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Las palabras y las cosas: Respuesta a Luís César Moya
Por Marcela Gereda - Guatemala, 26 de septiembre de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Primero, no traté a Sichar de “esquizofrénico”, sino a la academia que con tal de mantener unas ideas sobre otras, apunta a lo falso, tergiversa, falsea la historia de nuestro país. Creo que la gente lee como quiere leer. Sin embargo, creo que la esquizofrenia a la que me he intentado referir, debe ser expuesta con mayor claridad.

Segundo, al debatir el tema de genocidio, parto de la relación entre las palabras y las cosas. A veces la gente cuando dice hablar de las cosas del mundo discute sobre palabras y los debates son nominalistas (y estériles desde el punto de vista de la comprensión del mundo y sus transformaciones). Esto es muy frecuente en el mundo académico y es a esto lo que denominé esquizofrenia: a hacer pequeña la realidad para que quepa en el modelo que buscamos explicar, pero también se da cuando el mundo intelectual es utilizado para discutir públicamente sobre el mundo real mediante la opinión. Contra esto combate el intelectual palestino Edward Said cuando dice que está en contra de la teoría que discute la teoría, porque las teorías son "mundanas", es decir están en el mundo, hablan del mundo, son utilizadas en el mundo.

Es ese "estar en el mundo", la producción o el uso, lo que le interesa a Said (y a mí), porque relaciona las palabras y las cosas, porque son importantes las cosas, y no las palabras en sí (aunque las palabras sustituyen a las cosas, esto es el punto de partida de la crítica de Boaventura Sousa Santos a la ciencia -las ciencias son sistemas de palabras, abstracciones, que dicen hablar del mundo y al final se acaban constituyendo (esto es la parte de producción y uso) en el mundo mismo, sustituyendo al mundo (lo mismo que la religión: "Palabra de Dios" que sustituye al mundo humano al que acaba sometiendo).

Y sin embargo no tenemos sino palabras para entender el mundo y actuar en él, pero debemos responsablemente conectar las palabras con el mundo ("genocidio" y sus realidades subyacentes, y los usos --lecturas y consecuencias de estas lecturas-- que unos y otros hacemos sobre ellas). Por eso es tan importante el libro de R. Williams (Keywords), que reconstruye la producción social e histórica (anglosajona) de palabras clave en la construcción del mundo (eurocéntrico, como le recordó Said al comienzo del libro sobre el papel del intelectual. R. Williams no atendió al hecho colonial aunque percibía sus efectos en Gran Bretaña; para él era invisible este hecho, que para Said era clave en la construcción del imperio: no hay imperio sin colonias, y no había "granbretañidad" sin las colonias).

Estos argumentos pueden trasladarse al debate sobre "genocidio" y a la respuesta al mismo que hace Luís César Moya; por ello me pregunto:¿qué ganamos y qué perdemos, qué vemos y qué dejamos de ver si usamos la palabra de una manera u otra?, ¿quién gana qué y quién pierde qué? Nuestro trabajo puede que sea no decantarnos por una u otra acepción de la palabra, o por alguno de sus "usos", sino plantear la diversidad de posibilidades en acepciones y palabras para que la audiencia pueda "elegir" siendo más consciente de lo que elige (y de lo que rechaza elegir).

Ese es mi punto de partida. En ningún momento niego las masacres. Solamente deseo llamar a las cosas por su nombre. Y que de ahí sea el lector el que opta por el término que quiera, siempre y cuando haya consciencia de lo que elige o deja de elegir.

Quizá el lenguaje sea insuficiente para explicar la realidad. Pero yo amo el lenguaje, y el lenguaje escrito, que me permite comunicarme. Me permite escribir que como guatemalteca, como mujer joven, comprometida con la comprensión de la historia de este país, no me parece responsable llamar “genocidio” o “etnocidio”, con todo y las extensas definiciones de Moya, a las masacres contrainsurgentes, pues no sirven para explicar lo que aquí pasó.

