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La negativa a aceptar una realidad inaceptable: imaginando a un sujeto posible
Por Mario Palomo - Guatemala, 3 de abril de 2007
mariopalomo77@gmail.com

No necesitamos la promesa de un final feliz para justificar el rechazo de
un mundo que sentimos equivocado. Este es nuestro punto de partida:
el rechazo de un mundo al que sentimos equivocado, la negación de un
mundo percibido como negativo.
John Holloway

En un mundo que ha sido realmente puesto de
cabeza, la verdad es un momento de la falsedad.
Guy Debord

Ser radical es aferrar las cosas por la raíz.
Mas, para el hombre, la raíz es el hombre mismo.
Karl Marx


En una correspondencia sostenida con el escritor Mario Roberto Morales, yo le interpelaba en gesto de reproche (fuera de contexto e injustamente) acerca de las diferencias del hacer crítico entre la generación a la cual él perteneció -traspasada por la emergencia de un sujeto nacional revolucionario-, donde, para bien o para mal, el intelectual se hallaba exhortado situacionalmente –entre otras cosas- por la opción de la revolución; y la generación posterior, donde la opción por la revolución fue desvanecida por su propio fracaso y el aplastante y odioso triunfo de las derechas en todos los terrenos.

Él me decía en tono sereno que, esa diferencia generacional a la que yo aludía no era tal, que la heterogeneidad de actitudes entre una generación y otra hacía imposible plantear el asunto en bloques opuestos. Entendía su punto de vista, aunque no lo compartiera del todo por la sencilla razón de que, dadas las circunstancias de la revolución, la constelación de opciones del hacer humano, incluida la crítica, o bien se abren al proceso de la historia y participan activamente en ella, o no. La misma heterogeneidad de actitudes a las que mi interlocutor aludía era de igual manera, una heterogeneidad signada por la circunstancia imperativa de encarar la historia, o no.

Conforme destilaba nuestro dialogo, arrimábamos a la conclusión de que era muy difícil esperar que prosperara una intelectualidad crítica en medio de la desolación que dejó el fracaso del proyecto histórico de la revolución guatemalteca, y en consecuencia, también la crítica hacia dichas formas de “intelectualidad” debía ser ajustada a la condición insulsa de la circunstancia que les daba existencia; circunstancia que dicho sea de paso, se caracteriza por el cercenamiento de las expectativas históricas. Era vital tener eso en cuenta sino queríamos pecar de injustos.

Esto no quería decir, desde ningún punto de vista, disculpar estas formas de “intelectualidad” de cualquier crítica, sino apuntar la crítica hacia el contexto que las sobredetermina. La opacidad y la vacuidad expresiva, propias del fetichismo <<posmo>>, no son sino expresiones conspicuas de un orden de cosas resultado del fracaso del proyecto de la revolución. En otras palabras, el verdadero objeto de la crítica no podría ser otro que éste “orden residual” de la imposibilidad de la revolución, cuya consecuencia inmediata ha sido la subordinación efectiva de cualquier subjetividad crítica posible, a la parálisis cosificante del mercado.

Caía en la cuenta que la crítica que yo mismo venía haciendo de hacía tiempo, con respecto de la vacuidad y la bufonada que ha cundido en los círculos auto-afirmativos de la “trópico-intelectualidad” guatemalteca carecía de ese matiz tan importante, y que justamente por carecer de él, la crítica, sí bien no infundada, vaya que pecaba de insuficiente.

¿Cómo ahondar la crítica entonces, sin retrotraerla de sus primeras conclusiones, cómo abrirla sobre lo andado? Para ello era evidente la necesidad de relacionar de mejor manera al sujeto de la crítica con su circunstancia, no para disolverlo en su contexto, sino para apuntar la crítica al centro mismo del entumecimiento. Esto quiere decir, profundizar la crítica incisivamente por la vía de demoler, a través de la crítica misma, la sensación petrificante del despliegue de la cultura basada en aquello que Marx dio en llamar, el fetichismo de la mercancía.

Como respuesta a los insubsistentes reproches que yo le hacía a mi interlocutor, él me desafiaba recordándome que los balances de la crítica que versa sobre los problemas de la circunstancia actual eran incompletos si no tomaban en cuenta el insoslayable hecho social y cultural que le da primacía al despliegue de la hegemonía de la racionalidad de mercado, o lo que es lo mismo, la internalización social de la cultura traspasada por el culto al fetiche mercantil. Sin explicitarlo, mi interlocutor me remitía a apuntalar el asunto dialécticamente desde la categoría de totalidad; puerto que ambos alcanzábamos por distintas vías sin decirlo abiertamente.

