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El mundo que sentimos equivocado
Por Marcela Gereda - Madrid, 8 de abril de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Este artículo tiene su punto de partida en un retorno: "la resistencia a aceptar lo inaceptable" y la conciencia de la posibilidad de un "ser diferente radical" al imaginar un nuevo sujeto posible para la transformación social en las urgentes necesidades abordadas en la primera semana de abril en este espacio de discusión por mis amigos Mario Palomo y Mario Castañeda.

El artículo avanza en el carril de articular teoría y práctica, de mirar desde la óptica de las interconexiones mundiales, y de pensar la transformación sobre lo que ya existe. También quiere hacer balances y busca la interlocución crítica desde las preguntas planteadas por Castañeda.

Primero, y siguiendo los apuntes de Harvey sobre que, aunque la revolución ya fracasó, el capitalismo también, por ello hoy más que nunca se abren espacios para movimientos sociales desde la raíz, es necesario reconsiderar un sujeto con capacidad de transformación en y desde el contexto de la globalización neoliberal en sus relaciones con sus periferias económicas.

Cuando hablamos de “la resistencia a aceptar lo inaceptable” y de que la revolución ya fracasó, creo que es ineludible explicitar y definir las categorías a las que nos estamos refiriendo, como los son la de “resistencia” y la de “revolución”.

Utilizada con mesura, la “resistencia” es una categoría analítica útil porque, frente a las dramáticas confrontaciones que interesan a los políticos, historiadores y periodistas que no van a la raíz de los problemas, nos recuerda que hay otros sentidos de la política que comprenden las prácticas cotidianas y la cultura, mediante las cuales el sujeto o los grupos subalternos sí pueden en alguna medida transformar el mundo que les ha tocado vivir.

Es importante pues analizar el contenido de estas prácticas de resistencia, para ver el impacto que tienen en las relaciones de poder, admitiendo que si bien no plantean con frecuencia una amenaza al estatus quo y a la estabilidad de las formas existentes de dominación social y política, sí tienen efectos mediante los cuales los grupos "desempoderados" participan de hecho en la construcción de la realidad, siempre y cuando sus acciones no respondan a agendas internacionales que son ajenas a sus intereses de clase.

Un prerrequisito para ello es no pensar estas cuestiones en términos de confrontación u oposición entre reproducción y estabilidad social versus revolución.

Una segunda cuestión conceptual a considerar tiene que ver con el término "revolución". Con frecuencia se contrapone a resistencia. De la misma manera que la resistencia ha ido ganando un lugar en la agenda de las ciencias sociales en su explicación de los cambios y continuidades producidas en el mundo, la revolución ha ido perdiéndolo. Debiera darnos qué pensar la forma en que ciertos términos aparecen o desaparecen del vocabulario básico de las ciencias sociales.

La revolución se refiere aquellos cambios que tendrían la capacidad de transformar las condiciones de reproducción social, mientras la resistencia conformaría un proceso de reestructuración dentro de las relaciones sociales existentes, que buscaría, o tendría como consecuencia, mejorar las condiciones de vida de los grupos subalternos, sin cambiar el status quo de las relaciones de poder existente. Se trata del viejo problema de la cantidad y la calidad: la resistencia se correspondería con un cambio cuantitativo, mientras la revolución constituiría un cambio sustantivo y cualitativo; la resistencia buscaría un cambio dentro de un orden de cosas, mientras la revolución trataría de modificar ese orden de cosas. En relación a estas diferencias, las delimitaciones entre revolución y resistencia parecen menos definidas cuando abordamos los procesos históricos concretos, que en nuestros procesos de reflexión crítica sobre los mismos. Al fin y al cabo, las revoluciones, como señala la norteamericana Donna Haraway, tampoco han conseguido las sociedades transformadas que soñaron; y las utopías que las animaron acabaron teniendo efectos negativos para mucha gente, como señala David Harvey. Unas y otras, con frecuencia, cambiaron mucho para acabar cambiando muy poco.

Esto no es un alegato ni contra las utopías ni contra las revoluciones, sino contra el uso superficial de estos términos como categorías analíticas por parte de todos nosotros: historiadores, antropólogos, científicos sociales, periodistas, politólogos, etcétera. Es una llamada a enfocar nuestra atención en los procesos históricos que acontecen, y, también, en las contextos en los que los actores ponen y quitan los conceptos de las agendas de la reflexión intelectual y la práctica social, así como a enfatizar la necesidad de analizar los procesos de resistencia o revolucionarios concretos en relación a las dinámicas de los contextos históricos en que se dan.

