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Las delicias nocturnas de la multitud anónima
Por Mario Palomo - Guatemala, 4 de mayo de 2007
mariopalomo77@gmail.com

“Seamos perezosos en todas las cosas,
excepto en amar y en beber, excepto
en ser perezosos.”

Frase de Lessing citada por Paul Lafargue
en su parodia del “Derecho al Trabajo”
titulada “El Derecho a la Pereza”. Obra que
defendió con el pellejo desde la prisión de
Sainte-Pélagie contra la burguesía francesa en
1883, y más adelante, en 1889, en la
dirección de la II internacional Socialista.

A él, tierno y olvidado, luchador y libertino.
Y a las gentes que refugiadas en el cobijo de
la noche reivindican su derecho, alienado o
liberador, de celebrar del cuerpo
sus secretos y sus alegrías.

 

Una menos cuarto de la mañana. Apagar la música, encender las luces y terminar de cobrar cuentas. Esperar que paguen todo lo que se atragantaron. A-tra-gan-ta-ron, simón, polisílaba que describe de mejor manera la cultura etílica de las promesas juveniles de este país, herencia de sus padres y sus abuelos. Qué futuro. Más de lo mismo. Ojalá hoy no hagan jetas ni esperen descuentos, porque bien que pidieron todo con gustitos: que “sal y limón”, que “la cuba pero campechana”, que “una servilletita en el vaso”, que “de ése whisky no”, que “del más caro porque sino me da goma”, que “limpiame la mesa porque vamos a pedir botella”, que “yo sí sé de guaro y ustedes no. Mulas, mírense, felices puros coches chupando equis-éle, ¡já! Mi huevo; a mí servime ginebra con quina y limón mano, pero cobrámela como equis-éle, en buena onda…”. Los cáscaras.

Que se apuren a pagar porque así ya sólo limpiamos y nos vamos. Nos vamos, así es, para fundirnos en el frenesí de las marabuntas que dejaron éste reguero en primer lugar. Ni modo que no. ¿Acaso solo porque somos bartenders, meseros o lava-trastos no tenemos derecho de participar a pata ancha en la carrera por alcanzar a Baco; para celebrar con los demás, consciente o inconscientemente, la burla al absurdo de vivir en un país regido por la falsa moral del “amor al trabajo”, de la disciplina de la “ley seca”, la cual solo le pone sal y pimienta al placer de beber sin reservas, a la auto-adulación que las patronales hacen que los trabajadores les celebren, fingiendo amor y devoción religiosa a la misma imagen edulcorada que el empresariado se auto-receta y proyecta al resto de la sociedad; en corto, al falso decoro con que las clases productoras del guaro proclaman que no hay que elevar el salario mínimo “porque si no se lo gastan todo en parranda y guaro”? Chish.

Le entramos, cómo no, por todo lo anterior y también por aquello de que de noche todos los gatos son pardos. Claro que sí, a todos nos consta. Entonces nos mezclamos, llegamos de todos lados para sacudirnos de encima las diez (o más) horas de trabajo diario: el gris de la luz blanca, el sudor de andar el medio día, los ojos resecos por la pantalla, el veintiúnico traje sastre, los calcetines de ayer dados vuelta, el cuello manchado de sudor, la corbata doblada en la bolsa trasera; las manos tiesas de tanto teclear y toscas de tanto coser, empacar, lavar, limpiar, peinar, lijar, atornillar, serruchar, etcétera. Con todo, las dimensiones físicas del trabajo no impiden que mientras el sol no salga, también se pueda, con alguna dignidad, sentir que todo es puro “glamour”; sin perder de vista, claro está, que la aspiración a dicho “glamour” en tales circunstancias es equivalente, en proporción directa, al derecho que asiste a las pulgas de soñar con comprarse un perro algún día.

Nos desbordamos pues, y mientras dura la oscuridad nos entregamos sin reservas al disfrute y a la prosecución del placer. Lo cual implica en alguna medida que, mientras existimos en la brevedad nocturna, nos relacionamos con una lógica muy distinta de la del trabajólico (workaholic) en el que el neoliberalismo insiste en convertirnos; lo hacemos contra los límites impuestos por la coacción económica y contra la religión de la abstinencia y del trabajo abnegado, en tiempos en que acorralados por la pura necesidad somos vulnerables a aceptar las condiciones de indignidad laboral y el incremento a la jornada de trabajo, a la vez que todos los circuitos de sociabilidad parecieran estar regidos por la obligación de consumir: los restaurantes, los cines, los cafés y los parques se concentran cada vez más en el culto al shopping center.

