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El continente desgraciado: Las Maras, la cultura de la violencia
Por Marcela Gereda - Madrid, 28 de mayo de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Hace unas semanas se inauguró en Casa de América de Madrid, la exposición de la fotógrafa Isabel Muñoz titulada "Las Maras y la cultura de la violencia".

La exposición no es sino un juego con el morbo del espectador, en la que se reproduce la idea de que marero es sinónimo de asesino, criminal o Satanás. Legitima un discurso del marero como "salvaje" vinculado al narcotráfico y el crimen organizado.

La fotógrafa catalana Isabel Muñoz estaba realizando un ensayo fotográfico sobre la utilización del cuerpo como forma de expresión entre las tribus etíopes cuando leyó un artículo publicado en el diario español El País que hablaba de los jóvenes pandilleros de la "mara salvatrucha" que también utilizan su cuerpo como un medio de expresión, de ahí que el lente de Muñoz se trasladara a las reprobables cárceles salvadoreñas, para retratar el lenguaje corporal de la "vida loca", de muchos jóvenes salvadoreños.

En una entrevista para el diario español El Mundo, Isabel Muñoz apunta sobre los jóvenes que retrató " crecen sin ningún tipo de ilusión, sin ningún tipo de meta en la vida, "Yo lo que pretendo es ser testigo de una realidad, no pretendo juzgar. Lo que me gustaría es mostrar que yo creo en la dignidad del ser humano y que el criminal más criminal tiene sentimientos".

Esta claro que este objetivo no lo logró alcanzar Muñoz al provocar en los espectadores una sensación de pánico e intimidación ante la mirada de los criminales y satánicos mareros, olvidando que antes de ser mareros, son padres algunos, hijos otros, esposos. Y, que como usted lector, es gente que siente, que sueña y que es producto de las circunstancias injustas que les ha tocado vivir. También de esta muestra fotográfica se desprende que la fotógrafa quiere alcanzar la notoriedad tipo pancarta de Benetton, sirviéndose de la podredumbre centroamericana.

Cuando se le preguntó a la fotógrafa si no tenía represalias para los jóvenes quedar en un documento de la manera que ella los retrata, contestó: "de todas maneras ellos ya están fichados por el FBI".

Si, ya están fichados por el FBI, pero no estaban fichados ante la morbosa y miope mirada del público español que ahora se alerta y sobrecoge ante una juventud olvidada.

Además de retratar a los jóvenes como modelos de "Armany Exchange", o "Dolce Gabana", Muñoz no hace sino hacer sentir al espectador amenazado, intimidado, pues día a día salen en los diarios españoles la expansión de pandillas latinoamericanas como los son los "Ñeta", o "Latin Kinas". Hay una grave concepción en esta radiografía de las maras vinculando éstas al narcotráfico y crimen organizado, alertando (como los sensacionalistas medios de comunicación) a la población española sobre la inventada vinculación de pandillas con el terrorismo y a ETA o AL QAEDA.

Estos prejuicios y erróneas percepciones son reductivistas y no hablan de lo que verdaderamente acontece dentro de las maras y por qué ello acontece como acontece. Mucho menos cuestionan a la cooperación internacional de cómo está invirtiendo sus fondos en el mal llamado tercer mundo, en el que son pocos los proyectos de prevención de violencia juvenil o dirigidos a la educación infantil.

Si bien es cierto que la violencia juvenil hoy es un fenómeno urgente a resolver, también es cierto que a esta situación no se le ha prestado mayor importancia desde la cooperación internacional, la cual inventa las problemáticas sociales centroamericanas y al "otro", haciendo en muchos casos un turismo de pobreza, creando más dependencia y actuando como agente necolonial.

