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American dream, pesadilla chapina
Por Marcela Gereda y Julio Godoy - Guatemala, 28 de septiembre de 2007
marcela.gereda@gmail.com

Cada año, unos cien mil guatemaltecos abandonan el país y se entregan a una aventura con un objetivo claro pero incierto: entrar a los Estados Unidos. Mojados, claro. Para ello, nuestros compatriotas se confían en las manos de los célebres coyotes, a pesar de los enormes riesgos que el trayecto implica. Es que en el imaginario de los guatemaltecos desahuciados por la injusticia y la pobreza endémicas del país, el american dream se asocia a la esperanza de un futuro mejor: casa propia, educación para los hijos, carro, solvencia económica. Una promesa de futuro que compensa los riesgos del viaje. Mientras tanto, la Guatemala oficial ve en esa exportación de sus propios miserables un flujo anónimo, sin nombre ni rostro, y una importante fuente de divisas en el mejor de los casos.

El sueño americano es para los guatemaltecos como los barriletes que elevamos el primero de noviembre. Una esperanza de vida, ahora también volada por los aires de un cielo de barras y estrellas.

En Boca del Monte

"A las tres de la madrugada, cerré con candado mi casa y me jui pal norte." Con apenas 29 años, Cruz Corova Jerónimo, nativo de El Chol (Santa Cruz Baja Verapaz), ya tiene una memoria repleta de recuerdos.

Cuando Cruz cuenta de sus andanzas en los Estados Unidos, parece divertise. Con las manos en las caderas, las piernas firmes en el suelo, los pies descalzos en el jardín de la zona 13 que acaba de limpiar, y risa fácil, en la que brillan dos dientes de oro, Cruz transmite una sensación de que nada puede perturbarlo. Pero no siempre fue así. Hace cinco años, empujado por la falta de perspectivas en Guatemala, buscó un coyote para irse "al norte, pa poder comprarme algo de tierra, una mi casita, un mi carrito, porque aquí no tenía nada, nadita, ni siquiera dónde caer muerto."

"Le di quince mil quetzales al coyote, y luego tres mil dólares más, y él nos sacó por La Mesilla," dice. Tras largas noches sin dormir, escapando a la migra, pagando mordidas a la policía federal mexicana, Cruz logró poner pies en tierra estadounidense. Pero para llegar, primero tuvo que sufrir.

"En el tren, la migra trató de tirarme; con sus botonas me prenzaban las manos para que yo me soltara, pero no me dejé, me aferré porque mi onda era que yo quería llegar. Un policía me reventó la cabeza con la cacha de la pistola, lo que querían era botarme al tracker, que yo no pudiera pasar, si hasta mi maletín me aventaron. Luego me tiraron dos disparos pero sólo para ahuevarme, no me dieron, me tiraron del tren, pero qué, yo dije me vuelvo a subir, me volví a prender del tren, con la idea de no quedarme."

Y lo logró. Ya instalado en San Francisco (California), Cruz aprendió el oficio que hoy practica en Guatemala, además del de jardinero. El de pintor de casas.

"Desde el principio comencé a pintar casas, primero ganaba doce dólares la hora, luego ya diez y ocho dólares la hora. Con eso podía mandar a mi esposa y a mi hija unos seiscientos dólares de remesas."

Su experiencia en los Estados "fue buena y no tan buena," afirma. "Buena porque hice mi feria y me logre superar, pero también mala porque estar ahí es como que el cuerpo esta ahí, pero otra parte no. También porque uno siente que el tiempo corre en contra de uno, porque no está ahí mi hija, mi esposa, y todo el tiempo esta uno pensando qué estarán haciendo, qué estarán comiendo. Por eso después de cuatro años mejor me regresé a Guatemala, porque ya había logrado juntar mi buena feria y porque mi mujer se me enfermó, se me estaba muriendo."

"Cuando vine, vine cachetón, panzoncito, bien aseado, perjumadito, también vine con unas ganas que jaaa, y de una vez preñé a mi mujer [risas] jay dios, bien furioso venía el hombre, un mi varonazo me eché, mi José Abelino, un nene precioso."

