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Lumpen Burguesía (O los hijos de aquellos que crecieron a la sombra de la burguesía de servidumbre, y alguno que otro arrimado)
Por Mario Palomo - Guatemala, 19 de agosto de 2005
mariopalomo77@gmail.com

III

Se trata de la burguesía rencorosa por los diez años de pueblada democrática (1944-1954). Dispuesta a retomar el control, y demostrar de una vez por todas que la patria del criollo, es una e indivisible: se echó al hombro al cristo negro, pidió apoyo a la embajada de John Wayne, y ésta, ni lenta ni perezosa, respondió con su atenta intervención para practicar aquí todas las cochinadas que había aprendido en el lejano oeste contra los indios nómadas, y en Vietnam contra los vietnamitas que habían cometido el “crimen” de la autodeterminación nacional.

Esta burguesía, estaba digamos, arralada. Temía que el campesinado se atreviera a dejar de ser servidumbre y se convirtiera en una fuerza hecha de trabajadores libres, por dos motivos: 1. Porque era posible que se encareciera el valor de su fuerza de trabajo, y ya no pudieran vender su miseria en el mercado mundial sin recibir las ostentosas ganancias del que compra barato y vende caro, y 2. porque el temor del opresor, siempre es más agudo, cuando constata que el oprimido ya no tiene miedo.

Se trata sin duda de una tercera generación venida de aquella burguesía que emergió al lado de dictadores y que vio menguar sus eriales durante la pueblada democrática arbencista. Porque tenía todo –de una manera troglodita-, todo lo podía perder. Era la burguesía de la paranoia y de los maltrechos “planes de desarrollo”, que no eran otra cosa que la prolongación del mismo orden económico y social que defendían a sangre y fuego, sólo que llevado a sus últimas consecuencias. Es decir, el mismo modelo de agro-exportación adocenada a los intereses norteamericanos, y el suicidio industrial plegado a la conveniencia del intercambio desigual entre las naciones industrializadas y las no industrializadas, so pretexto de “libre comercio”.

El retroceso social entrañado en el movimiento contrarrevolucionario de la “liberación”, truncaba la posibilidad de establecer los tres ejes básicos para el desarrollo de un capitalismo nacional, no dependiente: 1. Romper con las relaciones de servidumbre, implicadas en la lógica del latifundio, y crear con ello una fuerza de trabajo hecha de hombres y mujeres libres. 2. Crear las condiciones para la inversión de capitales que priorizaran el desarrollo de un crecimiento económico hacía dentro, y 3. desestructurar la forma tradicional de tenencia de la tierra para convertirla en objeto de compra-venta libre.

Sí bien los cambios estructurales iniciados en el período revolucionario, ya no podían dar marcha atrás del todo -por la identificación popular y democrática de la población que había acompañado el proceso transformador-, con la llegada de la oleada conservadora, dichas transformaciones fueron conducidas por cauces signados por la vena anti-popular y anti-democrática característica de la burguesía adicta a las fuerzas militares y a la dependencia gringófila.

El sueño de la industria nacional fue sustituido por la transnacionalización de la industria, la tímida desarticulación de los eriales latifundistas eran rearticulados bajo la sombra de la cruz del cristo negro y el discurso “liberal” de la santa propiedad privada; mientras se recalcaba el vergonzoso modelo latifundio-minifundio. El campesino pasó de esa manera, de venir de un proceso de transformación histórica radical donde rompía con su pasado servil, para entrar velozmente a la condición de asalariado depauperado. Como dijera Sergio Tischler “pasó del infierno precapitalista, al infierno del (lumpen) capitalismo”.

El mundo había cambiado demasiado para nuestra burguesía de lumpen. Todo el proceso histórico y toda acumulación de memoria de la burguesía, llevaban, como sello en la frente, la marca de la dependencia económica, y el aminoramiento social y cultural de la población. En el pasado esto era posible gracias al marco socialmente aceptado de la servidumbre, y después de 1954, en el marco de un capitalismo vegetativo, que nunca ha sido capaz de despegar. (Y que mientras siga regido por los intereses amilanados de nuestra burguesía con las agendas transnacionales, no despegará jamás.)

Se configuraba, con la irrupción de la lumpen burguesía, el momento al fin, de la entrada al capitalismo a patadas en el trasero. Era la etapa en que la burguesía re-establecía su dominio económico y político, después de la disolución legal de los lazos de servidumbre, sobre los que hasta 1944 se había mantenido a flote. Pero entonces, vale preguntar ¿sí la burguesía había sido transformada –a regañadientes- durante 1944 y 1954, de una que descansaba en la servidumbre, a una que no le quedaba de otra que establecer relaciones a través del salario, porqué mi insistencia entonces, en endilgarle el calificativo de “lumpen burguesía”? Veamos.

Si en la vergonzosa época de la burguesía de servidumbre, la figura del productor directo era la de un siervo agrario, en ésta nueva etapa, la figura del productor directo era la de un proletario agrario, de difusa constitución histórica, y de existencia fugaz. Esto último quiere decir que, si bien la naturaleza de las nuevas relaciones laborales estaba regida por el salario, esto no se traducía en una inmediata desaparición de los rasgos precapitalistas de la producción, así como tampoco, de una elevación en el nivel de vida de las clases campesinas.

