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El asesino de mi padre
Por María Olga Paiz - Guatemala, 5 de enero de 2007

La humillación de la falta de justicia.

Hace pocos días Jorge Köng Vielman, el asesino de mi padre, escribió en Cartas del Lector una nota para defender a seis ex funcionarios acusados de genocidio en tribunales españoles. Sentí al leerlo que el perro de la rabia me saltaba al cuello y la indignación me soltó la lengua. ¿Qué puedo decirles? Odio a ese hombre. Mató a mi papá. Le disparó al estómago, al tórax y, cuando ya caía de bruces, doblado por el dolor, lo remató con un tiro que le reventó la arteria subclavia llena de sangre, de vida. En un arrebato feroz que nunca entenderé, mató también a un tío mío e hirió a otro de gravedad.

Me duele todavía. Sí, aún después de treinta años. Porque al horror del crimen siguió la humillación de la injusticia.

¿De quién era ese poder con que un hombre pudo aplastar a otro? ¿De un pistolero, del gobierno, de los militares, de los jueces, de los ciudadanos? Era, les digo, el poder abdicado de cada uno que ve pasar la injusticia a la par y prefiere ver hacia otro lado, renunciando a la integridad por un poco de ¿qué ilusión? ¿Acaso poder, acaso seguridad, acaso paz, acaso inocencia? Y entonces siento que el odio se extiende, como una mancha de sangre oscura, hacia los otros hombres: los jueces y magistrados que agacharon complacientes la cabeza ante el poder de turno, los falsos testigos que vendieron sus palabras al mejor postor, los mirones que tuvieron miedo y dejaron que el asesino caminara libre y a mí que he querido vivir de espaldas a esa muerte violenta para no sentir que me corroe la vida la impotencia y el deseo de venganza contra el asesino y sus cómplices.

¿Y ahora qué? ¿Qué hago con ese odio vuelto desprecio y asco hacia él, hacia ellos, hacia mí que me resigné con rencor a vivir en este país con tanta gente cobarde y mierda, como yo?
Releo el clamor de justicia de mi abuelo en la vista pública del juicio que siguió tras la muerte de su dos hijos y siento vergüenza de haber acallado en mí su voz.

Pudo haber matado a Jorge Köng mi abuelo, pero sabía que la sangre no aliviaría la pena inmensa de la pérdida. Quería, como aún desean muchas víctimas de la violencia, que el sistema en él que vivía le diera la razón, que el asesino, el militar, el juez, el mirón, usted y yo reconociéramos su dolor, su indignación. Quería justicia, como quieren tantos que aquí han perdido un hijo, un padre, un esposo, un hermano; pero este país se la escamoteó a él, a mí y a muchos en aras de espurios intereses.

Para mientras el monstruo de la violencia, que se alimenta de la injusticia y de la vergüenza crece allá y aquí, escondido en el corazón de muchos hombres y mujeres que heredamos una historia de crímenes sin castigo.

¿Cuántos hijos de la violencia, como yo, caminan por ahí jugando el papel de víctimas tangenciales y cargando este odio callado dentro? ¿Cuántos esperan la hora del resarcimiento?

Pero yo, ya no más la niña huérfana de 3 años ¿qué tengo que asumir para acabar con esta espera? ¿La venganza o la voz?
Será la voz.

Parafraseo lo dicho por mi abuelo el 26 de julio de 1977:

“Sé que la muerte de mi padre es irreparable, es definitiva, pero sé también que, como ciudadana tengo derecho a exigir que la justicia sea una: indiscriminada, majestuosa y apegada a la ley.

Que no se diga que hay una justicia para los que todo lo poseen y otra muy diferente para los que nada tienen.

Que no se diga que hay una justicia para los poderosos y otra para los que no lo son. Porque de ser así, se habrán perdido todos los valores morales y sin ellos no vale la pena vivir en sociedad. Quiero agregar que ya no se trata de la memoria de mi padre sino de la de todos los guatemaltecos que han perdido la vida asesinados cobardemente.

Que ya no se trata de la dignidad de una familia sino de la de muchas otras que han sido víctimas de la violencia y es por eso que hoy recupero la voz, única forma de conservar mi dignidad; también la más viable para recuperar la fe en el hombre y en las instituciones del Estado así como para garantizar la vida, seguridad y bienestar de nuestros hijos y de todos los guatemaltecos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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