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Entre la pasión y el asombro
Por Marcela Gereda - Guatemala, 19 de noviembre de 2007

Cuando el Gobierno de Juan José Arévalo le concedió una beca para estudiar arte en Nueva York, el maestro Roberto González Goyri conoció y recreó su tierra y su pueblo en sus colores y en sus formas; en sus olores y en sus tradiciones.

A través de su pintura y escultura, recogió parte de la cosmovisión del pueblo indígena. Registró, desde el arte, el espíritu humilde del pueblo en esa realidad innombrable: las maneras en las que sentimos y vemos el mundo.

El pintor dominicano Fernando Ureña Rib dice sobre la obra de González Goyri al recoger el indescriptible paisaje y mundo maya: “Ni siquiera se le requiere recorrer, asomado a una barca, o a un cayuco, los lagos inmensamente azules, ni que desentierre en el Tikal, o en medio de la selva oscura y olvidada, los templos, las estelas, las inscripciones codificadas, ni las ruinas que atesoran un pasado tan afanoso y arduo, tan rico y fastuoso como sublime y trágico. No, no hace falta. El Imperio Maya se reconstruye sutilmente, casi sin quererlo, en estas pinturas. Todo está ahí, artesonado, como en un friso antiguo de la memoria universal. El maestro lo descubre con el mismo asombro con que nosotros contemplamos sus obras. Ahí está. La arquitectura del color y esa otra, entretejida como la urdimbre de los mantos indígenas, que se advierte sólo después de una mirada reflexiva y que va siguiendo la mano sabia del maestro mientras él anuda hilos de color sobre puntos invisibles e intangibles”.

Lo conocí una tarde de 1999. Él pintaba tranquilamente en su taller, y su esposa, Carmencita, con quien compartía entonces el grupo de literatura Ylare, me enseñó con admiración su obra y su fascinante taller.

Se llamaba Roberto y todos lo llamábamos Maestro. Nació a principios del siglo pasado y dotó de sentido su vida a través de explorar y jugar con la creatividad, la imaginación y el compromiso de comprender la simpleza y la complejidad de la condición humana desde la pintura y la escultura.

Recuerdo que en su taller se respiraba la vida y pasión de un hombre noble y humilde. De una sensibilidad y genialidad excepcional, que supo practicar con todo y hacia todo esa su particular profundidad en la búsqueda y significación de nuestra eterna interrogante: ¿quién es el ser humano?

Guardo la imagen de sus manos creadoras y trabajadoras del mundo que habitamos. Me quedé para siempre con la sonrisa franca del caballeroso artista del dibujo y de la escultura, de su elegancia para decir y para hacer.

Lúcido y creativo. Carente de egoísmo y siempre aprendiz del ser humano. Infinitamente generoso con su conocimiento y con la invención de sus mundos coloridos en la pintura.

Con solo 18 años, El Maestro participó en la elaboración de los vitrales del Palacio Nacional.

Posteriormente, realizó obras importantes como el mural pictórico del Museo de Arqueología y Etnología, los murales del IGSS, el monumento a Tecún Umán, en el bulevar Liberación. Su última exposición fue una colección de pinturas inspiradas en cuentos de Humberto Ak’abal.

No vine aquí a hacer inventario de sus muchas obras y premios. Vengo a dar testimonio de la grandeza humana de un artista excepcional, que vivió con la responsabilidad de ser padre de diez hijos y la alegría e inocencia de un niño.

Trabajó hasta el último día de su vida. Antes de morir expresó: “No he perdido la capacidad de imaginación y de asombro que son fuente de la creatividad”. ¿No es acaso este un inmenso ejemplo de vida, para nosotros los jóvenes en búsqueda de lo que somos y hacemos?

Poco a poco, los barriletes van desapareciendo del cielo. Mucho a mucho, a la temperatura le da por bajar. Día gris. Detengo mis dedos sobre estas 40 teclas y advierto un cielo blanco y triste. Las nubes viajan rapidísimo y el viento todo lo mueve, recordando al mundo la sensibilidad y genialidad del artista.

Hasta luego, Maestro, gracias por desbordar esta tu tierra con tu ingenio. Por dejarnos para siempre un ejemplo de vida: de la infinita capacidad del ser humano entre la pasión y el asombro.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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