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La “hora chapina” revisitada
Por Mariano González - Guatemala, 25 de febrero de 2013
magopsi@yahoo.com.mx

Uno, occidentalizado desde chiquito, observa con cierto horror el tema de la hora chapina, es decir, de la imposibilidad de empezar una reunión puntualmente. Aunque también hay cierto sentido pragmático que hace saber que si se dice a las “ocho”, en realidad se quiere decir a las “ocho y media”.

En efecto, una conferencia u otra actividad puede empezar fácilmente con media hora de retraso sin que esto signifique el fin del mundo (habría que ver qué pasa en otros países si se es tan impuntual). Marcelo Colussi escribía en alguna ocasión que la infame hora chapina es parte de la cultura de la impunidad y que, cito textualmente, “La “hora chapina” es la demostración palmaria de una cultura basada en el ninguneo/desprecio del otro”.

Uno puede decir que sí, que es esto, ¿pero no será que también es otra cosa?

A ver, la cuestión es un poco más complicada de lo que se enuncia arriba. Las y los obreros de las maquilas no se pueden dar el lujo de asistir a su trabajo de acuerdo a “la hora chapina”. De hecho esto también sucede en el caso de los trabajadores de empresas privadas o del propio Estado. Fácil: “practicar” la hora chapina en ese contexto significa ser despedido.

Además, los controles se perfeccionan cada vez más. Ahora está al uso los controles biométricos para registrar horas de entrada y salida, así como una racionalización “al segundo” del trabajo (esta racionalización, por supuesto, no es novedosa, pero las maquilas son ejemplos extremos). La fuerza de trabajo está bastante disciplinada.

Esto tiene una explicación clara. Al existir un “ejército industrial de reserva” tan amplio, la sustitución de la mano de obra es sencilla. Que el “mercado de trabajo” sea en realidad pequeño, hace que la cola de desempleados o subempleados que pueden sustituir al trabajador que no se adapta a la disciplina de trabajo (incluyendo horario), sea bastante grande y entonces se aplique sin inconvenientes la “flexibilización” del trabajo y otros atropellos.

No obstante, permanece el problema de que hay algunos ámbitos (reuniones, conferencias) en los que es común encontrar esto de la hora chapina.

Pero viéndolo desde una perspectiva un poco más crítica, ¿el disciplinamiento que produce la socialización en un mercado de trabajo capitalista es necesariamente lo mejor que le puede pasar al ser humano y, por tanto, ser puntual es la realización más grandiosa a la que se puede aspirar? Dicho así, me parece que no.

Es cierto, estamos bajo un modelo de producción capitalista (y eso explica por qué estamos como estamos: bien jodidos) y resulta difícil que podamos sustraernos de requerimientos y disciplinamientos que se han forjado desde la escuela (la entrada y salida puntual, los ritmos de las clases: 45 minutos marcados por el timbre, liberación momentánea en el recreo, nuevas clases cronometradas exactamente). A esto se suman aspectos más actuales como el vértigo del “tiempo real” en las computadoras y las telecomunicaciones.

Es claro que si se ve desde el punto de vista del prójimo, la dichosa hora chapina es una falta de respeto. Pero si se observa desde el disciplinamiento construido por el ritmo de la producción y consumo, la hora chapina es posiblemente un vestigio de resistencia (subrayo el posiblemente).

Una pista probable: todavía en el interior uno puede quedar en una reunión “en la mañana” o “en la tarde”. Solo el “interventor” ingenuo se asombrará de que se citó a las 8:00 y a las 8:00 no llegue nadie, sólo él. En otras palabras, el ritmo de la vida esté normado por el “qué hacer” cotidiano y no por el ritmo del reloj y la producción.

Bien es cierto que entre los usos de una comunidad rural y los usos de los seres urbanos hay mundos de diferencia. Pero dadas algunas condiciones (procesos migratorios acelerados, el “subdesarrollo” causado por nuestra posición periférica en el sistema-mundo), puede que la hora chapina sea resabio de prácticas más rurales (“aprovechadas” en otro contexto) o resistencias contra el disciplinamiento y la tiranía del reloj. Como queda bien citar a una autoridad, cito a E. Thompson:

“Lo que hay que decir no es que una forma de vida es mejor que otra, sino que es parte de un proceso mucho más profundo; que el testimonio histórico no es sencillamente cambio tecnológico neutral e inevitable, sino también explotación y resistencia a la explotación; y que los valores son susceptibles de ser perdidos y encontrados”.

Francamente no sé si esto sea buscarle tres pies al gato, pero en un mundo con cada vez más prisas, detenerse a pensar y llegar tarde, aunque sea un poquito, tal vez sea signo de cordura.

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