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El pasaje
Por Mario Roberto Morales -Guatemala, 2 enero del 2005.

Mi mujer mató la última de las cucarachas que había escondidas en la cabecera de la cama. Se sentó sobre los dos colchoncitos que tenemos enrollados en un rincón del cuarto y comenzó a empolvarse los pies luego de haber hecho una bola con su par de medias. Yo acababa de salir del baño después de apagar el foco del techo y encender la lamparita anaranjada que tenemos sobre la mesa de noche. Terminé de leer mi libro y alcé los ojos para examinar distraídamente la habitación que adquiría, como todas las noches, una atmósfera extraña con el color incierto de la lámpara. Mis libreras se miraban lejanas, desvanecidas, los afiches en las paredes se borraban, y la figura de mi mujer, doblada por la cintura que le crecía cada vez más con los días, me la imaginé, sin motivo, sentada a la orilla de un río en algún lugar en el campo.

Es cosa de todas las noches esta tristeza a la hora de acostarse. Las ventanitas que hay encima de la puerta de calle no pueden abrirse y la ventana grande que se estira sobre la pared casi como la puerta, está cuadriculada por barritas de metal que la silencian. Es inevitable la sensación de encierro. Si abrimos el tragaluz del baño se meten los zancudos, por eso debemos soportar encerrados el calor del verano y el frío de diciembre y enero.

Mi mujer tomo de un rincón la bolsa con insecticida en polvo y regó pocos en los lugares que ella sabia; después encendió la estufa para velar a los zancudos que se entran quién sabe por dónde durante el día y se acostó junto a mi. Son estos edificios viejos. Cualquiera se enferma aquí. Todo el mundo pasa por la sexta avenida y se maravilla con sus correntadas de neón pero a casi nadie se le ocurre siquiera mirar hacia arriba, a la terminación de los edificios, débiles y trasnochados, vestidos a la última sólo en los primeros pisos, como tratando a la fuerza de doblar el tiempo, y menos es la gente que se adentra en el Pasaje Rubio Número Tres, donde todavía se respira el aire de principios de siglo en los pisos de torta incolora y fría, en los techos encontrados de vidrio opaco, en las mesas y sillas de hierro fuera de las cafeterías retorciéndose sobre el suelo e interrumpiendo suavemente el paso de los transeúntes, en los señorones de mirada triste situados frente a una tasa de café y montados sobre el humo lento de sus cigarrillos, en las verjas metálicas y caprichosas de los comercios, en la altura descomunal entre los pisos, en la torcedura tensa de las callejuelas y en la conformación triangular de los pequeños bloques. Casi nadie además de quienes viven allí o llegan a comprar ropa pasada de moda o alhajas baratas, transcurren el Pasaje, y se han acostumbrado ya al raro espectáculo de entrar al pasado por el lado de la novena calle o la sexta avenida y salir de nuevo al presente por el lado del Parque Central. Por las noches cuando llego de la universidad, sólo se mira uno que otro mendigo a quien tal ves quitaron su puesto de dormir en el Portal del Comercio, o todavía un vendedor de lotería en espera de algún borracho buena gente que le compre sus últimos billetes. Los sábados, cuando el Pasaje esta desierto y sus callecitas serpentean dormidas, se oye en todos los cuartos del segundo y el tercer piso el bullicio del bar El Portal, donde tocan tangos los viejos músicos de un conjunto de cuerdas que tiene un repertorio inalterado desde antes de tiempos de Ubico. En el segundo piso están los cuartos de treinta quetzales: pequeños, iguales todos, uno junto a otro, y los sábados es imposible dormir una siesta allí debido a la bulla que sale del bar alegrando todo el Pasaje. Estos cuartos están en muy mal estado. Se lo hemos dicho al dueño, pero el viejito nunca compone nada y sólo es bueno para cobrar y aumentar la renta. Anoche que vine de estudiar estaba lloviznando, y como el agua se entra por el tragaluz del baño yo corrí a taparlo con una tabla y me mojé todo el pecho; por eso me pica hoy la garganta, la siento áspera. El bañito es lo mas feo del cuarto. Para bañarnos, uno entra primero mientras el otro ataja el agua que se desparrama por la gradita y llega hasta los colchones; y es triste también que para el invierno la lluvia corra por las paredes mojando nuestros afiches. Quiero poner unas cortinas de color alegre en esa gran ventana, porque siempre se miran las sombras de los inquilinos que entran o salen, ya que la luz de los anuncios del primer piso resplandece toda la noche. Pero es lindo cuando la luna se sitúa de pura casualidad justo en el centro del vidrio de la ventanita de arriba. Se queda uno mirándola, tan sobria, tan bella, tan ajena a todo. Hay bisagras en la ventana grande; como que alguna vez hubo puertas de madera que evitaban el reflejo. De plano habrá que colocarle unas bonitas cortinas a esa ventana.