Trata de ser también un recordatorio de la responsabilidad de asumir las consecuencias que esto tiene en la conformación del mundo que estamos construyendo. En la década de 1960 la revolución fue considerada como uno de los procesos evolutivos, junto a otros mecanismos como la difusión y la innovación independiente, mediante los cuales se producían cambios evolutivos en las sociedades y en la humanidad. Si las revoluciones sociales están hoy fuera de la agenda intelectual y práctica de la construcción del mundo contemporáneo, es porque la han sacado de la misma aquellas fuerzas y países que construyeron sus proyectos sociales en base a ellas, y las han utilizado como principio de legitimación.

Las clases burguesas hicieron sus revoluciones y las publicitaron como condición necesaria para superar el orden tradicional y antiguo, el viejo régimen; la revolución era vista como una etapa necesaria para salir de los tiempos oscuros, impulsando la modernidad, propugnando el progreso de la humanidad primero, y el desarrollo de las sociedades, después; y en el mismo proceso de construcción argumentativa, legitimando el colonialismo y el subdesarrollo. ¿Que sería del proyecto nacional/imperial de los EEUU sin su revolución, y qué sería de los países europeos y su proyecto de construcción de la Unión Europea sin la Revolución Francesa o la Revolución Inglesa? Eliminar de la agenda política e intelectual la revolución tiene como consecuencia dificultar la formulación de proyectos de transformación social emancipadora.

Recapacitando desde este posicionamiento para la transformación social, no creo que valga la pena sacar de la agenda práctica para y desde la transformación la categoría de revolución, sin embargo si es necesario reciclarla para el contexto actual, y esto nos lleva a la inquietud de Castañeda sobre sí el enfoque leninista del sujeto puro revolucionario no empata con esta nueva forma humana de asumir la realidad, qué podemos entender como la construcción de un nuevo sujeto posible para la revolución y para ser revolucionario, es decir, escueta pero pragmáticamente, para ser transformador?

Al sujeto revolucionario no hay que inventarlo, ya está ahí habitando todo el espacio. Vive desde la necesidad y es desde ahí también que el sujeto revolucionario puede hablar si a este se le dota de poder para hacerlo. El poder de lo colectivo en las prácticas cotidianas para transformar la realidad. El despertar de la conciencia para-sí.

Guatemala hoy, se inscribe en un proceso de “empoderamiento” del narcotráfico y enriquecimiento de la oligarquía. De crisis de la seguridad y empobrecimiento de la clase trabajadora. Es necesario, desde ahí, reconsiderar a ese sujeto ya existente para una revolución (sin armas) mediante un proyecto económico que interese a todos y en el que todos quepan.

La juventud camina en un mundo de de videojuegos, consumo (sin capacidad de), tamagochis en que los niños se deben ocupar de darle de comer a una mascota electrónica. ¿Cómo se habla sobre lo colectivo a una sociedad inmersa en estas dinámicas individualistas, ensimismadas, autistas?

Se dialoga desde la necesidad generalizada de empleo. Igualdad. Libertad. Fraternidad. Nada nuevo. Y, esto nos lleva al tercer punto que plantea Castañeda sobre sí el sujeto posible para la resistencia ante lo inaceptable debería ser un sujeto individual o colectivo. También debe ser colectivo porque las necesidades son colectivas y porque las luchas por transformar la realidad social surgen de intereses y búsquedas comunes. En este punto, valdría la pena preguntarnos qué es lo qué el sujeto desea transformar, cómo y desde dónde. Si bien Castañeda apunta a una transformación intelectual y material, yo me pregunto si es eso lo que el sujeto popular (interétnico e interclasista) desea trasformar.

Cuarto, ¿será más viable en nuestra sociedad un sujeto nuevo que se encamine por los senderos del liberalismo, asumiéndolo dentro de una lógica más acorde al contexto guatemalteco, en el que los partidos suelen ser vistos como las únicas opciones de cambio dentro de la tristona esperanza de cada cuatro años, y porque hablar de socialismo actualmente es considerado como un desfase ideológico o como una añoranza de algo fallido? Creo que no, los partidos no son el único mecanismo de cambio, pues no hay en el sistema de partidos una continuidad de políticas, y éstas no representan los intereses de la población. ¿No sería más realista empezar por impulsar un movimiento que esté inserto en unos intereses generales en los que pueda entrar toda la sociedad guatemalteca, y empezar por delinear esos intereses interclasistas?

Quinto, ¿podríamos aproximarnos mejor a esta utopía de una sociedad más digna desde el reconocimiento y la comprensión de lo nacional-popular e interclasista?

