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Oligarquía, Burguesía de Servidumbre, Lumpen Burguesía y Burguesía de Paro permanente
Por Mario Palomo - Guatemala, 11 de agosto de 2005
mariopalomo77@gmail.com

Si bien el titulo sugiere una lista de definiciones, también quisiera proponerlo como un itinerario “fotográfico” de los momentos de la burguesía guatemalteca. La tarea es peligrosa, ya que se presta a convertir la dinámica constitutiva del desarrollo de nuestro capitalismo tardío, en un repaso mecánico de imágenes impolutas, donde destacarían series de retratos de los ricos de siempre (bien bañados, engominados, lustrados, planchados y sonrientes) con sus respectivas ramificaciones genealógicas.

Sin lugar a dudas, las conclusiones que derivarían de ello estarían erradas en el sentido en que darían mayor relevancia a la reiteración de la misma imagen, y por ende, se prestarían a la naturalización a-histórica de la clase dominante y del carácter del desarrollo de nuestro capitalismo. Asimismo, –me lo ha hecho notar una perspicaz lectora entendida en el tema- errarían doblemente porque llevarían a homogeneizar de una manera sumamente reductiva a los sectores dominantes en compartimentos estancos.

Es por eso que ruego a los lectores no se dejen llevar por el lujo de esquematismo con el que propongo la siguiente serie de lecturas sobre nuestra cándida burguesía; y que más bien lo tomen como un ejercicio colorido que sirva, no sólo para ilustrar de alguna manera el “progreso” de los “tatas” de ésta patria errante, sino también –y con más urgencia- para sacudirnos la amnesia –que más que amnesia es un mal hábito, ya que recordamos, pero también tendemos oportuna y temerosamente a olvidar- y la maldita manía de perder de vista en cada momento a un enemigo que no es difuso, pero que insistimos en querer creer que lo es.

La razón que inspira la siguiente serie, es una cuya finalidad es vaciar de sentido el temor a encarar a los responsables de la miseria nacional, a los beneficiarios directos del terror. En ese sentido, entendemos la forma de desarrollo de nuestra burguesía, no como un desfile de apodos, sino más bien, como el itinerario “evolutivo” de formas históricamente asumidas por ella. Es por eso que el autor de estas líneas no desea pecar de “insensible” y de “injusto”.

No se crean, yo también soy capaz de pensar que la “pobre” burguesía nacional es capaz de sentimientos, de demostrar sensibilidad artística y espiritual, de conmoverse profundamente ante los “infortunios” que por “irresponsabilidad” sufre la mayoría. (Esa, ni yo me la creí).

En fin, entendemos a la burguesía regordeta -y la de gimnasio también- en el sentido más peatonal: como personificación de capital. Como capital dotado de conciencia y de voluntad, y por qué no, también de insuficiencia renal, de disfunción eréctil, de inseguridad conyugal, con problemas de autoestima, con padecimiento de gases, con pobres capacidades psico-motrices que hacen de ella una pésima bailarina en la fila ebria de la boda de la Cuqui Stravenhaguensen y Diego Montayaú Sandoval, miedosa, cachureca mojigata, evangélica panderetera, emprendedora -según ella-, cornuda, flatulenta y demás.

Es decir, la pensamos en su dimensión mediocremente humana, como nosotros mismos, y no como los monstruos míticos e “invencibles” que recurrentemente creemos empecinadamente que son. Es cierto que ésta burguesía recurre constantemente a las fuerzas más oscuras y que estas nos amedrentan a sueldo, pero endilgarle a los matones, la belleza de los monstruos míticos de nuestra imaginación es una injusticia con la vivacidad creadora de nuestra inventiva. Un matón es un matón, un burgués pues, al menos en nuestro caso, no ha pasado de ser un monigote con dinero, que paga para que piensen por él. Nunca un ser digno de nuestro temor y nuestra imaginación.

Voy por partes –como dice Ándres, que decía Jack el destripador-

I

Oligarquía (digamos que comprende –sin ánimos de seriedad- desde 1871 hasta 1944)

En nuestro caso, si bien refiere al reducido numero de grandes propietarios de medios de producción, de capital comercial, industrial y financiero, que han ostentado su riqueza (la mayoría) gracias al paso no revolucionado del modelo de agroexportación basado en la prolongación de relaciones precapitalistas en el agro, no se puede negar que han evolucionado de sus formas primigenias; sin embargo tampoco se puede afirmar que hayan roto del todo con el universo colonial del latifundio. No cabe duda de que se trata del sector que ejerce el dominio económico y político del país. No se debe olvidar que en circunstancias como la nuestra, éste grupo reducido de monopolistas tiene sus orígenes en el poderío señorial, del cual aún se niegan a renunciar al latifundio y al “colorido” folclore de ignorancia criollista, basada en el desprecio racial. La oligarquía, pagó su boleto de entrada al capitalismo vendiendo el sudor de campesinos, transformado en café, azúcar y algodón, al mercado mundial a precio de insulto nacional. Se puede decir, que tanto los abuelos oligárquicos como los nietos disque “laissez faire” han entrado a la modernidad burguesa, -como dijera Gramsci- a patadas en el trasero.

Otros autores han calificado la entrada tardía de éste tipo de burguesía al capitalismo como una donde la antigua economía terrateniente, ligada a la servidumbre, se transforma lentamente en una economía capitalista, merced de la evolución interna del latifundio. Cabe aquí precisar lo que decía Mariategui con respecto al Perú “se ha encargado al espíritu del feudo –antitesis y negación del espíritu del burgo- la creación de una economía capitalista”. No es casual el pistolón, el bigote desafiante y la mirada desconfiada en la foto de ésta etapa en la genealogía de nuestra burguesía, como tampoco lo es, el siervo indígena que semidesnudo colecta el café, el azúcar o el algodón en las fotografías de la “época de oro” de la finca. “Inculcarle al indio el espíritu del trabajo abnegado, es progreso”, decía la oligarquía.

Más de ciento treinta años después, el campesinado continúa sufriendo los embates del latifundio, mientras los herederos de la oligarquía, siguen repitiendo las formulas de sus fracasados tatarabuelos. El campesinado es aún en su mayoría, indígena. De ésta etapa de la burguesía, aún padecemos las desgracias, tanto del desarrollo del capitalismo, como las de su falta de desarrollo.

No es culpa mía, si en la descripción de ésta etapa ustedes no encuentren a oligarquía de antaño muy distinta de la actual. Es en todo caso, culpa de la realidad.

¿Hacia dónde puede transitar una oligarquía constituida entorno al universo de la servidumbre, si la demanda de productos del mercado mundial le reclama a las oligarquías locales productos infinitamente baratos, sólo posibles por medio de la explotación de trabajo servil?

No se pierda mañana, el próximo episodio de la truculenta historia de nuestra burguesía de paca…

Mario Palomo es historiador guatemalteco y miembro del lobby de autores de la revista Albedrio.org - Su dirección de correo electrónico es: mariopalomo77@gmail.com

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