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Marcos, el pescador
Por Marcela Gereda - Madrid, 12 de agosto de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Escribo lo que vivo, y vivo lo que escribo. Martes. Seis de la tarde. No sé cómo volver a mí. Entre fiebre y miradas lejanas, repaso eso que no sé nombrar.

A la hora que escribo estas líneas, imagino vidas paralelas, me aparto sobre estas cuarenta teclas para detenerme a observar a mi derecha esa libélula muerta.
Aquí, llueve sin tregua. Los sonidos no son de ecos largos. Son más bien ondas cortas e iterativas de lo mismo: las recias gotas de lluvia y el sonido de mis manos sobre este teclado cargado de historias y nombres: me llamo mar repite. Y de nuevo, los pescadores, miradas ausentes. Las redes y Marcos. Marcos y las redes.

Marcos, es un pescador de Chiquimulilla, quien vive dos vidas, la suya y la de su hija que ya no está, "murió de susto" dice Araceli. Marcos me pidió que le tomara unas fotografías echando sus redes al mar.

Por la manera en que Marcos mira descubrí que la muerte es algo sobre lo que no debo de preguntar, al menos no ese día. Araceli, su esposa, en cambio, sólo me vio y se echó a llorar. "No cumplió los cinco añitos mi nena" repetía con sollozos.

Marcos no dijo una palabra. Solo me preguntó "Marcela vos sabes sacar fotos". "Quiero que me hagas una sola, echando mis redes al mar". No hice preguntas y le dije que con gusto lo haría. A cargar redes y cubetas. Araceli nos dio dos cocos y salimos mar adentro a la hora justa en la que el sol nace y algo en aire nos hace sentir testigos del fin y del inicio. De arriba y abajo. De la luz y de la oscuridad.

Se escucha el sonido suave de las olas golpeando contra el bote. Unas cuantas garzas que anuncian el día. A esa justa hora del día en la que hasta el aleteo de los peces se hace eterno. Pasó quizás una hora hasta que Marcos pronunciara una palabra. Ambos mirábamos al infinito. El cielo es gris y la humedad total. Vi el reloj, pensé en que pronto estaríamos más lejos de la orilla. Sube el sol, ganas de cerveza.

"Quiero que me hagas esta foto para ponérsela a Yoselin (su hija) en su cuaderno porque tiene que llevar una foto de su papa a la escuela y yo no tengo ninguna foto mía". Por la manera en que me lo pide, sé que ser pescador es algo que dota de sentido la vida de Marcos y la de los suyos.

Se rió y luego dijo: "a la Yoselin cómo le gusta salir a pezcar conmigo, le gusta sobretodo que yo tire el trasmayo para luego buscar si sacamos algo". ¿qué es lo que más le gusta sacar? Pregunté. "Tacasonte para hacerlo en caldo", respondió.

Permanecimos otro tiempo callados. El parecía en su mundo, en sus redes, en su mar, en sus hijos.
Luego de un rato Marcos dijo "la Blanquita (hija fallecida) quería ser maestra y qué si en el camino se me quedó mi nenita".
No supe qué decir.

Hice la foto de un Marcos echando sus redes al mar. Por su manera de agarrar el trasmayo, me da la impresión que lo que tira al mar no es una red. Es una esperanza de vida. Una búsqueda y una conquista.

Al pisar de nuevo tierra firme, sentí que las piernas no me respondieron. Por un momento creí que era mareo, pero luego supe que no podía ser, nunca me dan mareos ni nauseas.

Sacamos las mojarras y los tacasontes en dos costales. Marcos (hijo) preguntó efusivamente y saltando sobre un pie: "Qué sacó mi papa?

Al entrar al ranchito me senté en la hamaca, me sentía abatida sin haber echo nada. Advertí que tenía fiebre y huesos de algodón.

Les dije que debía irme, Marcos me pidió si lo llevaba a "Casas Viejas", "esque ahí estoy recibiendo un curso para volverme profesor en la escuela primaria, como la Blanquita no pudo, pues voy a ver cómo me va a mi de profesor".

Dejé a Marcos en Casas Viejas, y comencé entre sudor y fiebre altísima este relato. Fui al Centro de Salud de Chiquimulilla, un buen laboratorio para estudiar corrupción, ineficiencia y burocracia del sistema público de salud. Me hicieron un examen y me dijeron que lo que tenía era dengue.

Entre dormida y despierta pensé en Marcos-Blanquita. En ser pescador y maestro.Maestroypescador.

Sigue lloviendo sobre mi tasa de café. El día no pareciera pintar mucho, máxime sabiendo que llueve y que la fiebre no se va. Se queda junto a unas redes y el amanecer de El Chapeton, Chiquimulilla.

Sucedió en El Chapetón, entre mangle y humedad. Marcos, de nuevo comienza su jornada tirando redes y algo más...

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