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Cultura de Mercado o ese Sublime Objeto Enlatado
Por Mario Palomo - Guatemala, 17 de diciembre de 2005
mariopalomo77@gmail.com

La derrota armada de la revolución no se ha agotado en marchitar para muchos la esperanza de hacer el futuro con creatividad e imaginación, sino que ha dado pie al despliegue sin límites de una cultura enlatada que tiene como fin último sustituir precisamente aquella necesidad de transformación social y humana. En dos palabras, mercado en lugar de historia, consumidores en lugar de humanidad.

Esto no es fortuito, ya que apachurrado el tiempo no tienen de qué inquietarse las versiones oficiales de la historia, ni quien las desmienta, como tampoco hay razón para sobresaltos entre quienes se benefician de la despersonificación de la humanidad mientras la reducen a meros números cuantificables según “productividad” y administrables según las pigmeas inteligencias emanadas de las oficinas de “recursos” humanos.

Tal es el espíritu que anima ésta mercantilización de todas las cosas, incluidas las esferas de lo humano (las luchas sociales, la creatividad, las relaciones afectivas, las reivindicaciones sociales, etc.). Ya que no es sino para producir con eficiencia y consumir con docilidad que se ha impuesto está cultura de supermercado, para moldear las mentes a que aprendan la realidad de la misma manera que la sociedad produce sus bienes: como si se tratara de cuadros estáticos uno al lado de otro, como productos en una línea de ensamble en serie, igual que las salchichas empacadas al vacío, o las casas iguales de los suburbios…

Es en ese sentido que la hegemonía de lo dominante se puede entender simplemente como la sutil imposición de lo postizo, esto es, esa rutina de sabiduría instantánea, de frases hechas, de manuales, de gurús y de edecanes; esa historia sin raíces dosificada en forma de píldora a lo “People & Arts”, “National Geographic”, y la “Revista Selecciones”, sirviendo de pasto para consumidores ávidos de emociones artificiales y datos instantáneos fácilmente digeribles que no dudarán en hacer pasar por “cultura” en reuniones familiares; para ir metiendo claro está, puro gato por liebre.

Tampoco la llamada “contracultura” ha escapado el mandato alienante del mercado, ésta mas bien se ha autodefinido como un segmento mas aludido por los consumos “alternativos”, lo que es igual a decir “se manufacturan rebeldías al gusto del cliente”. De ahí que no extrañe la proliferación de las playeras del Ché Guevara, o los discos de Bob Dylan y Silvio Rodríguez, nunca como síntomas de sensibilidad renovadora, sino como fetiches “cool” colocados en los mismísimos anaqueles donde es posible encontrar a Ana Bárbara y los Tigres del Norte, a Timbiriche o los Rolling Stones.

Lo mismo sucede con las modas literarias asumidas por impotentes escritores en ciernes, que no pasan de ecualizar los archirepetidos lugares comunes de autores “beat” -a lo Bukowski, o Kerouac, etc. o “underground” -a lo Hunter Thompson-, creyendo que basta regirse bajo el slogan de lo “anti-convencional” para excusar su mala literatura. Tampoco hay que dejar de lado las locuaces teorías ultra-galácticas a lo Carlos Castaneda que cada cierto tiempo son reestrenadas bajo el lema de <<Libérate>> por aquellos retóricos consumidores de psicotrópicos convencidos del nirvana.

Vivimos pues en medio de la más feliz de las estupideces: orgullosos de éste falso “individualismo” todo igual, de ese culo y esas tetas de mentiras; de la libido artificiosa de los viejitos -con su viagra y sus pajitas de geriatra. En realidad acoplarse es sencillo: el mercado abastece y la tele manda: para ser felices sólo hay que obedecer.

No por nada la tele es el único electrodoméstico que ha llegado formar parte de la familia, superando en importancia a la plancha, la licuadora, los niños y el resto de la gente que molesta cuando habla.

La tele nos observa mientras nos educa con sus rituales: hace poco miraba yo una maratón de cirugías plásticas de mujeres latinas, todas querían cambiar sus narices aguileñas por unas idénticas albóndigas respingadas. Posteriormente, muy contentas ellas con los ojos desbordados de lágrimas, daban gracias al médico frente a las cámaras por haber “corregido” sus rasgos de origen. El mensaje era más sublime: en realidad daban gracias al mercado por permitirles entrar al canon oficial de la belleza. En fin, “welcome al reino de lo postizo” ¡y un feliz año nuevo para todos!

¿Hasta cuándo esta necedad tan posmoderna, de vivir de imitaciones y apariencias, de no acabar de hallarnos nunca, por pasarnos escupiendo el propio rostro en el espejo? ¿Hasta cuándo nos daremos cuenta que la dignidad es otra cosa, una cosa muy distinta de ésta mierda?


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