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El frío pago al contado
Por Mario Palomo - Guatemala, 27 de julio de 2005
mariopalomo77@gmail.com

El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo crece
más rápidamente todavía que la población y la riqueza.
Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de
seguir desempeñando el papel de clase dominante de la
sociedad ni de imponer a ésta, como ley reguladora, las
condiciones de existencia de su clase. No es capaz de
dominar porque no es capaz de asegurar a su esclavo la
existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud,
porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de
tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él.
K. Marx y F. Engels

En una relación comercial entre iguales, ¿existe lugar para la bondad? Es decir, ¿puede existir más bondad en un polo de la relación que en el otro, si se trata como dicen, de una relación entre iguales? En definitiva no. En una relación de este signo, no hay lugar para pensar que uno de los dos padezca cándidamente de una bondad desinteresada, ya que eso resultaría a la postre en una desigualdad sobrecargada en la nuca del “bueno” de la relación.

¿Por qué la insistencia entonces de proyectar la imagen patronal aureolada por la “bondad”, si su función en el intercambio es simplemente pagar el tiempo que el obrero le adelanta en trabajo? Qué exactamente es lo que hace del patrono una figura de bondad “mítica”, si ni siquiera paga el trabajo del obrero, en el momento mismo que éste le entrega su tiempo, su esfuerzo y su disponibilidad.

Es muy difícil partir de la premisa del “libre cambio entre iguales”, -en principio porque se trata de un recurso de la teoría económica burguesa surgida de la dinámica de intercambio- sin caer ambiguamente en la aceptación a-crítica del discurso de la “libertad individual” liberal, que no es más que comprar y vender: cosificar y cosificarse. No obstante, para lo que se desea develar aquí, no creo necesario tener que pasar a explicar la forma valor como la categoría central de la trama endiablada del proceso de extracción de la máxima tasa de plusvalía del productor directo en la producción burguesa.

Aunque la premisa teórica fundamental de cualquier crítica al orden burgués que busque ser medianamente seria, deba partir de la forma valor como presupuesto central de la totalidad del orden histórico burgués, creo que para el uso de éste artículo, será suficiente desafiar el orden imperante poniendo en evidencia su vaciamiento teórico-práctico, desde sus propios postulados. Para dicho objetivo, no me queda sino partir de los supuestos del discurso adversario, y esto por dos razones: para demostrar cómo la burguesía es incapaz de sostener la unidad entre su teoría y su práctica, y cómo esa contradicción desborda su capacidad de articular con coherencia la reproducción misma del orden que defiende con tanta saña.

En gran medida, se puede decir –siguiendo la lógica de la compra/venta de fuerza de trabajo- que, el obrero inicia la relación dándole crédito en trabajo al patrono, y este último, lo paga “contra-entrega”. Digamos que, aceptada la igualdad polar de la relación comercial, ambos, no sólo cumplieron con la obligación de su parte del trato sino que le dieron materialidad a la práctica histórica de la libertad burguesa. Uno vende, otro compra.

Esta acción, llena de “azar” es precisamente la expresión orgánica de la lógica sobre la que se yergue el todo de la sociedad; es el mecanismo que le da sentido, realidad y continuidad al capitalismo. Sobre dicha lógica es que nos hemos articulado los seres humanos en esta etapa de la historia: la promesa de llevar a cabo la utopía continua de la humanidad bajo el signo civilizatorio del capital y el sustento material del salario. De la misma manera, otros órdenes históricos han articulado sus energías particulares para darle cauce a su reproducción y su desarrollo en el tiempo. Ese proceso, en cada período de la humanidad también entrañaba el ocaso de su horizonte prometeico.

Por ejemplo, la esclavitud estaba basada en la relación de propiedad que ejercía el amo esclavista sobre sus esclavos, en donde los esclavos proveían trabajo y los productos del trabajo, y el esclavista tenía que estar en condiciones de no dejar morir de hambre a su esclavo. Es decir, sin esclavo, no había esclavista, ambos componían los términos de una ecuación en donde ninguno era prescindible. Existía en este orden, una garantía de continuidad social limitada, basada en un orden relacional entre esclavistas y esclavos.

