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De encuentros y reencuentros en la vida II
Por Nan Maria Chiqui Ramirez - Guatemala, 24 de agosto de 2022
ixlajuj@gmail.com

Parte II

Hay dolores del alma que siguen presentes. Quizás duelen menos con el tiempo, pero no se olvidan. Uno de mis dolores, fue y sigue siendo cómo, en muchos casos arrastramos a nuestros hijos a nuestra suerte.

Ese dolor de reencuentro tuve en Playa del Carmen Quintana Roo con una madre heroica y a su hijo que fue uno de mis alumnos cuando en medio de pleitos, logré la autorización para alfabetizar a Rosita, Mario, Julio, Güicho y Cornelio. Todos entre 6 y 9 años.

La represión del ejército de Guatemala había empujado a la población civil a incorporarse a la guerrilla huyendo de ser masacrados. Adultos mayores, mujeres y hombres jóvenes, niños abandonaron sus siembras, viviendas y se lanzaron a lo desconocido como refugiados en México en los años 1980s.

A través de la diócesis de Chiapas con Tatich Obispo Samuel Ruiz los refugiados guatemaltecos fueron recibidos en las fronteras de México pegadas al río Usumacinta. Muchos de los hombres refugiados decidieron regresar para pelear por su tierra, por su derecho a la vida. Querían impulsar la guerra. La mayoría de los hombres estaban dispuestos a morir peleando. La represión se había extendido a todo el país.

Los hombres tomaron primero la decisión de incorporarse a la guerrilla de FAR en Petén. Algunos, como Augusto de Jesús Monterroso Gonzales (Valenzuela) un 5 de julio de 1985 tomó a sus hijos Maynor (Julio 7), Esdras (Mario 9), Carlos (13), Guillermo (15) y Valente (17) para incorporarse a la guerra. La Madre Elena Morataya Cazun (Mabi) los siguió. No fueron los únicos que se incorporaron con sus hijos y mujeres.

Bajo un techo de palma sobre horcones empecé a darles clase aplanando la tierra para dibujar con un palo o con cenizas el mapa de Guatemala, las letras y lo que se podía, sus mismos cuerpos servían de ejemplo para que conocieran sus músculos y huesos.

Una semana recibían clase y otra cuidábamos de las siembras de maíz y frijol en los claros de la selva, combinando mi tarea de propaganda con Mabí, Celia, Hilda, Isaías (mi traductor Quekchí), Job (el guía y abastecedor) y los compañeros "políticos".

Fue el campamento de Ester, así conocido, donde los muchachos evadiendo al capitán Oswaldo, nos llevaban miel, ajos, tomates silvestres, comida que encontraban, algunas veces carne. Oswaldo les había prohibido pasar al campamento pues allí, Ester encendía fuego para calentar su comida al medio día y fumaba.

Los muchachos gustaban de pasar a conversar sobre política, hacer preguntas, discutir problemas y hablar con las compas.

El primer día de clase les indiqué la manera cómo un alumno debía pedir permiso para salir del grupo. Julio delgado, pálido, pero con una gran energía como los otros fue el primero en levantar la mano.

Compa Ester permiso para tirarme un pedo.

Compa Ester permiso para tirarle a la lagartija. Y sin esperar respuesta la piedra ya estaba sobre el pobre animalito.

En poco tiempo me convertí en la protectora de esos pequeños con los que compartimos sed, hambre, frío, calor, persecución. Me dolía mucho verlos allí cuando no sabían ni entendían el por qué y decidí hacerles la vida un poco más amable, tenían que aprender a leer, escribir, un poco de matemática, que amaran la lectura. hablábamos de animales y la pregunta de siempre con el hambre pegada a las tripas,

¿Y se comen?

Les contaba historias del Popol Wuj, y una tarde escuché a Rosita reírse a carcajadas. Entonces los preparé para que recrearan el mito de cuando, Jun B´atz y Jun Chowen quedan convertidos en monos porque la abuela Ixmukane no dejaba de reír a carcajadas. Cornelio y Güicho fueron Jun B´atz y Jun Chowen (y que aprovecharon para fumar). Mario y Julio Jun Ajpu e Ixbalanqué y Rosita la abuela Ixmucané. Se presentó la obra ante el capitán Oswaldo

En medio de la selva petenera Mabi tuvo a su último hijo. Parto difícil en el cual estuve presente con el temor de verlos morir.

