos y gritos. Bombas lacrimógenas y odio acumulado. Síntomas de intoxicación y presos agónicos al recibir gas mostaza. Se repite de nuevo la primera doctrina de la mara: "vivir para matar". Sangre y delirio. Los jóvenes eufóricos gritando y dándole continuidad a su código: " La MS controla, la MS tiene poder".

A esta noticia de "Los pandilleros de retorno al Boquerón", del diario EL Periódico , Francisco Pérez opina: "A como están las cosas actualmente en Guatemala, deberían de poner al ejercito a controlar todas las cárceles y patrullar las áreas mas peligrosas de la ciudad y el interior. Se matarían 2 pájaros de un tiro: 1) Mas seguridad con la presencia de los soldados. 2) darle a los soldados algo que hacer. Y quien quita, talvez seria bueno poner a los presos a trabajar, encadenados, y cuidados por los soldados". Reproduzco la cita porque retrata bien el imaginario colectivo que existe en la sociedad guatemalteca y cómo los irresponsables medios de comunicación lo transcriben con sus noticias mal llevadas a la opinión pública.

Esta combustión social tiene un nombre y también un apellido. Es la contaminación generada por el escape de la camioneta de la modalidad neoliberal del capitalismo tercermundista y oligárquico, la cual produce marginalidades específicas y éstas toman la forma (entre otras) de una juventud gritándole al injusto y desigual sistema social- económico: " la MS controla, la MS tiene poder". Vemos con este comentario de Francisco Pérez cómo las maras constituyen dentro del sistema de creencias de la opinión pública guatemalteca, la representación simbólica del enemigo. La satanización de la juventud.

Si pedimos a una persona que describa a un marero siempre aparece el adjetivo "criminal" en la descripción, también notamos cómo para la misma no hay relación de interdependencia entre la marginalidad y el modelo económico neoliberal por el que apuestan hoy día los estados centroamericanos.

Los miles de jóvenes tatuados con andado neoyorquino no son criminales. Son jóvenes como yo, como usted lector, que buscamos lo que todos los seres humanos como especie necesitamos: amor, evolución, protección.

Lo que necesitamos los guatemaltecos no es más seguridad ni políticas represivas, lo que necesitamos urgentemente es hacernos protagonistas de nuestro propio cambio en un proyecto económico popular, interétnico e interclasista, que busque diseñar y poner en práctica un interés nacional democrático que nos incluya a todos en un proyecto económico de producción, empleo, salario y consumo. Sin embargo, la oligarquía no lo ve así, pues cada día son más altos los muros que separan a la polarizada sociedad guatemalteca. Más espigados y más eléctricos los sistemas de seguridad que esta clase pone entre garitas de control y guardaespaldas en Suburbans blindadas y con chalecos antibalas, ante un ejército que ya no defiende sus intereses económicos.

Unos intereses económicos que se caracterizan en el actual contexto de globalización del sistema mundo por el enriquecimiento al pactar con las multinacionales, y por un empobrecimiento de las clases trabajadoras crecientemente desempleadas. Al crecer este sector desempleado y nacido en ambiente de guerra, toma formas específicas de marginalidad, como lo son las maras, la prostitución como industria, la economía informal, y estas formas a su vez producen la crisis de seguridad nacional que atraviesa el país y con ello una juventud hija de la guerra y sin posibles horizontes de paz.

Lo que estos chicos gritan y vomitan al sistema no es otra cosa que un deseo escondido de integrarse a la sociedad. De tener capacidad de consumo y empleo. De tener una vida justa y digna. De poder soñar y sentir la vida con toda la energía de la juventud que llevan entre las venas.

Amanece en Cuilapa. Humedad y silencio. Matilisguate y jacaranda. Cielo azul, y entre tonos anaranjados y el canto del gallo anunciando otro día más, la bocina de la camioneta "Giralda" invita a la juventud a subirse. Le ofrece empleo y educación. Salud y vivienda. Capacidad de consumo y expresar su identidad en un contexto de paz e igualdad.

Si el Estado no diseña políticas económicas para incorporar a esta población marginal, si la cooperación internacional sigue invirtiendo sus fondos en programas en función del interés del donante y no del receptor, si los guatemaltecos no aceptamos nuestra responsabilidad de ser los protagonistas de nuestra propia transformación social, el país no tendrá serenidad y la juventud de mi generación seguirá matándose diariamente, ayer en El Infiernito, hoy en El Boquerón.

De otra manera, mi olvidada y abandonada generación seguirá buscándose la muerte en la vida y repitiendo a otras generaciones: "la MS controla, la MS tiene el poder", en las apacibles y armoniosas bartolinas de El Boquerón.

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