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Una sombra en el cuerpo
Por María Olga Paiz - Guatemala, 8 de marzo de 2007

Ningún despido o renuncia va a restaurar lo perdido.

Una vaga sensación de desesperanza acompaña mis tareas diarias. Transito demasiado cerca del absurdo y del horror, mientras como, compro y conduzco. La cotidianidad parece muy frágil estos días. Se respira miedo. Demasiada sangre manchando el periódico, la pantalla del televisor, el ambiente.

En las últimas dos semanas vimos culminar un largometraje de crimen y violencia. Ni Scorsese ha logrado recrear una atmósfera tan sórdida.

Me digo a modo de consuelo que quizás se necesitaba algo así de escandaloso para rasgar el velo de inocencia con que intentamos vivir en este país. Aquí no hay inocentes; solo indolentes.

No sé a ustedes, pero a mí los sucesos me quitaron algo más que las escasas onzas de credibilidad en el Estado. Ningún despido o renuncia va a restaurar lo perdido. Cualquier fantasía de futuro precisa de intangibles como la esperanza que hoy parece tan improbable. Aquí la náusea, otra vez.

Gasto mi saliva tratando de convencer a jóvenes vehementes, a empresarios cínicos y señoras con bolso de piel que la limpieza social no es la solución al temor que zumba en nuestros oídos. Ya nuestros antepasados lo han intentado antes, comprometiendo la autoridad moral y empeñando nuestro sistema de justicia. Manos blancas, paneles blancas: y miren donde estamos al cabo de los años. No es ético, no es sano y aun menos eficiente. Pero este país no es gratuitamente brutal; en todos nosotros late una marcada vocación para la violencia.

Abramos los ojos. Aquí todos somos responsables de asesinato. Por acción u omisión arrastramos hasta a los que más derecho tienen a la inocencia y al futuro.

Mi hijo de seis años se despertó esta semana con una pesadilla: una sombra, decía, se le había metido al cuerpo. Cuán terriblemente alegórico.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 050307


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