Ambos sobrevivieron y una noche Mabi con su bebé en brazos fue puesta en la carretera, con indicaciones de esconderse si veía las luces de cualquier automóvil y que, amaneciendo, encontraría un rancho en donde iban a auxiliarla.

Sus otros dos pequeños hijos habían sido incorporados a las fuerzas guerrilleras como combatientes. Mario, Julio junto a Rosita, Güicho y Cornelio mis pequeños alumnos entre otros.

Y en este viaje a Playa del Carmen Quintana Roo reencontré a Elena Morataya Cazún (Mabí) la madre heroica y a su hijo Esdras Monterroso (Mario), ya adulto con los mismos lindos ojos de largas pestañas.

Madre e hijos han logrado encontrar tierra firme para sus pies, son pequeños empresarios exitosos, con una vida hecha, sanos y con ganas de vivir. Lo que me alegró sobremanera.

Recuerdo que leímos "El Viejo y el mar" me dijo Esdras después de abrazarme e introducirme en su lindo automóvil.

Pregunta obligada. ¿Y Julio? (Maynor Monterroso Cazun).

Murió me dijo Esdras. Después que usted salió del campamento. En 1987 llegaron de la fuerza principal a traer a todos los niños. Nos llevaron a Julio (9 años) y a mí (11 años). Mi hermano se asustaba mucho con los tiros (el ruido).

En 1992 cayeron en una emboscada. Julio dejó el fusil y tapándose los oídos salió de su parapeto caminando y lo mataron. Maynor Monterroso Cazun (Julio) tenía 14 años.

Recordé su carita embelesada cuando leímos juntos "El viejo y el mar" de Hemingway, la alegría de ver llegar a su madre cargando fruta, su sonrisa ante el plato de comida, su preocupación al verme postrada por la malaria. Su carita triste y sus ojos llorosos al verme partir. Los dos supimos que era la última vez que nos veíamos.

Pero lo que más me duele es pensar en el sufrimiento que lo hizo buscar la muerte para liberarse de esa cárcel verde en donde la vida de los niños no tenía valor para los "mandos". Murió Merly. ¿Qué pasó con Ruperto Jeny y muchos más?

Crecieron en la selva Camilo, el Gato, Tonito, Tania, Pavel, Mariita, Belarmino ...

La manera como Julio había muerto me dejó muda, mi corazón reencontró el dolor por esos niños en la guerra aquí en Guatemala, en Afganistán, la república Democrática del Congo, Irak-Irán, con los talibanes, con los sandinistas, en todas las guerras son víctimas de los odios adultos.

"Según la ONU son más de 250.000 y según Amnistía Internacional son más de 300.000 los niños combatientes, un 40% de ellos son niñas, usados en 86 países. En Darfur solamente son 6.000 los menores combatientes".3 Wikipedia.

Ninguna guerra justifica ese sufrimiento. Unos más otros menos, de todas maneras, los niños y niñas siguen sufriendo la violencia de las guerras y sus consecuencias.

Pero la historia no queda allí. Julio muere y Mario junto a otros niños siguieron siendo guerrilleros. Sin alimentos en pleno crecimiento adolescente Mario se deterioró. A sus pocos años los huesos afectados por la ropa siempre húmeda en los largos inviernos pluviales, se envejecieron al punto de no dejarlo caminar.

Todo me dolía. Me dejaban tirado en las caminatas y después me iban a recoger, me dijo.

Mabi se enteró de la situación de Mario, su hijo, y regresó de México a la selva de Petén a buscarlo.

Ya no nos sirve, le dijo Gary el oficial.

A mi si me sirve, es mi hijo le contestó la madre.

Esdras Monterroso Cazun (Mario) tenía 20 años

Y ayudada por el sacerdote belga José Hugo Marcelo Bruyere Doumont (Renato), logró sacarlo del Petén, atenderlo, curarlo, recuperarlo.

Ese mismo sacerdote Marcelo Bruyere que años antes de la desmovilización había asistido a Mabi cuando con su hijo muerto pedía auxilio a la orilla del rio Usumacinta. Después cuando salió de la guerrilla con su bebé en brazos y más tarde cuando sacó a Mario enfermo.

Como siempre que me encontraba en situaciones difíciles, aparecía el padre Marcelo para auxiliarme, comenta Mabi.

Los reencuentros con la tristeza siguen doliendo. Les seguiré contando.

 

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