Esto se explica en gran medida, porque aunque el salario conformara para entonces la condición económica indispensable para dar vida a las relaciones sociales capitalistas en el campo, la dependencia económica en la que la burguesía había enclavado al país por medio de la agro-exportación, hacía imposible reproducir el orden económico y social, sin arremeter y disminuir constantemente el valor de la fuerza de trabajo en el agro. En otras palabras, la burguesía sólo podía seguir beneficiándose del modelo de agro-exportación, por medio de seguir ofreciendo al mercado mundial los productos arrancados a una masa super-explotada de campesinos.

De ésta suerte se puede afirmar que, la burguesía tampoco fue capaz de generar un proletariado agrario robusto –tipo el farmer norteamericano-, sino que procedió por la vía de convertirlo en un asalariado sin capacidad de crecimiento económico, sometiéndolo a una depauperación cada vez más creciente. El latifundio agrario, constituido por grandes cantidades de tierra productiva, sólo producía en su subsuelo, de un treinta a un cincuenta por ciento (máximo) de su extensión. Sumado a eso, con la implementación de maquinaria productiva, la estructura del latifundio dejaba sin producir el resto de su extensión, y con ella a miles de brazos parados.

No es difícil de inferir de ello que, el modelo social forjado por la agro-exportación, si bien había implementado medianamente la producción gracias a la introducción de maquinaria moderna, la lógica que entrañaba generaba más desempleo en el largo, mediano e inmediato plazo. El resultado más dramático es el que se expresa hoy con la intensiva migración del campesinado a la ciudad, donde constituyen el grosso de la población menesterosa que se dedica a las actividades de sobrevivencia. En el mejor de los casos se dedican a la economía informal, y en el peor, a la limosna y a la delincuencia.

¿Qué ha generado entonces nuestra burguesía, si ya no pudo reproducir el modelo de servidumbre y tampoco dio la talla para generar un proletariado robusto? Lumpen. Se constituyo en una burguesía que se benefició de la descomposición social. Nuestros liberales de pacotilla, inmersos en el tenebroso mundo del MLN y demás reservorios conservadores, interpretaron el asunto como un “exitoso proceso de flexibilización de la demanda laboral”. Las nefastas secuelas de esto llegan hasta nuestros días, mientras la burguesía no se cansa de fingir “no entender” las razones detrás de tanta violencia.


Si la definición clásica de lumpen proletariado alude a los sectores sociales formados por una masa parasitaria y miserable de elementos desechados de los estratos explotados y oprimidos de la sociedad, concentrada en las ciudades, y que forma parte de la “superpoblación relativa” incapaz de encontrar acomodo en las actividades productivas”. Nuestra burguesía sería su equivalente, en cuanto a sus pingues posibilidades de proxenetismo y sus tristes prácticas pordioseras en el mercado mundial.

En ése sentido, el carácter parasitario de nuestra burguesía, va mucho más allá de su proclividad por vivir suntuosamente a base de drenar ilegalmente la plusvalía acumulada por la pequeña burguesía, o por la manipulación de intereses y viejas amistades, realizando negocios sucios que la burguesía geriátrica prefiere dejar en sus manos: estafadores de alto nivel, políticos comprados, narcotraficantes, etcétera. Es decir pues, la identidad de play-boy de la lumpen burguesía, con su impronunciable rock & roll setentero, su cocaína y su ocasional distanciamiento “rebelde” contra la familia oligárquica de la cual proviene, su “evolución” al disco, y sus pantalones acampanados, resulta superflua y hasta “locuaz”, una vez dilucidada la corrosividad real del modo de producción sobre el que se asienta, y de donde emana su verdadera condición parasitaria. Lumpen.

La lumpen burguesía, no puede proponer más que el lumpen desarrollo. Ella misma está relegada a no realizarse plenamente, precisamente porque sufre voluntariamente el servilismo económico con las metrópolis que irradian sobre ella, los condicionamientos para ser incluida en su lobby de “amigos”. Las reglas son claras: la metrópoli “amiga” no tiene interés en ningún paisucho del tercer mundo, más allá que éste represente una zona abierta para la extracción, sin restricciones, de riquezas naturales a costo ínfimo, o por que se garantice la subordinación efectiva de la población en función de venderla como fuerza de trabajo a un costo muy por debajo de cualquier otra oferta hecha, por cualquier otra lumpen burguesía del tercer mundo. La inflamada “competitividad” de nuestras burguesías, no es otra que el hambre avorazada de los parásitos.

La discursividad neoliberal actual, es una suerte de reedición del “sweet talk” con que la lumpen burguesía del período que va de 1960-1985 practicaba el proxenetismo, hablando de “oportunidades para todos”, mientras el brazo armado del ejército diezmaba a la población, dilatando por medio de implantar el miedo, el modelo económico de la dependencia. El paso al consenso con el que se aceptó pasivamente la hegemonía de la siguiente etapa de nuestra burguesía, fue posible, simplemente porque la maquinaria de la represión y el terror se encargó de limpiar el camino para implantar la lógica de la transnacionalización definitiva y la privatización radical.

La fase que le sigue a nuestra burguesía, es una donde reinan las privatizaciones de los bienes públicos, los despidos masivos, los contratos de trabajo a corto plazo, la destrucción de los derechos de la clase trabajadora, la reconfiguración de la feliz dependencia oligárquica, la constante represión laboral, la sigilosa muerte del concepto de ciudadanía y la tendencia hacia el desempleo como condición permanente.

Después de la lumpen burguesía, qué vendrá. ¿Acaso la super-lumpen burguesía? La respuesta y otras cuestiones, la próxima semana.

Mario Palomo es historiador guatemalteco y miembro del lobby de autores de la revista Albedrio.org - Su dirección de correo electrónico es: mariopalomo77@gmail.com

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