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R-e-s-e-n-t-i-m-i-e-n-t-o
Por Marcela Gereda - Guatemala, 15 de abril de 2013

Umberto Eco señala que la antigua afirmación filosófica según la cual el hombre es capaz de pensar el infinito, mientras que la mujer da sentido al infinito, puede leerse y manifestarse de muchas formas. Acaso la percepción del mundo femenina está siempre enriquecida por su capacidad de empatía, o por eso que algunos llaman su “sexto sentido”.

Sin embargo, he escuchado a hombres misóginos que descalifican a ciertas mujeres intelectuales tildándolas de “feministas resentidas”. También cuánto no se escucha al pensamiento conservador, descalificar argumentos históricos para debatir sobre la desigualdad del país, rechazándolos por ser de “izquierdistas resentidos”. Con la misma carencia de vocabulario y de ideas, es un lugar común escuchar cómo las clases medias y altas se refieren a menudo a los campesinos que exigen tierras o justicia, como “indios resentidos”. También he escuchado el argumento de que “la inversión y el crecimiento económico del país demuestran que vamos mejorando, aquí solo se quejan los resentidos”.

Tras haber escrito sobre la necesidad que el “juicio del siglo” sea utilizado como pretexto para debatir y conocer nuestra historia, un lector me escribe: “lo que pasa es que ustedes comunistas resentidos solo les gusta vivir en el pasado”.

Es esta la clásica y básica descalificación que hace la derecha al carecer de argumentos para rebatir. Las sociedades modernas y democráticas se caracterizan entre otras cosas por su capacidad de discutir y disentir. En las sociedades dogmáticas donde se repite que “la realidad es una e indiscutible”, para evadir el debate de ideas, muchos no tienen otro recurso que el de la “lógica del resentimiento”. Y detrás de este descalificativo de llamarnos “resentidos”, hay un intento de silenciamiento de las ideas. El argumento del resentimiento no tiene análisis ni capacidad explicativa alguna, negando que la realidad es múltiple, inabarcable e infinita.

Son estos los recursos ideológicos que un grupo utiliza para reproducir su dogmatismo, trasladando así su forma de ver y de estar en el mundo. Y para ello, echa mano de los medios a su alcance, llámese alguna universidad o uno que otro programa de radio o televisión.

La incapacidad de debatir y el intento del silenciamiento del pensamiento y de las ideas no cabe en una democracia. Cabe solamente en el oscurantismo nefasto, pero al fin tan presente, que vivimos.

La calidad de la política y de la sanidad de una sociedad está dada entre otras cosas por la capacidad de dialogar y debatir ideas. Dialogar es lo contrario de combatir. Dialogar exige renunciar a los fundamentalismos que llevan a no pensar. Supone salir de dogmatismos y de creerse dueños o poseedores de “La verdad”.

Cuando hace algunos años escribí, un colegio privado de las elites, uno de los padres de familia me escribió: “lo que pasa es que usted está resentida por no tener una ‘suburban’”, y me dio algo de risa. Desde esta lógica y perspectiva el “resentido” es aquel que no accede a los mismos recursos que “ellos” (los que nos tildan de “resentidos” si poseen).

Más allá del resentimiento, francamente, lo que queda es una profunda indignación de que la sociedad guatemalteca evada el debate y huya su propia historia. Indignada del desconocimiento de la situación del país, y del olvido y marginalidad en el que viven muchos artistas e intelectuales que podrían aportar al país. Indignada de que no se haga justicia.

Indignada por una economía de monopolios en la que no existe la libre competencia y por un gobierno militar que protege los intereses de la elite y no los de las mayorías. Resentida por la profunda desigualdad y el mínimo crecimiento de las capas medias.

Indignada de que muchos puedan pensar que hemos alcanzado “la sociedad deseada”. Indignada de que no haya una crisis política o una respuesta de la sociedad civil ante las pruebas que este diario nos ofreció sobre este gobierno militar.

Indignada de esta nuestra incapacidad de debatir lo que somos y por la incapacidad social de salir de la unicidad del pensamiento y aprender del arte de debatir y disentir. Indignada por la mínima libre circulación de las ideas y por no hacernos las preguntas necesarias de qué somos, qué podemos ser y hacia dónde queremos caminar para dejarnos de mirar unos a otros como resentidos.

Fuente: www.elpriodico.com.gt


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