No se le da vuelta al sistema, es cierto. Sin embargo, ¿qué puede ser más irritante para la moral capitalista del trabajo que el hedonismo y la fiesta en zarabanda en la que, con sonrisas de mazorca, celebran los carasucias desde las crecientes marginalidades del sistema? Quizá el disfrute de los desheredados no sea suficiente para cambiar las cosas, pero anticipa, pienso, una necesidad de relacionarnos de otro modo, más allá de la lógica instrumental y más allá del costo-beneficio, poniendo en el centro la autodeterminación colectiva y en primer plano la dignidad de la gente. Anticipa, creo, la necesidad de organizar democráticamente nuestras necesidades, y en consecuencia, de apropiarnos de la soberanía del tiempo social.

En otras palabras, se trata de pequeños destellos que anuncian un <<mas allá>> de la dilatación y el disfrute posible y obvio dentro de la organización capitalista de la sociedad, el cual existe desde luego a pesar del agravante de darse dentro de las condiciones de la asimetría social, y por ende, bajo una lógica en la que prima la imposición constante de mecanismos directos e indirectos (represión y/o alienación) de subordinación y reencauce empresarial de la diversidad del descontento social bajo un patrón cultural que tiene como presupuesto la inclusión de dicha diversidad pero refuncionalizada y diluida, como espectáculo y como comparsa . En ese sentido, la lógica del desborde es muy otra de la falsa contracultura estimulada por cierta empresarialidad que se ha apropiado de los significantes y significados propios de lo “residual social” producto de las prácticas de consumo y desperdicio de la sociedad capitalista.

Dicha lógica tiene que ver con la potencialidad existente en lo cotidiano de desafiar constantemente al sistema, desde adentro de sus entrañas y contra él, sin purismos ni heroísmos de opereta. Ese es el verdadero pulso desde el cuál es posible presentir la crisis del sistema, la cual, bien entendida, no es otra cosa que el conjunto de prácticas humanas que rompen con el patrón de dominio relativamente estable del capital en cualquiera de sus formas; todo lo cual abre el horizonte a la posibilidad y a la pregunta de cómo organizarnos con una lógica humanizante, distinta de la lógica instrumental.

En ése sentido existimos en dos planos, en dos dimensiones. Nos salimos de nosotros mismos para no ser sólo aquello que el sistema nos dice que somos, porque somos más que eso. Somos más que secretarias, más que asistentes. Somos más que vendedores y meseros, más que contadores y dependientes de tienda, más que amas de casa y más que cajeros. Somos más que nuestra identidad laboral. Traspasamos los márgenes impuestos por la cortesía social y existimos en dos dimensiones. Somos aquello que hacemos, sin duda, pero sobre todo somos aquello que hacemos para dejar de ser lo que somos. Somos amantes y amigos, somos padres e hijos, hermanos y hermanas; ciudadanos de última que reivindicamos, a diente pelado, nuestro derecho a ser tratados como de primera; contemporáneos variopintos capaces de sentir la necesidad de justicia tanto como la de belleza, marchantes deseosos de comunión, permanentes y desvelados, borrachos irredentos, malditos amantes de lo prohibido; kamikazes dispuestos a morir de día para nacer incesantemente de noche…

Cuatro y media de la mañana. No quiero que salga el sol. En el fondo aún se puede escuchar a través de las bocinas a The Streets con el loop aquel que dice

<<We were just standin’ there mindin’ our own
And it went on and on
We all smile we all sing
The weak become heroes then the stars align…>>

 

Y deseo con mucho entusiasmo que el inglesito tenga razón. ¿Qué signos nos depara la noche estrellada? La muerte como promesa del día. No quiero que salga el sol. Me voy con mi última dignidad antes de que salga. En el paladar llevo el dulce sabor del aguardiente y la última carcajada. En los ojos, inyectados a trasnoche, el brillo en la mirada de todos. Como dice alguien por ahí, “me gusta tanto la noche, que al día le pondría toldo”. Me voy porque no quiero estar temprano, a la hora precisa y en el lugar en que empieza la mentira.


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