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Exilio
Por Maria (Chiqui ) Ramirez - Guatemala, 29 de mayo de 2020
ixlajuj@gmail.com

Alejados de lo cotidiano, “lo normal”, la rutina, lo de siempre, la costumbre. Retomar la vida lejos de todo lo que fue hasta entonces, de los amores que fueron creciendo en mi cuerpo, hasta convertirse en la razón de mi existencia, de los olores, colores y texturas, de la sonrisa del desconocido, lo solidario de nuestra gente, de los amigos de siempre, de las calles que no vemos envejecer. De esos árboles que nos cobijaron de niños y testiguaron los primeros besos.

Si, ya me había pasado.

La ruptura voluntaria con todo y todos, el exilio.

Retornar a lo extraño y desconocido, las calles irreconocibles, las y los amigos que parecen extraños me sonríen y efusivamente me abrazan, al hijo que deje de niño mi mente traicionera no me deja verlo adulto. Lo veo, buscando el niño que deje hace tantos años y que ya no se le parece.

Recordé la historia de una madre española que al fragor de la guerra parricida  se separó de su pequeño hijo para salvarlo de una muerte segura, enviándolo a la URSS mientras ella se involucraba en la guerra que según ellos, iban a ganar para restaurar la Republica.
Perdieron.

La dictadura de Franco ensangrentó el país durante varias décadas. La mujer inmigro, salió de España mordiendo la frustración del vencido, Busco infructuosamente recuperar a su hijo. La cortina de hierro no se pasaba fácilmente. Documentos, fotos, papeles, no había nada para recuperarlo hasta que años mas tarde, la Cruz Roja le dio la buena noticia que su hijo había sido localizado. El encuentro se iba a realizar en México. Papeles, consultas, no se hacia prueba de ADN y finalmente la celebración del encuentro con la madre con su hijo.

La madre guardaba la memoria del pequeño de cinco años que había visto partir junto a miles de niños cuando la guerra civil española se intensifico. Su cerebro no estaba preparado ´para aceptar ese cambio que el joven había tenido sin su presencia. No habían recuerdos de pequeños detalles, de dientes caídos, de verlo dormir mientras crecía, de sus risa y travesuras, de la manita apretando la suya, del abrazo amoroso alrededor del cuello, de la cintura, de toda esa historia que llena los recuerdos de la vida para cuando llegue la vejez.

Ya en la cede de Cruz Roja en México, ante el asombro de todos,  la mujer empezó a gritar que ese no era su hijo, que se lo habían cambiado. Enloqueció ante la mirada atónita del hijo que tampoco la reconocia.

Me lo conto uno de esos niños que llevaron a la URSS durante la Guerra Fria. Victor le habían nombrado y que se hizo viejo sin nunca jamaz volver a ver a su madre. Victor me conto muchas historias de su historia como niño en el exilio, que el gobierno comunista se esmero en que no perdieran su idioma materno. Ellos recibían a los turistas de lengua castellana aunque para los soviéticos era un hobby aprender lenguas extranjeras.

La historia me conmovió hasta las lágrimas, tenía 17 años y me costaba imaginar que eso pudiera suceder, y las memorias, esas que llenan espacios de vida me llevaron a la inmensa tristeza que sentía de muy pequeña cuando me leían la historia de Bambi.

Mi hermana tres años más grande disfrutaba haciéndome llorar y buscaba los momentos precisos para leerme Bambi, (ella ya actuaba bien) poniendo énfasis en las palabras de la madre herida de Bambi que angustiada le pedía a su hijo que huyera antes que llegaran los cazadores. El bosque estaba en llamas.

¡Corre Bambi, corre !!

Y yo soltaba el llanto, mientras mi hermana gozaba.

Después me percaté de mi capacidad de premonición.

Ahora el exilio sigue siendo voluntario, separados de lo mas amado aunque la tecnología nos acerca sin abrazo, sin miradas tiernas. Y vamos a tener que reinventarnos en un mundo que esta cambiando ante nuestros ojos.

Inventaremos otra normalidad por ejemplo, la  de andar hambrientos. Con esa hambre que hace saltar los ojos, que quieren ver más conque poder aplacarla. Esa hambre que muchos no han sentido y que duele más cuando la sufren los hijos.

Aprenderemos a guardar una zanahoria, una cebolla, los dientes de ajo para hacer arroz de varios días. Esa normalidad que millones de pobres en el mundo viven ante la indiferencia de los privilegiados que podemos quedarnos en casa. La normalidad ya no será acumular, pues se van a ir escaseando los alimentos y será normal decidir en comer o pagar la renta, la luz o el internet, el pañal desechable, la coca cola, el tinte para el pelo.

Y durante varios años cambiaran las costumbres y crecerá la desconfianza, y nos apartaremos de los enfermos aunque sean nuestros hermanos, padres, madres. Si, cambiará la humanidad y quizás años después aprenderemos a vivir en sociedad y elegir no al brabucón, al incapaz, al mentiroso, al corrupto, mentiroso para que gobierne cada país. Aprenderemos a vivir en solidaridad, a compartir, a respetar.

Quizás nos depara un mundo mas justo, mas respetuoso que van a construir esos jóvenes y niños de hoy que quizás van a crecer y comprender que todo lo superficial de la vida nos condenó a desaparecer.


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