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Noche de lágrimas
Por María Olga Paiz - Guatemala, 8 de noviembre de 2004

Eramos más que los ocho gatos de siempre

En una noche de llovizna pertinaz, llegué la semana pasada al Conservatorio Nacional de Música. Iba a la presentación de un libro, así que no esperaba encontrar más que al elenco usual de ocho gatos que suele hacer presencia en esos eventos acartonados. Allí estaban los ocho gatos y, además, una numerosa familia de Ciudad Vieja junto a 180 ex combatientes de ORPA que habían llegado en buses del Altiplano, invitados por el autor, el Comandante Santiago.

La expectativa despertada por la publicación previa de un capítulo del libro Insurgentesen la prensa llevó a otros tantos curiosos a desafiar el tráfico y la lluvia. Se llenaron las 500 butacas de la sala principal y hubo que abrir el palco para acomodar al resto de asistentes.

Decía luego un francés recién llegado al país que ese acto le había reconciliado con esta ciudad dura, inhóspita y tan desprovista de espacios públicos de convivencia. En verdad, es inusual en Guatemala encontrar reunidas cabezas de tocoyal, de salón, de poco pelo, de canas, de sombrero, de alternativas melenas, tan variopintas como las de los murales de Recinos que adornan la sala de conciertos.

En un país en que la norma es el atrincheramiento ideológico, no puede menos que sorprender que alguien que ha entregado a una causa tres hermanos y un cuarto de siglo tenga la honestidad para revisar su pasado y admitir errores y excesos. La catarsis pública del Comandante Santiagosirvió a otros que habían pasado de la clandestinidad al olvido para emprender la propia; hubo lágrimas esa noche. Nos ha permitido también a muchos que vivimos ajenos a esa guerra acercarnos a la historia, sin que medien interpretaciones panfletarias, y comprender mejor este país que mora detrás de altas tapias literales y mentales y que pocas veces se aventura por la senda autocrítica.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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