Lo mismo se puede decir del feudalismo y de las sociedades teocráticas: ni el señor feudal podía subsistir sin el trabajo de los siervos, ni los semidioses de las teocracias podían vivir sin el trabajo-tributo de los productores directos. Lo que las diferencia históricamente es la forma de propiedad y de libertad en que se erigen dichos órdenes. Es decir, la forma histórica en que se expresan las distintas modalidades de la lucha de clases. Esa forma es precisamente lo que permite afirmar que existe una superación cualitativa de las libertades entre la esclavitud y el feudalismo, y entre éste último y el capitalismo.

La complejidad de todo el organismo social en cada especificidad histórica, está marcada en la frente por la forma en que la sociedad se produce a sí misma. La misma disolución de los órdenes históricos, tiene que ver con la incapacidad de reproducir sus respectivas estructuras básicas de relaciones sociales. Es decir, la incapacidad de seguir reproduciendo la relación esclavos-esclavistas, amos-siervos, capitalistas-proletarios, etcétera.

La disolución de la esclavitud por ejemplo, está íntimamente emparentada con la incapacidad de los esclavistas de garantizar la supervivencia de sus esclavos (el desgaste de la guerra y de la tierra, sin contar con las heroicas insurrecciones de los esclavos mismos). La disolución del feudalismo, al igual, tiene que ver con la decadencia de la nobleza improductiva y la emergencia de un sector trabajador surgido en las afueras del feudo medieval –la burguesía- que de a pocos se constituyó en un desafío revolucionario contrapuesto al antiguo orden de príncipes y clérigos.

Lo interesante de la burguesía como clase revolucionaria reside en que fue capaz de potenciar la desagregación de lazos entre los siervos y los señores feudales, articulando a los primeros a su lucha contra los segundos. Esa identificación coyuntural entre siervos y burgueses-artesanos, fue en mucho posible por la incapacidad del régimen feudal de continuar sin contradicciones la explotación de los siervos.

En ese sentido, no es casual que lo que caracterizó la disolución del feudalismo haya sido precisamente la destrucción de la gran propiedad feudal vía su atomización en pequeñas propiedades en donde los trabajadores no tenían por qué adscribirse a la tierra jurando lealtades y sumisiones, sino por medio del salario. Esto, al menos en los inicios del capitalismo era la promesa de las nuevas libertades, del reconocimiento del individuo a través del frío pago al contado. En corto, era la promesa de la libertad de los hombres mediada por el fetiche del dinero: el fin de la coerción extra-económica. “Tu me das, yo te doy” y punto.

No es caprichoso que, al observar el auge y decadencia de otros ordenes sociales asentados en la división de clases sociales, sea posible aseverar que, también el desarrollo y envejecimiento del capitalismo implica un trastrocamiento conservador en sus principios, un repliegue ante las libertades que antes proclamaba y desde luego, un proceso de descomposición del mecanismo material que otrora permitía su reproducción de una manera vigorosa: el frío pago al contado es cada vez menos posible. Es decir, el capitalismo está dando muestras de no poder insuflar con nuevos aires el proyecto civilizatorio burgués, ya que la materialidad que hace posible su continuidad –“el frío pago al contado”-, ha entrado en un período prolongado de agudísima crisis.

Un claro ejemplo, que a mediados del siglo XX era difícil de imaginar, es la inédita oleada de despidos masivos y de trabajos sin garantías en sociedades del primer mundo, como Estados Unidos. Nunca como ahora, más del cuarenta por ciento de la sociedad norteamericana se ha visto obligada a trabajar más de ochenta horas semanales -divididos entre dos o tres ocupaciones distintas, porque los trabajos de tiempo completo son cada vez menos habituales, ya que obligan al patrono a asumir garantías laborales con los empleados-, sin llegar a percibir ingresos que se correspondan al costo básico de vida, como la renta, comida, electricidad, y transportes. A este fenómeno laboral le han dado por llamar “getting nickle´d and dime´d”, que traducido su significado al español quiere decir “ser pagado en sencillo, con moneditas de cinco y de diez centavos” , y en buen chapín, puede ser entendido como “ser pagado con puro cascabillo”.

