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Los “Picapiedras” y los “Jetsons”: La noción de historia del discurso neoliberal
Por Mario Palomo - Guatemala, 7 de junio de 2005
mariopalomo77@gmail.com

Estas relaciones, no son de individuo
a individuo, sino de trabajador a capitalista,
de arrendatario a propietario, etc. Si
elimináis esas relaciones, habréis eliminado
la idea de la sociedad entera: vuestro Prometeo
será ya un simple fantasma sin brazos ni piernas…

Karl Marx, Miseria de la Filosofía

Un recurso utilizado frecuentemente cuando el discurso dominante justifica la inexorabilidad de “su verdad”, es utilizar a la historia como coartada. La historia entonces es reconocida por esa forma de pensamiento, no como el conocimiento procesual del ser humano en el tiempo, de su capacidad para transformarse cuando transforma su entorno y sus circunstancias, sino como el pasado donde las “verdades” han existido y existirán para siempre, impolutas. Siguiendo ese orden de ideas, el presente en el discurso dominante no es más que la “sabia” confirmación del pasado. La historia existe como pasado prudentemente conservado “hasta nuestros días” amén.

La historia entonces, doblegada al papel de apología del orden existente sigue un itinerario lineal y monótono: todo pasado justifica irremediablemente al presente, y todo futuro será prolongación de lo mismo. La noción del tiempo y de la historia desde la cual se justifica el orden existente, también está plagado del mismo sentido egocéntrico del individuo atomizado y deshistorizado que constituye al sujeto central de la trama del neoliberalismo.

Al entramado dominante de valores hegemónicos dispersos en la superestructura, se suman las nuevas formas de persuasión intersubjetiva de un orden de cosas que tiende a resolver todo bajo el canon del “sentido común” de la lógica instrumental. Ni la historia ni quienes la hacen escapan esa suerte: el despliegue mismo de la cultura basada en el fetichismo de la mercancía, ha rebasado incluso, la antigua necesidad de mantener lubricados los aparatos ideológicos del Estado. La implacable lógica del costo y beneficio ha suplantado la necesidad del sistema de tener que explicar y diseminarse a priori en las mentes de quienes estaban llamados a reproducirlo: el sistema se reproduce solo, alquímicamente. La “autoinseminación” del sistema es posible, precisamente porque temeroso del futuro decidió prescindir de él, y en su lugar ha quedado lo “inmutable” y desde luego, el “sentido común” de lo igual.

Pero viendo las cosas a la manera en que el ciudadano silvestre puede discernirlas y sacar sus propias conclusiones, me parece que la pretendida seriedad con que los sectores complacientes con los poderes establecidos tienden querer reducir la realidad a su propia estatura, no es otra cosa que la urgencia de darle un aura de “verdad profunda” al refrito temeroso de usar la historia como coartada inofensiva.

Quizá la mejor explicación de la noción de historia del discurso dominante y del neoliberalismo no se halle en las aulas de las universidades privadas, ni en las rimbombantes maestrías de negocios, tampoco en los talk shows liberacionistas, mucho menos en las pobres paginas de los diarios de mayor circulación con sus editoriales plagados del mas triste servilismo; se hallan más bien en las caricaturas para niños: Los Picapiedras y Los Jetsons.

Los Picapiedras aluden al período prehistórico –aunque en la caricatura tallaran sus escritos sobre piedras- prescindiendo de las formas comunales de organización del trabajo, del papel preponderante de la mujer durante el matriarcado, del surgimiento de la agricultura, etc., que son las características que permiten definir ese tiempo, ese período de la humanidad. Al prescindir de su historia los Picapiedras aparecen como un cómico calco de la familia monogámica moderna, cohesionada en torno a la organización capitalista del trabajo, de la docilidad consumista, del papel relegado de la mujer y de la preponderancia del hombre, etc. Es decir pues, pasa con los Picapiedras lo mismo que con los economistas y teólogos del neoliberalismo que tienden a encontrar al sistema capitalista en todos los períodos históricos: encuentran burgueses en el Egipto faraónico, hombres de empresa en el medievalismo aristocrático, proletarios en la antigua gens, manos invisibles y mercados imperialistas en la Grecia antigua y cierran los ojos cuando alguien les recuerda que su “verdad” última es apenas un producto histórico, transitorio, finito.

El sistema, harto de ser miedoso, intenta desesperado innovar su poder de alquimia, y regresa con dos respuestas sorprendentes: Los Jetsons que aluden al futuro espacial, pero que en esencia son lo mismo que los Picapiedras; -lo único que en realidad los distingue es el diseño futurístico de los aparatos que posee esta familia del mañana- y Francis Fukuyama con su terca e infructuosa intención de enterrar viva a la historia.

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