Tanto El Salvador como Guatemala hoy día es homicidio y es tatuajes. Y es asesinatos. Y es una juventud que muere diariamente en a cárcel o como víctimas de la limpieza social. Si la cooperación es capaz de atender a esta población de la que se ha desentendido por todos estos años, entonces supondría un verdadero aporte ante las problemáticas sociales y el desarrollo humano, con lo que alcanzaría la coherencia y legitimidad de sus objetivos en la región centroamericana.

Las maras son sin duda una amenaza para la seguridad pública en Centro América. El carácter y origen de la violencia entre jóvenes no es simple de comprender ni de darle una dirección, hay aspectos locales y transnacionales sociales que se deben de tomar en cuenta para abordar la problemática. Para pensar en la violencia que caracteriza hoy a la generación de los ochenta tanto en Centro América como a los centroamericanos en Estados Unidos, es necesario pensar de qué regímenes políticos estamos saliendo y de qué sistema económico se generan este tipo de marginalidades.

Según la Oficina para América Latina en Washington (WOLA) con la expansión de las maras, la violencia juvenil en Centro América y la actividad bélica cada vez más visible en las comunidades de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, los respectivos gobiernos se han centrado en la problemática de "el combate a las maras", con definiciones específicas (y erróneas) de la naturaleza de las maras, sus orígenes y sus maneras de combatir la problemática.

Por ello es necesario entender por qué la juventud opta por las maras, por qué se sienten protegidos e identificados con esa particular manera de estar en el mundo y dar sentido y continuidad a la vida que estos miles de jóvenes desarrollan desde la exclusión social y la periferia centroamericana y las comunidades de inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos.

En vez de alertar desde un lente miope y amarillista a la población española, se debería de cuestionar al sistema que produce este tipo de marginalidad, y al sistema que teniendo la capacidad, no aborda a esta marginalidad, como lo es la cooperación española, empeñada en financiar proyectos folklóricos o la creación de otro pozo, por ejemplo. Si se apoya programas de prevención de violencia juvenil, si se refuerza la rehabilitación en vez de reforzar la represión, entonces la cooperación internacional estaría cumpliendo sus objetivos.

En una de las fotografías centrales de la exposición, se observa un mural de la cárcel en El Salvador, donde se lee: "Dios bendiga esta celda" y abajo se dibujan unas lápidas en las que aparecen los nombres de jóvenes ejecutados, como lo son "El Snoopy"; "El Venado", "El Vago", "El Horny", "El Stranger" y "El Maliante". Una generación centroamericana en la cárcel, sin vida. Sólo lápidas.

Una y otra vez me paso por Casa de América no tanto por observar las fotografías amarillistas e irreales y más por ver y escuchar las reacciones del público. Ahí está en la esquina el sistema neocolonial vendiendo a su público rostros criminales. "Nunca seremos dichosos había profetizado Simón Bolívar y parece claro que la historia se ha obstinado en darle la razón a este continente desgraciado", es una de las inscripciones que se lee junto a las fotografías de la exposición. Mientras camino los pasillos y escuchó a un hombre español pronunciar aterrorizado de estos "criminales": "pues de verdad que es un continente desgraciado".

Salgo de Casa de América, tomo el bus número veintisiete hacia Plaza de Castilla, y a mi lado se coloca un grupo de ocho jóvenes españoles de quince años a dar de gritos y planear el botellón de la noche. Uñas pintadas. Última moda. Ninguno conversa, ninguno se escucha. Ética y estética del consumo del Corte Inglés. "oye María que guay están tus zapatillas, dónde las has comprado”, haciendo de su presencia en el mundo el consumo. Y, del otro lado del atlántico, ese continente desgraciado y olvidado dando continuidad y ampliando el paredón en el que se inscriben los nombres de los jóvenes en las lápidas del graffiti.

Vale preguntarse qué tipo de ética hay detrás de esta fotografía al instrumentalizar la violencia juvenil centroamericana a un público español que sale de la exposición añorando los días en que en América solo habían inditos descalzos y repitiéndose a sí mismo: "pues de verdad que es un continente desgraciado".

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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