Decidimos dejar el asunto para después y nos despedimos satisfechos de haber llegado a conclusiones similares. Yo dejé descansar el asunto un día o dos, no obstante había algo que no me dejaba de llamar poderosamente la atención: la insoportable disipación de la sensibilidad asociada a la urgencia de la crítica, frente a la explicación estructural de aquello que criticábamos, esto es, frente a la clara comprensión y aceptación teórica de un orden de cosas que implacablemente nos impone su lógica.

En otras palabras, toda la subjetividad y la toma de partido que motivaba y traspasaba la crítica, en lugar de adquirir un filo mayor al ser pasado por el prisma de la teoría, tiende a disolverse en una aceptación teórica de la realidad, en la de-subjetivización del sujeto crítico. La explicación estructural de la realidad, sustituye de esta manera, la inconformidad ante la realidad. [1].

Estaba claro que el triunfalismo conservador y el apresurado aburguesamiento del mundo y de la racionalidad es lo que ha venido a vaciar de sentido la perspectiva histórica y a desdibujar del horizonte cualquier alternativa social de otredad radical. Obviando lo evidente, el rechazo ante la sensación de entumecimiento provocado por la aceptación teórica de esa realidad persistía y persiste de distintas maneras. ¿La razón? Sencilla: no basta con comprender positivamente el carácter estructural del fetichismo que calca las relaciones sociales de las que activamente participamos y sus múltiples expresiones cotidianas (la política, el arte, la espiritualidad, las relaciones amorosas, étnicas y de clase, etc.); ya que limitarnos a asumir el conocimiento de esa manera –aunque se haga desde postulados teóricos basados en Marx-, simplemente nos lleva a reproducir todos y cada uno de los aspectos y comportamientos de la realidad que queríamos demoler a través de la crítica.

Esto no quiere decir abandonar la teoría para favorecer a la práctica, sino entender la teoría como momento de una práctica que no se basa en la enunciación del mundo, sino en su transformación. De otra manera estaríamos condenados a reproducir una de esas escenas absurdas, donde el personaje central huye despavorido del escenario en busca de otro lugar, mientras la realidad se burla de él haciéndolo reaparecer en el mismo lugar de donde había intentado escapar.

Se abría pues lugar para una indagación que reclamaba ser planteada y resuelta radicalmente: ¿cómo pensar siquiera salir de la vertiginosa espiral del orden social que apunta hacia la destrucción de la condición humana, justo en medio del desahucio dejado por la imposibilidad de la revolución? La única respuesta honesta ante el filo de la pregunta remite indefectiblemente a pensar en el sujeto, es decir, desde una perspectiva radical del mismo.

Queda pendiente establecer de qué sujeto se puede tratar, porque estaba claro al plantear la pregunta que ya no podría serlo el sujeto clásico de la revolución, de la misma manera que tampoco podría serlo la izquierda institucionalizada, producto del canje de nada menos que la causa de la revolución. ¿Podría serlo quizá un cómodo sujeto en tercera persona? En definitiva no, porque un sujeto en tercera persona no es sino el resultado de la supresión de su propia subjetividad, subjetividad misma que lo hará tomar partido al rechazar de diversas maneras, conscientes o no, ésta realidad.

Por la vía de negación la tímida figura del sujeto resultante queda apenas delineada por la falta de certidumbre, una incertidumbre a la cuál debemos asirnos, precisamente porque en ella se alberga un reducto de posibilidad: un sujeto que no puede ser sino disonante ante el capitalismo y sus formas conspicuas, un sujeto que justo por saber que está atrapado en el interior de unas relaciones sociales que nos separan de lo que consideramos que es la humanidad, se desborda más allá de sí mismo y de las prácticas fetichizadas que lo contienen, negándose a aceptar lo inaceptable.[2]

Un sujeto literalmente extático, en el sentido de que no sólo comprende que existe objetivamente en el medio de unas condiciones dadas, sino que con su disonancia se proyecta en contra y más allá de las mismas. Desde luego, no se puede tratar de un sujeto puro, al estilo del leninismo, un sujeto desde el cuál se irradiaba una suerte de puritanismo revolucionario, muy de quien se siente estar por encima y “exterior” a las relaciones sociales que lo constituyen, mirando con desdén a aquellos que disienten de formas distintas a las del puritanismo militante.