Este mismo fenómeno se vive en el contexto del subdesarrollo, pero con más crudeza ya que se tienden a imponer precios de mercado europeo (en dólares y más recientemente en euros) y pagar salarios medidos también en moneditas, pero de numerario local (quetzal) en tiempos en que un dólar es equivalente a casi ocho quetzales. No hace falta ser un ágil matemático para entender que el tiempo que el grosso de trabajadores locales venden a sus patronos no les es retribuido en una cantidad que les permita subsistir sin incurrir en deudas, y que la institución virtual de “la moral del ahorro” es imposible de aplicarse en tales circunstancias.

En ese orden de ideas, las recetas nutritivas que los sectores más representativos de la oligarquía guatemalteca quieren imponerle a la sociedad entera, no tienen nada que ver con las dietas llenas de “cargo de conciencia” que estos sectores, concientes de su hartazgo, se auto inflingen a toda hora. Creen que al mantener a los trabajadores con niveles salariales que solo permiten vegetar (cuando algo permiten), no sólo se están beneficiando económicamente, sino que le están evitando al proletariado los problemas de colesterol y sobrepeso que la burguesía cándidamente sufre. Una cosa es el exceso de hambre y otra el exceso de indigestión.

La realidad del capitalismo ya no es una que integre a la sociedad sin incurrir en contradicciones catastróficas. El vaciamiento civilizatorio de la práctica histórica del capital es la de una espiral sin fin, donde en cada giro, se topa con la consecuencia inmediata de su más reciente mentira. Garantizarle al “esclavariado” moderno, siquiera un trabajo estable en el orden histórico que nació predicando las máximas del progreso imparable, es cada vez menos posible. Ni siquiera el salario mínimo –que en teoría cubre el costo de los productos básicos de subsistencia- se corresponde con el precio de las proteínas y carbohidratos necesarios para la reproducción física del trabajador durante el lapso de un mes.

Para colmo, el mandato alienante de la publicidad prescribe el consumo frenético como remedio hasta para los males espirituales, mientras la economía lo prohíbe con ojos inquisidores. El rico come en escaparates de vidrio transparente, mientras el resto jodido es invitado a ver y salivar. Insulto y desdén: la violencia “es un problema moral” dicen.

De otra manera no se explica la insistencia en que cada vez más, el acceso al trabajo sea producto del azar y no una responsabilidad histórica de la clase que lleva la batuta de la sociedad. Tampoco se explicaría que, siempre que se celebra un nuevo contrato de trabajo, éste sea visto como una “bondad” del patrono y no como un contrato comercial entre dos personas libres e iguales; tampoco tendría lugar la frecuencia insistente con que se subordina a los trabajadores a la lógica del beneficio patronal por medio de la “mística” empresarial (mistificación mesiánica de culto a la personalidad del jefe, por medio de himnos, y actos de adocenamiento servil de carácter obligatorio) que no es otra cosa que el sometimiento pasivo de los trabajadores bajo la amenaza constante de la inestabilidad laboral, sutilmente dosificada por psicólogos industriales y sus departamentos represivos de “recursos humanos”.

Esa proclividad al “sálvese quien pueda” al estado del “todos contra todos” hobbesiano, es lo que permite plantear que hasta el “frió pago al contado” que caracteriza a la modernidad burguesa, es una realidad a punto de desmoronarse.

El momento “moral” del capitalismo, sólo fue posible cuando los sectores poderosos se vieron forzados a sentarse y consensuar con la clase trabajadora, de una manera conciliadora. Me refiero a la moral del “pleno empleo” durante el auge del Estado keynesiano. Momento que dicho sea de paso, causó la mayor identificación entre la clase trabajadora y la capitalista.

