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La inmensa sombra oscura
Por Marcela Gereda - Madrid, 16 de julio de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Guatemala es sólo idéntica a Guatemala. Solo aquí es posible caminar por el Parque Central y de pronto observar unas cuantas cabras caminar campantemente frente a uno. La ciudad la encuentro desbordada y esquizoide. Pretenciosa y poco franca.

En cambio, caminé por las calles mudas de Jacaltenango y tomé chocolate caliente en la casa de unos viejos amigos, con algo de tristeza volví a comprobar que mientras más alejada esté la región de las luces del consumismo compulsivo y de esa alma oscura y esquizoide, la gente es más sencilla, más sonriente y más apacible.

Me carga de esperanza la risa franca de la gente.

Esa misma que encuentro justo después de escuchar insultos o al policía del Portalito expresando con suavidad: “Qué tenga buen díita, reina, y sobretodo qué Diosito me la bendiga, oye”.

La esquizofrenia se expresa entre una esquina y la otra. Al cruzar una calle y la que le sigue: después de escuchar al dulce policía, entro a este cybercafé desde donde escribo esta columna, a mi lado izquierdo un insensato individuo somata con furia el teclado, se queja con ira cada vez que no consigue obtener correctamente algún comando del ordenador. Además de desconcentrarme con sus bullas, me recuerda que la violencia y esquizofrenia está aquí y allá. Arriba y abajo. Nos atraviesa a todos.

Recuerdo una tarde lluviosa de 2004, cuando comprendí ese estado psíquico enfermo que había dejado la guerra en el país. Hablaba con una familia kaqchikel de Comalapa. El padre, ex Patrullero de Autodefensa Civil. Su hija había nacido con un problema de la vista, alguna ONG había ayudado a la familia para que se hiciera la operación con la debida atención y cuidado médico; mientras la niña aún tenía las gasas en los ojos el padre exclamaba llorando: “La nena nunca va a poder ver, aunque sea que la hayan operado”. A esto pregunté “Por qué, si ya la han operado, seguro que sí va a poder ver”. A lo que él respondió: “No, no podrá ver nunca, porque ella es el castigo que Dios me mandó por las veces que le sacábamos los ojos a los niños.”

“No estoy completo de la mente”, es la primera frase de Insensatez, novela del escritor salvadoreño Horacio Castellanos, es la frase de un indígena sobreviviente de una matanza del conflicto armado.

Ejemplifica cómo Guatemala no está completa de la mente, ni del corazón.

Nos hemos ido perdiendo, a Guatemala se le ha a ido Guatemala de las manos. Una Guatemala desbocada e incompleta. Una Guatemala en la que el pasado oscuro es el presente esquizofrénico.

El año pasado trabajé como guía de la Ruta Quetzal por Guatemala, México, Belice y España.

En cada lugar de Guatemala nos quedamos en una base militar con campamentos de tiendas. Al viajar en bus de un sitio a otro en Guatemala, un militar con una escopeta en mano viajaba con nosotros hasta adelante del bus. Los niños estupefactos. Sin decir una sola palabra. No podían quitar sus ojos de la intimidante escopeta.

Es esto lo que hoy propone algún candidato para solventar la violencia generalizada del país. Nadie habla de educación, de prevención de violencia juvenil.

La seguridad pública es asunto de la Policía y la defensa nacional del Ejército, sin embargo, esto debe ir articulado a programas de prevención de violencia juvenil y educación. Así como a la creación de fuentes de empleo e incorporación al consumo y producción para echar adelante una profunda reforma del Estado, en cuyas bases tiene que suceder una profunda reforma fiscal.

Hace unas semanas caminaba junto a un entrañable amigo por las desoladas y empolvoradas calles de Melchor de Mencos, la frontera con Belice, cuando advertimos frente a nosotros una inmensa sombra, lo más absurdo en aquel desolado y caluroso rincón del mundo: un elefante. No supimos si reír o llorar ante el absurdo.

Los guatemaltecos reímos llorando. Nos pasa como lo dice Rubén Darío “Cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer”... Reímos con llanto y lloramos a carcajadas de nuestra historia tan injusta. Nuestro pasado tan lóbrego. Nuestro presente tan absurdamente colonial y esquizoide que al transitar esa frontera de los mundos, de las lógicas, de nuestras vidas y despedirnos de la inmensa sombra oscura reímos porque lo que deseábamos entonces, era llorar.

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