Ahora, aunque ya instalado en Guatemala, Cruz sigue soñando con el sueño americano; eso sí, con menos presión que hace cinco años. "Yo al regresar con mis ahorros me pude comprar un mi propio Toyota que me costó 38.000 quetzales, mi casa en Boca del Monte de 60.000 y luego le puse su segundo piso, balcones, amueblado calidad, todo me quedó una chulada." Y sin embargo, los Estados aún "me dan la ilusión de tener un trabajo bien pagado, de andar bien vestido, bien comido, bien descansado. Con mi esposa Maribel probamos volver ir al norte, pero nos devolvieron."

Cruz trabaja como jardinero y pintor en la zona 13, y gana unos dos mil quetzales mensuales. En San Francisco, pintando casas, ganaba cuatro mil dólares al mes.

Al recordar su sueldo en San Francisco, dice: "la vida no está aquí. Aquí solo hay mataderas, los 'impuestos' de las maras, la inseguridad, aquí pocos centavos puede uno juntar. En cambio allá la vida es calidad, uno gana bien, huele bien, come bien, uno se puede ir comprando sus cositas poco a poco para poder ir sacando a la familia adelante. Esa es la ilusión de uno de irse allá, porque aquí es muy duro poder sacar a la familia adelante."

Desde Miami

La vida de Jorge, un muchacho de apenas 18 años, amenazaba con llevarlo a la prisión. Hasta hace poco más de un año vivía practicamente en la calle. Tranzando. En su casa desaparecían objetos de valor, que robaba para despues venderlos. Si no había nada que "transar" allí, daba vueltas a tiendas y supermercados, acechando la oportunidad. En la escuela, cuando asistía a clase, los maestros se quejaban de su falta de voluntad para aprender y de su violencia. Su pasatiempo preferido era pelearse con quien fuera. A su mama, doña Doris, la única solución que se le ocurría para domesticarlo era "meterlo al ejército", delirio irrealizado primero por la compasión materna y después porque, un día a mediados del año pasado, un amigo lo convenció de irse a "los Estados". De mojado, que otra.

Como dice doña Doris, "él sí que era bueno en inglés, ¡lo dominaba así, tatatatá!". Con dinero ahorrado -cerca de mil dólares-, Jorge pagó a un coyote, quien lo guió hasta Miami. El resto de los honorarios del coyote lo pagó el tío de Jorge, otro mojado, quien vive en Florida desde hace casi 30 años. En total, Jorge debió pagar cinco mil dólares al guía. Un precio horrendo, incluso si se tiene en cuenta que en la actualidad gana 2.500 dólares al mes, se está construyendo una vida en Miami y se ha alejado del que parecía su destino inevitable en Guatemala: la calle, la criminalidad como forma de vida.

"Yo iba al gimnasio en Guatemala, hacía pesas, y corría. Eso me ayudó para pasar la frontera. También sabía que debía tomar mucha agua en el camino, sobre todo en el desierto, si quería llegar. Pero muchos otros, sobre todo las mujeres mayores, no sabían nada, ni tenían aguante, y se murieron antes de llegar a la frontera [de México con los EEUU]. Yo no se porqué ellas se meten a esas cosas. Las dejamos en el desierto, porqué no quedaba otra, no se podían levantar por la deshidratación, y nosotros no podíamos cargarlas. Allí seguramente se las comieron los coyotes de a de veras," comenta, sin conmiseración.

Aunque doña Doris echa de menos a su hijo, no se queja. Al contrario: "Ahora gana buen pisto, tiene carro, y ha aprendido a obedecer y respetar a sus jefes, y a ser puntual. Si no, sabe que se lo lleva el río." Si bien Jorge no manda dinero a su familia -las famosas remesas, esos miles de millones de quetzales que los "mojados" envían cada año a casa, que representan ya el 10 porciento del PIB nacional, y sin los cuales Guatemala habría implosionado por las tensiones sociales derivadas del desempleo y la injusticia-, su mamá está féliz del nuevo destino del muchacho, y del suyo propio por no tener que ir a buscarlo un día a la carcel, o, peor aún, a la morgue.

Ahora quiere sacarse los papeles en Miami. Una tarea aún más difícil en estos días, cuando el gobierno de Bush ha decidido volver a apretar las tuercas de la inmigración. Jorge pretende tener un hijo con una gringa, pasaporte seguro a la regularización. Como dice, " es la vía más rápida."

