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El niño sicario
Por Marcela Gereda - Guatemala, 5 de marzo de 2013

¿Qué significa y representa para el imaginario colectivo que en las vacías y vacuas redes sociales circule un video donde un niño dispara contra un taxista?, ¿qué nos dice sobre nosotros mismos que Jonathan Israel Jiménez Gómez, de 22 años, haya sido asesinado por un niño 12 años menor que él?

Más allá de las explicaciones del “rito de iniciación” para ser admitido en la mara y del reclutamiento de niños menores a los que no se puede imputar penalmente, hay aquí una radiografía de lo que somos como sociedad: una geografía oscura donde muchos niños viven para la muerte.

Esta escena sería imposible sin la articulación entre la violencia de la que hoy forman parte miles de jóvenes guatemaltecos en un contexto de economía monopolista capitalista-neoliberal, globalización, deportaciones, resabios del conflicto armado, violencia estructural, nulo acceso a la educación y una desigualdad que crece desmedidamente.

La escena del niño de diez años matando a un taxista se repite por aquí y por allá. Este fenómeno urbano subalterno y marginal es en definitiva el espejo de un subproducto de las abismales desigualdades de Guatemala.

La Fiscalía de Delitos Contra la Vida tiene un proceso penal abierto contra un joven de 22 años que el pasado 3 de febrero asesinó junto con dos niños sicarios a una mujer y a sus dos hijas de 3 y 7 años en un barrio del norte de la capital. Dentro de un sistema sarnoso, los criminales utilizan a los menores para asesinar: El niño de 11 años le colocó la pistola en el cuello a la niña de 3, y le disparó. El adolescente de 17 mató a la mujer y a la otra niña”. Mientras, el adulto de 22 observaba.

El pasado fin de semana dos “niñas sicarias” de 13 y 15 años fueron capturadas tras asesinar de varios disparos a un hombre en un barrio popular del noroeste de la capital.

Reclutados por bandas criminales. Extorsiones y balas. Crack y tolvas. Asesinatos y sangre se convierten en cotidianidad y normativa. “La muerte es segura, la vida no” decía El Spooky de la clica de los “Coronados Locos”, de la Mara Salvatrucha, así se forjó toda una nueva forma de ser y estar en esta tierra de nadie.

Lejos de un Estado de Derecho. Lejos de la República democrática con igualdad de derechos y oportunidades en la que ingenuos o hipócritas juran que estamos. Aquí nacen y nacieron amplios conglomerados de niños sin futuro posible. Caldo de cultivo puro y duro para las maras y el sicariato.

El sociólogo Carlos Figueroa Ibarra, señala cómo con el conflicto armado las desapariciones familiares, el miedo y el sufrimiento de los familiares han sido transmitidos de una generación a otra. Argumenta que hay una “cultura del terror”, es decir que la guerra dejó en la mente de exmilitares, de exguerrilleros y la sociedad en general una moral, una ética y otra forma de entender y estar en el mundo.

Con esta resaca que dejó el conflicto armado interno en Guatemala, se entra en otro tipo de cotidianidad para cierta juventud y para futuras generaciones, en la que las fracturas sociales obligan a otro tipo de socializaciones o de formación de referentes.

La ruptura del tejido social se convierte a una tendencia a la transgresión de las normas y en un ambiente de “sálvese quien pueda” donde triunfa la ilegalidad, la impunidad, la calle y la ley del más fuerte. Es ahí donde aparece el rito de iniciación para entrar a la clica, porque ahí sí hay protección y cohesión. En Guatemala las agrupaciones más cohesionadas son las iglesias evangélicas, y las maras.

Para generar niños sicarios se requiere de un entorno suficientemente podrido de impunidad, de facilidad de acceso a las armas y de una atmósfera amargamente violenta.

Una tarde conversaba con El Chief, un exsalvatrucha quien me dijo: “la onda es bien simple, si no hay nada mejor qué hacer, la vida culera lo empuja a uno al negocio de la muerte”. A sus once años, El Chief mató a un comerciante, fue detenido y lo ingresaron al Centro Preventivo para Menores “Las Gaviotas”. Ahí se quedó un año y aprendió con otros menores el verdadero oficio de sicario y siguió su vida en el crimen hasta los veinte años. El Chief logró escapar al negocio y al futuro de la muerte yéndose a otro país. Sus primos, sobrinos y miles de niños como él aún siguen atrapados en esta inacabable telaraña o hidra de mil cabezas que niega a los niños el derecho a ser niños libres y a vivir.

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