Manuel José interoceánico
Por Marcela Gereda - Guatemala, 24 de noviembre de 2008
La semana pasada Editorial Piedra Santa publicó Los episodios del vagón de carga, de Manuel José Arce y se me pidió una reflexión de cómo este escritor entró en mi vida: no tocó la puerta ni pidió permiso. Sin precedente alguno lo hallé ya instalado entre las paredes y corredores de la casa de mi infancia. Ahí colgado como observando el mundo, como queriendo dar un mensaje impostergable. Desde la pared, como una especie de “Padre Nuestro” o cuadro de la “última cena”, me hablaba, con su “Plegaria Contra el Silencio”, Manuel José con insistencia se coló entonces para siempre entre los pasillos y las habitaciones de mi vida.
Por aquellos años mamá era profesora de literatura. Gastaba su tiempo entre unos recortes y apuntes sobre un tal Manuel José Arce. No fue sólo el enamoramiento: cada palabra de Manuel José nos daba pistas, nos hacía vibrar y compartir un mundo que entonces se construía entre nosotras, y con el mundo, nos llevaba por caminos intransitados, daba voz a quienes no lo tenían.
Entré primero por la puerta del Diario de un Escribiente. Fue con “aquellas manotas amadas” que me conquistó. ¿Cómo no habría de hacerlo? Si entre sus páginas se forjaba una vida que yo apenas sospechaba. Me alcanzó con su Canción a la hamaca: “Mañana al salir el Sol con el gallo mañanero seguiremos siendo dos pero en un solo cuerpo”. Me invadió con su manera de sentir su tierra y su gente, su juego, su ingenuidad. Su mirada desde y con “los otros”.
Luego conocí las tres columnas que Manuel le dedicó a papá por su trabajo en área rural con promotores de salud para juntar saberes tradicionales y conocimiento científico. Dice: “Qué gran paso se daría cuando la Facultad de Medicina decida enseñar por ejemplo la administración de antibióticos a los curanderos porque en ellos el pueblo cree y confía… creo que la gente joven sigue dándonos lecciones todos los días. El trabajo del doctor Gereda y sus compañeros es toda una lección para muchísima gente, una valiosa contribución al futuro de Guatemala, una firma demostración de sensibilidad y consciencia social”.
Desde entonces Manuel José me acompaña, pero en el viaje más hermoso que me habita es en el de las cartas interoceánicas que envío y que me envían. Es nuestro cómplice y amigo. Lo necesitamos como el cartero de Neruda decía “la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”.
Manuel José interoceánico son cartas de las palabras de Manuel y que comparto con mi compañero. Son un suave regreso a lo importante de la vida: el amor, la poesía, es decir la vida. Son las cartas que son mis caricias cotidianas. Regalitos de ternura. A Manuel José lo necesitamos como se le necesita a un amigo, como se le necesita a un poeta.
Estas epístolas son mensajes incontenibles que viajan entre universos insospechados, en ellas recorre el mundo Manuel José interoceánico, acompañándonos, latiendo y haciéndonos latir más alto, más hondo. Palabras que juegan y retozan. Saltan, desfilan para ordenarse y desordenarse. Coquetean diciendo: “Dulce de ti te quiero tontamente”. Son palabras con vida propia: “Si no es entre tus manos, si no es en tu regazo, si no es sobre tu almohada, al lado de la tuya ¿dónde poner, entonces, la cabeza?”.
Desde su forma tierna y a la vez rebelde, Manuel hace uso de lo trivial para fotografiar al ser humano, simple, lleno de contradicciones y conflictos, de preocupaciones comunes, habla desde el dolor, el amor, desde la nostalgia del suelo prohibido para acabar siempre en la esperanza del amor.
Felicitaciones a Piedra Santa y a Sophos por presentar las obras de quien no toca la puerta ni pide permiso, del escritor y amigo, el comprometido con denunciar las injusticias sociales. El hombre que es muchos hombres, el contemporáneo, el intelectual que imagina, crea, sueña y transforma con su palabra. No fui yo quien recorrió en los vagones, sino que, los vagones nos recorrieron a nosotros. Sin aviso previo: se coló en nuestro equipaje. Se subió en nuestros pasos. Se instaló en nuestras cartas y vidas interoceánicas. Nos enseñó entre otras cosas a mirar.
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