El sujeto puede aproximarse a esa utopía asumiendo que la utopía es el único camino y que lo nacional popular interétnico e interclasista (lo cual no hace falta inventarlo ni crearlo porque ya está ahí), es reconocido por el Otro y por si mismo. Lo que hace falta es forjar la conciencia crítica y radical de esta realidad, que pasa desapercibida ante los ojos de la generalidad de personas.

Sexto, ¿Qué responsabilidad histórica tendría y cómo habría de asumirla este nuevo sujeto ante la cooperación internacional, lo políticamente correcto y las izquierdas?

Si la cooperación internacional es capaz de dar un giro en su manera de inventar las problemáticas sociales centroamericanas y al "otro", de transformar la burocracia del turismo de pobreza y folklore e introducir laicismo en las identidades. Si tan sólo se deshicieran de la solidaridad folclórica y del país tomado a fragmentos y desde la idealización de los colores de los hupiles y la marimba… Porque Guatemala no es sólo eso. Guatemala es la necesidad de pensar desde sí misma un nuevo sujeto de transformación social. Guatemala es también la urgencia de que seamos los propios guatemaltecos los agentes de nuestro propio cambio y autonomía. Si la cooperación es capaz de atender no sólo a la población “maya”, y ver nuestras verdaderas necesidades, entonces sí supondría un verdadero aporte a la solución de las problemáticas sociales y a la falta de desarrollo humano, con lo que alcanzaría la coherencia y legitimidad de sus objetivos. Es decir que la cooperación internacional debe asumir la perspectiva de nuestras necesidades desde la construcción de lo nacional-popular interétnico e interclasista. Es decir, del sujeto conciente, popular, interclasista e interétnico.

¿Podría o no la cooperación internacional ser parte de un movimiento social o un movimiento de resistencia, y de ser así, cuál o cuáles serían sus relaciones con él?

Ante la expansión del capitalismo y los nuevos rostros del imperialismo, David Harvey apunta que los movimiento sociales y/o de resistencia tienen hoy más sentido y vigencia que nunca, sobre todo para y en este mundo que sentimos girar en sentido equivocado. “Creo que sí hay un retorno a la política a través del movimiento altermundialista, aunque algunos movimientos políticos, como el ecologista, aparecieron ya en los años 1980. Pero todos estos nuevos movimientos son muy diferentes de los de la izquierda tradicional. Los movimientos políticos clásicos de la izquierda, que eran fuertes a finales de los años 1960, se construían alrededor de los sindicatos, en las fábricas. Les preocupaba lo que pasaba en el punto de producción y constituían una respuesta al keynesianismo y a la socialdemocracia. Los nuevos movimientos tienen que ver con lo que sucede en la esfera de consumo y con lo que yo llamo “acumulación por desposesión”: están en contra de la mercantilización, de la privatización y del individualismo, y hay que considerarlos como una respuesta al neoliberalismo. Así que, sí, en efecto, ha habido un resurgimiento de lo político, pero en torno a una serie de problemas muy distintos de los de la izquierda tradicional”.

En el caso de Guatemala viejos problemas se juntan con nuevos problemas. Por ello se hace necesario pensar un movimiento de resistencia y propuesta movilizadora desde la coexistencia de lo que no se pudo resolver entre 1944 y 1954 y la “acumulación de la desposesión” que produce el neoliberalismo. Si la cooperación internacional apoya este objetivo, en el marco de la construcción de un sujeto conciente, popular, interclasista e interétnico, las relaciones entre ella y el movimiento de resistencia y propuesta, se definirían de acuerdo a los objetivos que las necesidades de la lucha vayan planteando, y no de acuerdo a las agendas de los países donantes. Sólo así la cooperación internacional podría jugar un papel efectivo en el cambio para el desarrollo del tercer mundo.

Halloway señala que si buscamos la emancipación y la liberación, la manera como quizá el mundo no podrá cambiar es mediante la toma del poder, se trata más bien de entrar en el desafío de desarrollar anti-poder, es decir un poder creativo, porque cambiar el mundo debe entenderse como negación de lo que comúnmente se llama política y que se agota en la reproducción permanente de relaciones de poder y sumisión. Y, a veces, de revoluciones institucionalizadas a las que nos les conviene que siga la secuencia revolucionaria sino que se estanque.

Quizás entre todos es posible volverle a dar sentido a la lucha por la democracia radical y un proyecto de futuro. No hay aquí fórmulas mágicas o métodos precisos sobre la posibilidad de la transformación social desde un movimiento de resistencia ante lo inaceptable. Hay la voluntad de tener a Guatemala hoy más presente que nunca en el corazón ardiendo y en el cerebro frío que proponía el Ché, ante este mundo que sentimos equivocado. ¿Alguien nos escucha?

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