No se trata tampoco de un rechazo rotundo al leninismo, simplemente se trata de intentar darle materialidad a un sujeto que se levanta de sus cenizas y que apenas se perfila como posible. Es una manera de despetrificar la idea del sujeto al interior del pensamiento revolucionario identificado en el leninismo. Regresar al sujeto es abrirse al conocimiento del mundo desde la categoría de la lucha, más aún: aprender el mundo como lucha.

El vacío dejado por el fracaso del canon de la vía armada de la revolución, no sólo ha sido ocupado por la racionalidad del triunfalismo conservador, sino que como corolario, también la opción teórica desde la cual la crítica era parte de la praxis transformadora se ha ido petrificando paulatinamente, convirtiéndose en una desvergonzada e inamovible comprensión a secas del carácter fetichista del capital como relación social y como hegemonía cultural: como dominio contra el cual podemos ensañarnos “terapéuticamente” –los más resueltos- pero ante el cual, todos, o casi todos estamos condenados a aceptar tarde o temprano y de manera irremediable que “no hay salida posible”.

Es irrebatible que la clara comprensión <<anatómica>> del sistema es de vital importancia, no obstante, desde el sesgo del sujeto ésta no debe interpretarse como un fin en sí misma. Como afirmaba más arriba: no basta reproducir conceptualmente el carácter del capital como una relación social, esa aproximación si bien no es errada, quedarse en ella es de la misma calaña que aceptar y naturalizar a-críticamente el cinismo neoliberal, el saber positivo, la epistemología cosificante de la dominación. Tal ha sido la práctica institucionalizada de las ciencias sociales en nuestro medio y enorme el favor con el que han contribuido a la inamovilidad de éste orden de cosas.

En ese sentido, el ejercicio de la crítica (entendida como un antiséptico “libre ejercicio del criterio”, y no como un conocimiento adquirido en el proceso de transformar la realidad, de negar la negación de la que el capital constantemente nos hace objeto) lejos de constituirse en una práctica liberadora, se torna irremediablemente en un circulo asfixiante de contención discursiva, una suerte de pared acolchonada donde rebota nuestra mejor y más nutrida rebeldía, un encubrimiento del universo de lucha que está contenido en la disonancia del sujeto.

La amplia variedad de expresiones que ilustran caricaturescamente ese clima de constante contención ideológica, ante el cuál, como maquinas deseantes [3] de fetichismo hemos ido sacrificando nuestra capacidad de disonancia, nuestra subjetividad no resignada, a cambio de existir reificados en el mundo de la fugaz monería del mercado, no son sino variantes de nuestra propia estupidez al desarrollar una vergonzosa capacidad de tolerancia de cara al avance del mismo orden que nos niega: desde el hipócrita histrionismo descomprometido de los posmodernos, el “escéptico” opinionismo mediático -comprometido hasta las narices con las agendas del neoliberalismo-, pasando por los simulacros de “rebeldía” y “marginalidad” controlada, puestos en escena por la variopinta constelación literatos de “bulevar” locales que viven de mami y papi, la sospechosísima “neutralidad relativa” de los intelectuales aliñados por la cooperación internacional, hasta el repugnante oportunismo del izquierdismo políticamente correcto.

Es por eso que nuestra disonancia (entendida ésta como acto propio de sujetos extáticos, es decir, humanos), una vez encuadrada en la aceptación del diluvio neoliberal como “destino”, como “inevitabilidad”, sencillamente no puede ser tal, precisamente porque al admitir nuestra complicidad en el consentimiento de lo que es inaceptable, también admitimos en mayor o menor medida la disipación de nuestra disonancia, de nuestro rechazo, de nuestra subejtividad.

A simple vista pareciera ser que, ante la contundencia de la insoportable objetividad de la realidad, con su clima de resignación impuesta a mano armada no existieran salidas posibles. No faltan quienes se han dado a la persistente tarea “sacarnos del error” de pensar que sí es posible salir de aquí, negando hasta el mareo nuestra capacidad de proyectarnos extáticamente más allá del egoísmo y la lógica instrumental.

El clima que se genera en circunstancias tales es el mismo que fuerza a los más aguerridos a lamerse las heridas y reconciliarse cínicamente con la realidad, el mismo que cobija a los oportunistas en la certeza del dominio, ejerciendo con lujo de desfachatez su histrionismo complaciente y su descaro satisfecho: El agobiante clima de este paradisíaco feudo tropical.

