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Viajeros irredentos
Por María Olga Paiz - Guatemala, 5 de septiembre de 2005

Viajamos por la curiosidad.

¿Qué es lo que nos gusta de los viajes? ¿A qué se debe que el hombre haya estado siempre dispuesto y hasta ávido de aventurarse a lomo de mula, de camello o de cualquier transporte disponible para visitar lejanos países? ¿Por qué aún hoy que la televisión y el cine han traído a nuestros hogares vistas de los más remotos lugares del mundo seguimos dispuestos a someternos a vejaciones y manoseos en los aeropuertos, a abordar un avión y permanecer ahí sentados durante 16 horas, con las piernas entumecidas y el cerebro nublado por el cambio de ritmos?

La mayoría de las cosas que aprendemos en los viajes podemos aprenderlas en casa: de modo que no viajamos para adquirir conocimientos. Tampoco viajamos para evadir porque sabemos, como decía Horacio que pos equitem sedet diva cura (donde quiera que vayamos allá van nuestras cuitas). ¿Y si no nos impulsa el ansia de saber ni el impulso de escapar a nuestras miserias, qué nos mueve a dejar la comodidad de nuestras camas, la melodía del idioma?

Viajamos, creo yo, porque sentimos curiosidad, ese deseo innato de encontrar experiencias novedosas desde donde observar, cual mirador, nuestro entorno familiar y cuestionar nuestras creencias. Fue esa curiosidad la que, según los teólogos, provocó la expulsión del paraíso. Y, al parecer, no nos hemos curado del terrible mal de la comezón del alma.

Ese deseo de viajar presupone una cierta visión del mundo que precia la experiencia por encima del dogma. No sé a ustedes, pero a mí me llena de esperanza ver las largas colas en los aeropuertos, la sumisión con que todos se descalzan para franquear el umbral detector de metales: me alegra ver que nada -ni aun la amenaza de estallar en el aire- es capaz de disuadir a los viajeros de emprender un nuevo viaje.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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