En su casa de Guatemala, la cuestión se plantea de forma menos cínica. "Allá, él está buscando novia," dice su mamá, inocente. "Pero las patojas gringas saben cómo es el negocio y no se dejan," añade, más seria. Y como es un negocio, también quieren ganar algo de dinero con la regularización de los mojados.

En el aeropuerto La Aurora

"¿Qué le damos, reina?" "¿Qué va a llevar mamita?" "Hay melón, hay piña, sandía, manía, chicle, elote asado." Son algunas de las frases pronunciadas diariamente por Catarina Itzep Oxlaj desde su puesto de venta de fruta en el aeropuerto La Aurora. Allí, doña Cata sueña con el american dream entre bolsas de mango, cartas, llamadas e historias de sus hijos en Estados Unidos.

Tras tres décadas de vivir en la capital, la vida de Catarina sigue marcada por la pobreza y marginalidad étnica. Doña Cata, 52 años, indígena kiche, vino a la capital junto a su esposo y hermano a los 22 años. Treinta más tarde, ya viuda, es madre de siete hijos, todos emigrados a los Estados Unidos.

Su día comienza a las 5 de la mañana y termina entre las 10 de la noche y la una de la madrugada. Es un trabajo extremadamente duro, pero apenas gana lo suficiente para vivir. Esa pobreza, y la visión del bienestar de quienes regresan al país, alimentan en ella la ilusión de irse al norte. "Pero no puedo porque mis hijos no mandan dinero y a mi no me alcanza para pagar a un coyote."

Y sin embargo, "Tengo la ilusión de irme pronto a Nueva York, de hacer unos mis centavitos, aquí muy poco se gana para lo que se trabaja, y de morirme allá, junto a mis hijos".

Sentarse un rato junto a doña Cata, darle la vuelta a los elotes mientras se asan o echarle pepita a la piña, ayuda a explorar una forma de ser guatemalteco y a compartir los sueños de una vida en los Estados Unidos para "superarse". Es también una aproximación a los ritos de los chapines ya establecidos allá: Las cajas de pollo campero, por ejemplo, llevadas por los inmigrantes como si fuesen sagradas, o las "encomiendas" en los vuelos a Los Ángeles, Houston, La Florida, Chicago, Charlotte. Muchos, antes de tomar el avión, pasan por el puesto de doña Cata y se llevan no sólo un sabor sino su "qué le doy reina" y su ilusión, ya experimentada por ellos, del american dream.

En La Aurora, la emigración muestra algunos de sus rostros. Y lleva a preguntar: ¿Qué debería ofrecer Guatemala para que la gente se quede en su país? ¿Bastaría con instituciones fiables y legítimas, servicios públicos eficientes, buena educación, un mercado laboral capaz de absorberlos, un ingreso estable, un país que les haga sentirse orgullosos de su forma de sentir y de estar en el mundo? ¿Qué representan los mojados, además de las remesas? ¿Cuántas comunidades fragmentadas, cuánta fuga de energía y de cerebros se esconden detrás de sus rostros? ¿Cuántos corazones laten al ritmo de una vida que no les pertenece, forzados a seguir el sueño de EEUU para huír de la pesadilla chapina?

Según el reporte sobre Remesas de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los emigrantes guatemaltecos (1.177.000) transfirieron al país el año pasado 3.425 millones de dólares, triplicando así el valor de sus envíos del año 2001, de poco más de mil millones de dólares. La OIM afirma que sus remesas beneficiaron a 3.753.000 millones de guatemaltecos, sobre todo en regiones particularmente pobres del noroccidente. Las remesas, que representaron el 9,7% del PIB en el 2006, constituyen la primera fuente de divisas de Guatemala y tienen efectos positivos no sólo en aspectos como la mejora de viviendas y el aumento del consumo interno, sino en la escolarización: la OIM estableció que la tasa de finalización de enseñanza primaria de los niños de 12 años de edad de familias que reciben remesas es del 71,8%, mientras que el promedio nacional es del 65,1%.

Fuente: www.lainsignia.org


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