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Postmodernidad y neoliberalismo: Diágnostico de un empate conservador
Por Mario Palomo - Guatemala, 21 de junio de 2005
mariopalomo77@gmail.com

“la realidad histórica es un constructo que sólo
adquiere vida textualmente, como “metanarrativa”…”
(Será mi sombrero…)
Yo.

El compromiso, que yo más amo es el más esplendido
ejercicio de la libertad. Por eso me asquea la actitud de
Waldo: él pactó con la mierda. Respeto inclusive al que
pacta con el demonio: tomo tu oro, tomo la juventud,
toma mi alma. Es decir, el hombre en esta situación se juega
la inquietante posibilidad de achicharrarse los entresijos del alma
en la otra vida. Pero aún en la peor etapa del negocio, en la hora
de pagar en los infiernos el disfrute terrenal, el condenado tendría
capacidad de ser un rebelde, de decirle en los propios hocicos al diablo
comprador-triunfador: tú eres tan sólo un hijo de puta, yo me río de ti y de
tus fuegos artificiales (aunque quemen tanto, carajo). Porque
el demonio no pide la conciencia. Waldo en cambio metió la cabeza
en la letrina…
(Acerca de un intelectual cooptado)
Roque Dalton
“Pobrecito poeta que era yo”

La supuesta sensibilidad “profunda” evocada por el pensamiento posmoderno está anclada en una hipersofisticación desmesurada de vericuetos superpuestos a textos que los posmodernos no hubieran podido escribir.

Es mucho más común y comprensible –no por ello menos discutible- que el postmodernismo lleve más de diez años en boga al interior de los campus universitarios europeos y norteamericanos: el consumismo literario les permite pensarse a sí mismos muy por encima de toda teoría crítica a contrapelo de la inmutabilidad del orden existente. El snobismo con que ven por encima del hombro cualquier emergencia de pensamiento crítico, lejos de ser argumentado con un mínimo de propiedad, es defendido con las adjetivaciones propias de su sistema de apodos: “es una construcción”, “es una metanarrativa”, etc.

No es casual entonces que las interpretaciones históricas, pasadas por el tamiz “posmo” se reduzcan a coqueteos entre Harry Potter y Karl Marx, el señor de los anillos y la revolución cultural inspirada en el mayo del 68 francés, Reality Bites y la teoría de la dependencia, etcétera. Es decir, una suerte de coca-colización de la discursividad histórica y del pensamiento crítico, aureolado por una pretendida frondosidad académica.

El empate entre éste pensamiento y la hermeticidad intransigente del neoliberalismo reside en el hecho de que es producto de una hibridez infalible entre la cultura “pop”, la indiferencia historicista del capitalismo pos-estado de bienestar y la resaca literario-enciclopedista de la intelectualidad deprimida de occidente. De ahí que la reducción de la realidad “construida” por los neoliberales expresada por la ahistoricidad del “individuo” abstracto, no entre en contradicción con la “realidad” posmoderna identificada en el mundo vegetal del texto: ambas dejan intacta la realidad histórica, la realidad de las relaciones sociales entre los seres humanos que hacen la realidad. En el seno de ambas posturas existe un repelente contra la entrada de cualquier pensamiento histórico que ponga en duda la inmutabilidad del capitalismo: en el neoliberalismo es dictatorial, autoritario, y en el postmodernismo está disfrazado de opacidad condescendiente.

Quizá el único aporte de alguna importancia de los postmodernos resida en su vocación por la hiper-crítica de textos. Sin embargo, la mayor de las veces ésta adquiere la forma de un rodeo sin fin a la medula problemática del texto sin llegar a penetrarla, y rara vez –sino nunca- pasa de la lectura y relectura del rodeo y no del problema. Es decir, en los posmodernos existe una vocación estéril por la circularidad sin fin del ruedo donde torero y toro se enfrentan, sin que ninguno de los expuestos al peligro de los cuernos y del espadín tenga la menor importancia: un bluff parlanchín acerca del aire que los circunda a los enfrentados, de los colores de los atuendos de los espectadores y del olor del perfume de las majas dolorosas que en silencio lloran. Hasta ahí llegan, por que son incapaces de ver en el duelo a muerte más que una mera “construcción”.

Pero ¿qué pasa con los postmodernos tropicalizados, con las redes de intelectualillos “posmo” del fango subdesarrollado? En realidad, ocurre con ellos lo mismo que ocurría con los intelectuales destacados de la era colonial y luego, con los que eran cooptados por las universidades gringo-fanáticas de la era de la guerra fría: su inofensivización es efectiva vía becas, promesas editoriales y huesos de regular diámetro en embajadas del imperio de turno, ministerios de cultura y consulados de los gobiernos de la represión, los más predecibles. Los otros navegan en el oenegismo, y son en gran medida la garantía academizada del marco epistemológico apologeta con el cuál se venden como “proyecto” a la cooperación internacional que de buena gana los recibe. Y por último, -aunque no de menor “camaleonidad”- están los que se convierten abiertamente en el lente que filtra una de las tantas variantes del ahistoricismo conservadurista en el primer circulo académico que los compre como producto “novedoso”.

Ver el fenómeno postmoderno –al menos en nuestro contexto- más allá, es sobreestimar su capacidad de auto publicitarse a través de las cortinas de humo que tienden, cuando tratan a la realidad desgarrante con las pinzas del supuesto “rigor” ofrecido por la aséptica “realidad” del texto.

En ese sentido, en el sentido de su proclividad hacía la reproductibilidad automática del canon aprendido durante la famosa “beca abroad”, -más bien parecida a un curso de lectura rápida- se semejan en mucho a aquello que Sartre describía cuando hablaba de los intelectuales colonizados: “En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida; era necesario que los indígenas la amarán. Como a madres en cierto sentido. La elite (metropolitana) se dedicó a fabricar una elite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. (…) nosotros lanzábamos palabras: “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y en alguna parte, (…) otros labios se abrían: “¡…tenón! ¡…nidad!” Era la edad de Oro. En la actualidad, a destiempo y desde luego, muchísimo más “sofis”.

Aquí ya no se balbucea: aquí se articulan interpretaciones completas y “complejas” de la realidad histórica, no como procesos humanos traspasados por nudos históricos inscritos en las relaciones sociales reales, desgarrantes, sino como “realidades que sólo adquieren vida textualmente, como “metanarrativas”” y que por ende prescinden -¿por conveniencia o por complacencia?- de introducirse en los escabrosos territorios implicados en las explicaciones sobre la forma de la explotación, de las relaciones de poder, de la diseminación del terror como práctica permanente de la oligarquía, y de la subjetividad nacida de todo ello, etc.

Se trata, pues, de una mistificación desde la intelectualidad ahistórica del postmodernismo en el contexto contradictorio del subdesarrollo chapín, que en gran medida reproduce el mismo canon que aquellos intelectuales de la “cooptación”, sólo que remozados, pasados por el barniz de la “beca” y con algunas mejoras en sus cualidades bilingües y bífidas.

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