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Alud de carencias
Por María Olga Paiz - Guatemala, 10 de octubre de 2005

Las miserias son tantas que abruman.

Ante la tragedia, las penurias que precipita y también desnuda ante nuestros ojos, no puede uno menos que sentirse abatido. Quisiera uno sacudir esa sensación de estar expuesto en la más impúdica insuficiencia, comprar frazadas, agua embotellada y todas las sopitas chinas que quepan en nuestro presupuesto. Pero sabe uno que es un esfuerzo nimio y un tanto desesperado ante semejante embate de carencias.

Las miserias de este país son tantas y tan palpitantes que abruman. Los llamados de auxilio son incesantes: beque a un niño, apadrine a una niña, ayude a vivir a los niños con cáncer, combata el cáncer de seno, compre un regalo para los huérfanos, regale ropa para el bazar, done libros para las escuelas, asista al concierto en beneficio de los discapacitados, acuérdese de los ancianos, no se olvide de los ciegos, compre frutas del corazón, patrocine la Teletón, colabore a erradicar el hambre, auxilie a los bomberos, coma BicMacs para dar albergue a necesitados o la esperanza de oír a los niños sordos, compre números de alguna de las rifas que sostienen a las entidades benéficas que sobreviven gracias a su buena voluntad. La demanda de donativos es tal que las entidades benéficas han debido inventar nuevas formas de extender la mano para seducir a nuestro buen corazón.

Debajo de una callosa indiferencia, late en todos nosotros la solidaridad. El problema es que ayudamos de una forma tan veleidosa e intermitente que nuestra contribución acaba por diluirse sin hacer mella al alud de carencias. La única forma de responder al SOS de este país lastimero es pagar impuestos: darle a nuestro Estado los recursos para responder de forma articulada y coherente ante una emergencia como esta, pero también ante la acuciante pobreza que se vive día a día. De otra forma, me parece, no aliviamos nada más que nuestra conciencia.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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