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Las madres y los hijos
Por Mariano González. - Guatemala, 12 de junio de 2008

A Anne y a Ernesto

En estos días recuerdo, por una cuestión personal, lo que me parecen algunas intuiciones penetrantes en torno a las madres y los hijos y las hijas, así como las posibilidades de mundo que estas relaciones permiten y sobre las cuales es producible este mundo.

La primera es muy sencilla. En alguna ocasión le escuché decir a Carlos Rafael Cabarrús que las mujeres están más cercanas a la vida que los hombres . Y encuentro la segunda en una cita de Santiago Alba:

Las mujeres son iguales a los hombres; las madres no; y si las mujeres dejan de tener hijos, si se dejan arrebatar esta diferencia en nombre de la libertad de tener un patrón y de ir al cine (y de encerrar su vida en un solo cuerpo, valorizado y programado por los designios del mercado), renunciarán a la superioridad insuperable, irrebasable, sobre la que pivota la frágil estabilidad de nuestro mundo.

Esta última intuición ha de ser contextualizada. Aparece en un breve escrito titulado Iraq: un cuento para niños , donde el autor muestra/ recuerda el dolor concreto, en cuerpos concretos, que producía en aquellos días, anteriores a la invasión, el embargo estadounidense que dejaba sin posibilidades de atención a los niños iraquíes, así como permitía mostrar la determinación vital que a través de las madres se producía en ese lejano contexto social y cultural.

Comprendo que una lógica de dominación libidinal (el término lo tomo de Helio Gallardo) tiende a reproducirse en las relaciones hombres-mujeres y dentro de hombres y mujeres. Y que una forma de legitimar esa dominación ha sido, precisamente, la creación de ciertos mitos que esencializan ciertas características históricas de esas relaciones de dominación que se producen entre hombres y mujeres y que reflejan asimetrías de poder que contribuyen a la miseria general de este mundo.

Sé que ambas afirmaciones pueden ser duramente criticadas desde el feminismo. Pero intento aclarar: con ambas afirmaciones no se pretende esencializar y continuar con los estereotipos que se han realizado desde la mirada masculina, respecto al ser madre como destino único y/o privilegiado de la mujer [1]. Por lo menos es posible intentar leerlas desde otra perspectiva.

Esta otra posibilidad de lectura se refiere (a sabiendas que las afirmaciones presentadas pueden parecer muy discutibles), que existen algunas características empíricas que tienen en conjunto la mirada de las mujeres (y también las miradas indígenas y ecologistas) de cierto cuidado de la vida que muchos hombres y, en general, la cultura occidental, han perdido. Por ello, una ética de responsabilidad hacia la vida y una ética del bien común tienen como garantías empíricas a las mujeres, a los pueblos indígenas y a todos aquellos que respetan la naturaleza como parte del circuito de reproducción de la vida humana (trascendiendo la visión del mundo como objeto consumible, típica del capitalismo).

Hago todo este rodeo para re-descubrir esa imagen de dignidad y compasión que presentan las madres al cuidar a sus hijos o hijas cuando están enfermos y tienen que acompañarles en un hospital. Es en la imagen de una madre que cuida a su hijo/ hija donde encuentro ciertas posibilidades de reconciliación con el dolor inexplicable (recordar a Dostoievski) e inentendible de los niños y las niñas.

Allí encuentro una respuesta que, de ser generalizable a hombres y mujeres, podría hacer un mundo distinto y más humano. Así pues, al recordar las intuiciones referidas, quisiera mostrar mi respeto y mi solidaridad frente a esa relación madre-hijos/hijas que permite la continuidad de la vida, especialmente cuando ésta se encuentra amenazada.


[1] La sensibilidad que ha ido creando el feminismo determina cierta incomodidad con las afirmaciones que se presentan, especialmente con la de Santiago Alba al referirse a “encerrar su vida en un solo cuerpo”. Pero ante esta incomodidad también señalo que ambas afirmaciones se plantean reivindicando características asociadas a las mujeres, frente a las cuales se reconoce una superioridad insuperable . Esto es un valor al que habríamos de aspirar hombres y mujeres para reproducir la vida y construir un mundo distinto.

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