Nunca la democracia burguesa había llegado tan lejos en cuanto a su “humanización” pero también, nunca la burguesía había disparado sobre sí misma una lógica que pudiera rebasar sus prácticas constitutivas: la lógica del estado de bienestar. Las únicas conclusiones que se desprenden de esto último son: (1.) El capitalismo está limitado y agotado en cuanto a la expansión de su proyecto histórico civilizador, y (2.) que nunca ha contenido la capacidad de llevar hasta sus últimas consecuencias la lógica inclusiva de la democracia ya que ésta rebasa lo político y tiende inevitablemente a diseminarse en lo económico.

Esta incapacidad sistémica de evolucionar hacía formas de reproducción más cercanas a la inclusión social –donde el derecho al trabajo digno, sea considerado un derecho ciudadano- conspira en la dirección de liberar las fuerzas más represivas del sistema con potencia nunca antes vista: desde las oleadas de despidos masivos que traen como consecuencia el abaratamiento de la fuerza de trabajo, ya que se crea un contingente robusto de demanda laboral, el aniquilamiento de los derechos laborales, pasando por la instauración de contratos de trabajo sin ninguna garantía a largo plazo y la manipulación sistemática de los gobiernos so pena de “golpe de mercado”, hasta la instauración de Estados policíacos, capricho de las transnacionales y las oligarquías locales, y la desmovilización de la sociedad civil, convirtiéndola en comparsa harapienta sostenida a puros mendrugos de pan. Por decir lo menos.

Teniendo todo esto en cuenta, salta de nuevo a la vista la cuestión que nos trajo hasta aquí en primer lugar: la lógica cínica, inscrita en la trasnominación que tiene lugar entre el trabajador que vende su fuerza de trabajo y el capitalista que la compra, cuando el signo de “bueno” le queda al último simplemente porque cumple con su parte del negocio, y paga lo que le debe al trabajador.

Esta injusta apreciación no es otra que la retórica subordinante que busca insuflarle al capitalista el sentido de dominio que cada vez pierde como realidad: el vaciamiento del sentido de la libertad en el capitalismo, su incapacidad para reproducirse sin recurrir al cinismo –en todas sus formas-, y la necesidad de doblegar al trabajador vía la imposición de la personalidad mesiánica del jefe, estableciendo nuevas formas de coerción extra-económica, asentadas en la dosificación de la incertidumbre laboral y la hostilidad abierta; todo, en dirección de someter cada vez más los intereses de los trabajadores a los intereses del patrono.

¿Acaso durante la esclavitud, cuando el amo esclavista se preocupaba porque sus esclavos no mermaran, tenía que ver con una actitud “bondadosa” de parte del amo? Por qué interpretar entonces el cebo del salario como una “bondad” de los señores del dinero, si es ante todo un requisito de la “libertad” propugnada por ellos. ¿Qué paga la patronal a la clase trabajadora –cuando paga-, que ésta no le haya adelantado ya en trabajo? ¿El convivio navideño, las prestaciones laborales, el aguinaldo, el tiempo? Puro cebo.

La burguesía parece estar tocando fondo y conciente de ello, decide que mantener lazos de largo aliento con la clase trabajadora le resulta fatídico. Por eso resuelve venderle al trabajador, “mística” y represión laboral, porque le resulta más rentable que pagar salarios de acuerdo a las necesidades básicas de los trabajadores. Los regordetes grupos del poder, en su imperioso proceso de matar tiempo y libras en el Spa, no se dan cuenta que se vacían paulatinamente de contenido histórico; que su orden ha entrado en una etapa de descomposición acelerada: el cemento social sobre el que se erigían como clase dominante es sustituido por la incontinente saliva gerencial, mientras va quedando desnuda la maldita, y cada vez más imposible mentira del frío pago al contado.

Mario Palomo es historiador guatemalteco y miembro del lobby de autores de la revista Albedrio.org - Su dirección de correo electrónico es: mariopalomo77@gmail.com

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