Sí bien es cierto que no existe un horizonte cabal a seguir, un derrotero definido, como lo era la conquista del poder durante la epopeya guerrillera, esa no es razón suficiente para tener que aceptar una amarga reconciliación con la realidad como única “salida” (lo cual no es una salida en absoluto). Entender el mundo desde el sujeto, como lucha, implica abrir entre nosotros de manera creativa la responsabilidad de disentir, de criticar, de negar ésta realidad, lo que implica imaginar otras formas de socialidad que se asocien más a lo que pensamos que la humanidad debe ser: donde el ser humano no sea un medio sino un fin en sí mismo, donde por encima del egoísmo y la voracidad privada se imponga la solidaridad y el amor, una en donde no haya lugar para la explotación, el dominio y las jerarquías de unos sobre otros, en fin, donde el ser humano sea sacado de la falsedad del capitalismo y sea puesto a andar en torno a las verdades que logre construir en tanto se comience a pertenecer a sí mismo.

Ese mundo ideal descrito arriba, es un limbo, una incerteza, una mojigatería si se quiere, una suerte de sueño húmedo aferrado a una retórica archirrepetida desde mediados del siglo XIX, basada en la idea de una humanidad que es todavía-no. Es un mundo fácil de descalificar por carecer de concreción, de materialidad, eso es cierto. Sin embargo no está mal como un simple ensayo de imaginar el mundo de una manera diferente, ¿porqué no? No es como que el capitalismo sea necesariamente la concreción de un sueño húmedo, deseable (quizá sólo para el señorío del dinero), estoy seguro que la mayoría de la humanidad jodida por sus guerras y empobrecida por su lógica no lo piensa así.

Una de las ideas centrales de Marx a lo largo de su obra El Capital es que, en las relaciones sociales capitalistas, el capital (el objeto) no es otra cosa que trabajo muerto, objetivado, cuya fuente de renovación se halla en el trabajo vivo (el sujeto), es decir en la humanidad. Una relación donde el objeto domina al sujeto. La radicalidad del hombre y sus relaciones no es otra que la autodeterminación del hombre mismo, como humanidad.

Vistas las cosas radicalmente, es decir, desde su raíz, el trabajo vivo (la humanidad creadora), no necesita al trabajo muerto, al capital (el trabajo muerto, objetivado), sino que es el capital el que necesita a la humanidad para volverse a renovar. El sujeto en todo caso es la fuente creadora, cuyo trabajo objetivado bajo tal relación se vuelve contra él, es decir se convierte en todo el universo material y de dominio del capital. De ésta manera, el verdadero universo de lo posible en Marx, no es sino un viraje hacia la radicalidad del sujeto.

La única condición válida para poder imaginarnos el mundo extáticamente, esto es, desde el sujeto, es asirnos a nuestro rechazo, a nuestra subjetividad no redimida, a nuestra capacidad de comprender que estamos inmersos en las prácticas de un sistema destructivo y que no queremos estar ahí. No se ofrecen por eso en éstas líneas recetas de ningún tipo, precisamente porque desde la perspectiva del sujeto no hay más certeza que la de aferrarse a una praxis que se corresponda a la noción de un sujeto esclarecido en la idea de que su disonancia no debe ser disuelta en la realidad (como hacen con los locos), ni en una explicación estructural de la misma, sino que la realidad debe ceder ante la persistencia creativa de nuestra disonancia. Ese y no otro es el significado de partir desde el sujeto, de comprender críticamente el mundo, como lucha.


[1] Nuestra furia se alimenta de nuestra experiencia, pero cualquier intento de expresarla se topa con una pared de algodón absorbente. Nos encontramos con multitud de argumentos que parecen bastante razonables. Existen demasiadas maneras de hacer rebotar el grito en contra nuestra, de mirarnos y preguntarnos por qué gritamos. (…) Entonces nos urgen a estudiar teoría política y social (y nosotros sentimos la necesidad de hacerlo). Y ocurre algo extraño. Mientras más estudiamos la sociedad, tanto más se disipa nuestra negatividad o tanto más se deja de lado por irrelevante. Holloway, John “CAMBIAR EL MUNDO SIN TOMAR EL PODER, El significado de la Revolución Hoy”. Buenos Aires, Argentina: Herramienta, 2002, Pp. 15-16

[2] La tradición del pensamiento negativo es muy antigua. No obstante, su mayor grado de desarrollo y elaboración, a la fecha, sin duda alguna lo constituye la dialéctica materialista desarrollada a partir de Marx, (antes de ser convertido en un “ismo” panfletario) y muy poco después de él. Ver Adorno, Theodor W. “Negative Dialectics”. Nueva York-Londres: Continuum, 2003.

[3] Deleuze G., Guattari F. “EL ANTI EDIPO, Capitalismo y Esquizofrenia” España: Paidós, 1985.


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