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¿Qué cambio queremos como seres inconclusos?
Por Marcela Gereda - Madrid, 4 de junio de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Se acercan las elecciones. ¿Se hace política para las próximas elecciones o para generaciones futuras?, ¿qué cambios necesitamos? Miremos qué nos dice el termómetro: la mejor manera de entender cómo se articula una sociedad, sus enfermedades y el estado de su alma, es escuchando y observando a sus actores. Las diversas formas de habitar el espacio nos explican a todos como parte de una dinámica social.

El alma enferma y violenta que caracteriza a Guatemala es respuesta a las desigualdades económicas y a la polarización de la sociedad, por ello se requiere repensar íntegramente la desigual estructura social, desde la urgencia de organizar democráticamente nuestras necesidades y considerar a la creciente niñez y juventud marginal e inconclusa.

Cada día se hace más evidente: una población marginal derivada de las formas locales de acumulación del capital. Estas maneras concretas de acumulación del capital producen procesos de marginalidad en los que se apuesta por la violencia como forma inevitable de expresar descontento ante una economía que no ofrece posibilidades de participar libremente en la creación de riqueza y, en consecuencia, tampoco posibilidades dignas y justas en educación, salud, vivienda, consumo y empleo.

Las maras (entre otras causas estructurales) son un vómito del sistema económico neoliberal. Sus contrastes y sus formas de violencia son consecuencia de la existencia de los marginados como condición de los incluidos.

En muchos casos, los jóvenes, al verse sin educación, sin vivienda y sin una red social y familiar que los apoye, optan por la vida de la calle. Esto lo expresa un ex Salvatrucha así: “O sea de que yo me metí en la onda de la clica cuando estaba bien bato, la calle y el pegamento eran mi única alternativa”. Al vivir en la calle se asume la lógica y la normativa de la calle: vivir para matar. Si el sistema no te hace vivir, te lo quebrás vos a él.

Se incrementan los casos de limpieza social; de exterminar a los mareros como moscas, porque son un producto no deseado de este sistema. Y mientras gran parte de la sociedad civil lucha por la dignidad de grupos culturalistas financiados por la cooperación internacional, Otto Pérez Molina plantea la política de “mano dura”. Menudo circo.

Un sistema económico puede producir prosperidad social sólo cuando incorpora al trabajo y al consumo a sus masas en calidad de ciudadanos. Pero produce miseria y violencia cuando excluye a esas masas de los circuitos de producción y consumo de mercancías. Por eso es necesario reconocer que el capitalismo oligárquico-neoliberal produce la marginalidad, que constituye el caldo de cultivo de las maras y de su forma degradadamente alternativa de morir, matar y vivir.

Es imprescindible diseñar un programa de educación para la democracia radical. ¿Cómo se puede organizar desde la pedagogía a la juventud con una lógica humanizante, diferente a la lógica instrumental?

La respuesta no es nueva. Pero sí puede serlo la forma de abordarlo. Pensar los retos del futuro desde los fracasos del pasado y considerar que “infancia es destino”, debieran ser puntos de partida para una pedagogía en la que se busque la liberación del hombre; en la que como dice el pedagogo Paulo Freire; los educadores y los educandos trabajen juntos para desarrollar una visión crítica del mundo en que viven. “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”.

Es urgente un programa pedagógico para y por la juventud, que asuma que la existencia humana significa una transformación del mundo. Y que participar en esta transformación no es un privilegio de una cierta clase, sino derecho de todos los seres humanos.

Es necesaria una política educativa en la que se enseñe y aprenda la historia en clave intercultural y desde otro lente: la historia como una construcción social, producto de las tensiones de intereses entre grupos. Conocer la historia de Guatemala debe ser un derecho y una obligación, porque es conocernos a nosotros mismos para reflexionar y participar de un país más justo y más libre.

Apostarle a la niñez y a la juventud es apostarle a un presente lleno de futuro. Entonces se forjarán seres libres y justos que luchen y vivan por hacer un país de todos y para todos, en vez de un país asimétrico de seres marginales e inconclusos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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