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El poder, el mal
Por María Olga Paiz - Guatemala, 19 de marzo de 2007

¿Acaso no hay mil ejemplos para mencionar de Portillo?

Cosa feroz, el poder. Atrae a los buscadores de oro con sus brillos dorados. Los aspirantes creen poder usarlo como condecoración en la solapa; y es el poder el que acaba usando su ingenuidad y su bravuconería para limpiarse el trasero.

¿Cuántos antes que el gobernante, el ministro, alcalde o jefe de turno han creído que basta su integridad, su cuna, sus credos, sus credenciales, su disciplina o su juramento para blindarles contra las tentaciones del poder? Nepotismo, malversación, expolio, corruptelas, traición, eso los cometen otros, los débiles, los espúreos, los menos comprometidos —¿verdad? Cada uno que se cree con derecho a evadir, hacer expedito y conseguir inmunidad o exenciones para su fin legítimo. Al final, excesos y abusos es lo que pare la soberbia.

¿No lo vimos en Arzú con los contratos dedicados a parientes y amigos y un comando antisecuestros que produjo víctimas al mismo tiempo que rescató a otras? ¿Acaso no hay mil ejemplos para mencionar de Portillo? Lo mismo ocurre hoy con Berger.

Y antes que darse cuenta, los eufemismos: lealtad, justicia, eficiencia o irregularidad, chanfle, burrada—así se acaba llamando a lo que la conciencia no se atreve a llamar por su nombre.
En arca abierta el justo peca, reza un adagio. Y en este país tenemos todas las arcas abiertas. Un sistema de justicia sobre trozos, cuando la dignidad del Estado pasa inevitablemente por los tribunales. Además, seguimos empecinados en no diseñar controles capaces de prevenir los desmanes en el ejercicio del poder y en ignorar y descalificar los existentes. No queremos legislar, pues creemos con infantil capricho que la sola fuerza de un hombre decidido puede rescatarnos del marasmo.

Hemos pagado con vidas nuestra ingenuidad. ¿Qué más hace falta para convencernos de la necesidad urgente de limitar al hombre en el poder?

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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