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El regocijado cretinismo conservador
Por Mario Palomo - Guatemala, 8 de octubre de 2005
mariopalomo77@gmail.com

Uno de los más grandes defectos que se le achacaron siempre al comunismo era que por todos lados excretaba un dogmatismo autosuficiente. La acción revolucionaria traspasada por el sentido del purismo moral del leninismo daba pie a ésta reducción. Lo cierto es que cualquier pensamiento que se estanca en un puritanismo moral termina por sucumbir en el dogma y en la petrificación práctica.

En el fondo Lenin no tiene culpa al respecto, sino la práctica de hacer de Lenin un “leninismo”, una doctrina, lo mismo con Marx. Por ello es que es absurdo descalificar con ello el enorme aporte de Lenin, no sólo a la teoría y práctica revolucionaria, sino a todo aquello que en materia científica aportó a la teoría política moderna, y hasta para la comprensión burguesa de la naturaleza de su propio Estado.

Lo cierto es que el canon leninista de la revolución sucumbió producto del fracaso de los mal llamados “socialismos reales” y la incapacidad de revertir de manera revolucionaria el avance conservador de las burguesías mundiales; particularmente la virulencia sangrienta de las oligo-dictaduras monitoreadas desde las embajadas gringas en el tercer mundo.

En ese sentido se puede decir que frente al irrebatible desmoronamiento del paradigma socialista, mal basado en la estreches militante y en las prácticas estatales que se alejaban cada vez más de las bases sociales, de las cuales debía emanar su poder –no muy distinto del Estado burgués-; tan sólo fue quedando el dogma contrario y de manera absoluta. Esto quiere decir que si durante el bipolarismo exasperante de la guerra fría todavía estaba abierto el espacio para la dualidad de sesgos ciegos, una vez caído el “socialismo”, la ceguera sólo podía ser una, indivisible y total: la ceguera del capitalismo cínico, neoliberal.

Desde el celebre “Fin de la Historia” de F. Fukuyama, pasando por el histrionismo confundido de las generaciones aludidas por el modo de vida de “Reality Bites”, la reducción de la concepción del hombre y de la Historia a historieta al estilo “picapiedras-supersonicos”, el autosuficiente y complacidísimo republicanismo corporativo, el recetario gubernativo para el tercer mundo dosificado por el FMI y sus presidencias de agachados mercachifles, hasta la “ilustración” fascistoide de l@s Pirruris de las oligarquías en los rimbombantes centros de adoctrinamiento neoliberal.

Si bien la ceguera conservadora no se halla en situación de peligro inminente, su clima emocional sigue siendo uno insuflado por todo el colorido espíritu de la guerra fría, por la reciclada paranoia mojigata del anticomunismo y por todo el típico dogmatismo desletrado del autoritarismo oligárquico de comarca tropical.

En tales circunstancias, la acelerada propagación de la chata lógica del “sentido común” neoliberal ha venido a reemplazar el sentido y la necesidad de la dialéctica, de la profundidad filosófica y del libre ejercicio de la crítica. Se trata pues de un panorama nada alentador para aquellos que ejercen el criterio más allá de los diques impuestos por el pensamiento “único”.

No obstante el clima generalizado de triunfalismo conservador, nunca faltan las locuaces buenas conciencias que se dan a la tarea de “hacerlo a uno entrar en razón”, de “ayudarle a uno a abrir los ojos”, con el objeto que uno termine por aceptar irrevocablemente que ésta es la mejor de las realidades posibles. A pesar de lo gracioso que resulta contemplar toda la romería discursiva salpicada de buenas intenciones de éstos regocijados convencidos; el proceso de convencimiento llega a límites sorprendentes: quieren enseñarle a uno a “agradecer todas las libertades que el sistema ofrece”, que son las mismas que han permitido que uno sea el orgulloso dueño de todos los chirajos, que gracias a las “bondades de un jefe caritativo”, ha logrado poseer. Uf.

“¿Por qué hablas mal del sistema?, lo que pasa es que sos un malagradecido!” Dicen los de hueso colorado. Los más radicales lo envían a uno hasta la naturaleza del hombre para dejar en claro a-historicismo que la propiedad privada existe desde la organización tribal de la gens, y que pensar en el hombre sin propiedad privada no es sino una aberración comunista.

Tampoco faltan los ardientes clasemedieros –portadores de la más flagrante inestabilidad laboral- y los pequeñísimos comerciantes en ciernes que hinchados en los decadentes valores de la gran oligarquía capitalista, que en arranques de patrio ardimiento afirman “si los barbudos llegaran a venir, saldré a luchar por resguardar mi propiedad privada, mi patria y mi libertad”. De nuevo la mojigatería en su más sabroso esplendor.

Si bien este tipo de conservadurismo denota una abierta ignorancia no sólo de los procesos de la historia, y una enorme reducción de la concepción de lo humano; al menos en comparación a su hermana mayor, es decir, la amargada doxa neoliberal, ésta resulta a la postre graciosa y hasta útil para amenizar fiestas y entretener funerales: al igual que la pureza infantil, no hay mejor aliciente para la risa que la inocente ignorancia de los adultos.

En aras de hacer los justos balances, no me queda sino aceptar que del feliz cretinismo que discurre y oblitera a las mentalidades en la actualidad, lo más rescatable en términos de locuacidad, es quizá la esmerada mojigatería de las buenas conciencias, apta para hacer carcajear a grandes y chicos.

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