La política de tierra arrasada y de desplazamiento y re-educación de los indígenas tuvo por objetivo atacar a la insurgencia, pero no hubo voluntad de exterminio étnico, como se cree internacionalmente. Y al decir esto en ningún momento estoy eximiendo de culpa ni a al ejercito ni a la oligarquía guatemalteca. Lo único que digo es que ni al ejército ni a la oligarquía les conviene exterminar a los indígenas, pues unos se quedarían sin tropas y los otros sin mano de obra barata. Exterminar a los indígenas (etnocidio) sería suicida para la clase dominante y para el ejército. Hubo masacres, sí. Pero la intención de las mismas no era la de exterminar a las etnias indígenas sino la de “quitarle el agua al pez”, es decir, el apoyo civil a las guerrillas, las cuales operaban en territorio indígena.

En cuanto a mi afirmación de que la oligarquía no tenía idea de lo que estaba pasando, debo aclarar que me refería al amplio sector de esta elite que vive al margen de lo que ocurre en el país, y no al grupo orgánico ligado a los militares y a la contrainsurgencia (que sí sabía muy bien lo que ocurría porque fue él el que acudió a los militares para que solucionaran el problema insurgente). Pero el sector meramente civil (por llamarlo así) de la oligarquía nunca tuvo idea de las masacres ni la tiene ahora. Este grupo siempre ha vivido de espaldas al país. Sin conocer sobre su gente, ni lo que pasa aquí. Si bien las masacres eran de conocimiento público, esto no supone la comprensión y conciencia de la oligarquía inorgánica y “apolítica” sobre lo que en ese momento acontecía.

Mi afirmación no es producto de enormes lagunas en mi conocimiento de la historia. Mi afirmación viene de hablar, escuchar, leer y haber hecho una tesis dirigida por la Dra. Marta Elena Casaús, para la Universidad Autónoma de Madrid, sobre la ideología de la oligarquía guatemalteca.

A Moya, le recuerdo que la lógica con la que funciona buena parte de la cooperación internacional es con la de reproducir el discurso del “exterminio” para conseguir financiamiento para mil y un proyectos fallidos en poblaciones indígenas, olvidándose de amplios conglomerados “ladinos”, jóvenes pandilleros, prostitutas, etcétera. Y todo, por utilizar términos falsos para describir la historia de este país. ¿No le parece eso a caso de una tremenda irresponsabilidad?

Respeto y valoro el trabajo de colegas extranjeros, cuando éstos son objetivos y comprometidos. Pero no cuando reproducen un discurso maniqueo y simplista.

En ningún momento me empecino en rechazar los trabajos de académicos extranjeros. Respeto, valoro y trabajo actualmente con antropólogos españoles en un proyecto sobre los refugiados del Sahara Occidental. Lo que yo rechazo es a una serie de personas que sin conocer bien qué es Guatemala, nos toman como un laboratorio en donde poder aplicar mecánicamente conceptos en los que no cabe nuestra compleja realidad.

Recuerdo una clase en la que una española decía: “Yo agarré el Ixcán” (como tema). “Yo, la masacre de Río Hondo” decía otro…”yo…yo… y yo…” Y así, todos tenían un área específica para escribir sus tesis sobre los horrores que se dieron en esta tierra, y regresaban sin ningún empacho a su Estado de bienestar. Me parece que de eso no se trata la academia. De ahí que entrecomillara el término “académicos”.

Repito que los actos criminales que nos ocupan fueron intencionales, pero no estuvieron sujetos a si las personas eran indígenas o no, sino a si ayudaban o no a los guerrilleros. “Etnocidio”. “Genocidio”. Llámenles como quieran. Lo cierto es que el exterminio indígena no fue el móvil de las masacres. Si a pesar de aceptar este hecho se insiste en llamar etnocidio a las matanzas de civiles, así sea. Llámenles como quieran, siempre y cuando estén dispuestos a reconocer que la tarea del intelectual es la de ir a la raíz de los problemas y de la de llamar a las cosas por su nombre. Pues para transformar el mundo hay que conocerlo a profundidad, no denominar y categorizar en función de lo que en ese momento conviene decir y escribir para nutrir intereses particulares. Esa es la relación que me parece que debe de existir entre las palabras y las cosas.

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