Aquella noche todo se veía más tranquilo porque llegamos tarde. No se oía el bullicio del cerrar de puertas corredizas ni los gritos destemplados de los mendigos insultándose. Todo era silencio. Ya estábamos acostados cuando mi mujer me apretó el brazo y me dijo en voz baja: "¡Hay un hombre pegado a la ventana!". Salté al mismo tiempo que apagaba la lamparita y, en efecto, la sombra bien recortada de un hombre alto se adhería al vidrio como tratando de escuchar algo. Nos quedamos inmóviles un instante como las cucarachas que matábamos noche a noche y, al sentir la oscuridad repentina del cuarto, el individuo se dio la vuelta. Cuando quedó de espaldas a la ventana, la culata y el cincho de un fusil aparecieron como fugándose de su cuerpo y el casco redondo se dibujó en la luz. Jalé a mi mujer con fuerza fuera de la cama, y luego me dio mucha pena haberlo hecho pero en un momento así a uno se le olvida que su mujer está embarazada. La metí al bañito, el único lugar donde podía uno protegerse en caso de que entraran balas por la ventana o por la puerta de madera vieja. Caminé, desnudo como estaba, hasta donde se miraba la sombra y arrastré con trabajo los colchones enrollados parándolos contra el centro de la ventana. Oía la respiración del soldado. Dejé los colchones como amortiguadores y regresé al baño. (Ni siquiera una maldita pistola). El piso estaba frío, yo ladeaba los pies y con la mano derecha empujaba a mi mujer hacia atrás para evitar que siguiera asomando la cabeza por la puertecita del baño. "Qué lugar ideal para que lo acribillen a uno", dije no sé por qué en silencio. Y mi mujer se puso a llorar de desconsuelo. Le pedí que se callara, que la iba a oír el soldado. Era extraño que por lo menos no hubiese ya tocado la puerta. Esto pasa por creer que a uno no le va a llegar nunca el día, pensé, y en eso oí la voz de otro soldado cuya sombra también vi entrar por el vidrio opaco que yo vigilaba con un solo ojo, ahora asomando media cara por el filo de la puertecita del baño... desnudo, queriendo detenerlos cuando tumbaron la puerta, caí al suelo empapado en sangre por los balazos que atinaron a darme en el pecho y en la cara: mi mujer salió del baño desnuda gritando mi nombre y queriendo abrazarme pero los soldados la agarraron: ella pataleaba, sus senos caían despacio sobre el brazo verde del uniformado y su vientre abultado se agitaba tímido entre los jaloneos. Yo ya no podía ver bien lo que pasaba porque, a pesar de que los soldados habían prendido el foco del techo, la sangre me caía en los ojos y sentía también su saborcito salado en la boca y todo se comenzaba a poner gris y mi mujer me miraba con una cara que me hacía imaginar mi aspecto ahí tirado, al pie de mis libreras, chorreando sangre por todos lados, manchándolo todo y con dos hoyos negros en un lado de la cara como de idiota, gimiendo palabras desconocidas y con los ojos enormes y oscuros como la sangre que no paraba de desconocerme más y más el rostro desvaído, perdiendo el sentido o la vida y pensando que no miraría ya más que oscuridad... En aquel momento me asusté mucho con los gritos de mi mujer, y más al escuchar las voces de los soldados afuera; sólo se me ocurrió agarrarla por detrás, taparle bien la boca y sujetarla duro en su zarandeo desesperado. "¿Qué tal te fue por aquí?", preguntó el soldado que llegaba. "Todo tranquilo", contestó el primero. Y claro, ahora que me acuerdo, el dueño de los cuartos me lo había dicho, pero fue hasta hoy, cuando venimos tarde, que nos pudimos dar cuenta: para evitar que los mendigos del Portal se acuesten a dormir en estos corredores, a medianoche siempre pasan haciendo la ronda dos soldados por acá. Eso fue lo que le estuve explicando a mi mujer hasta que amaneció para que volviera en sí. Pero ella, con sus ojos abiertos y su boca fruncida sólo me miraba como preguntándome por que no salía a matarlos.

Ya no tengo miedo de morirme. Creo también que es por la falta de miedo que no me he muerto todavía. Y el recuerdo del Pasaje se desvanece cada día más de mi memoria. Se tiene que desvanecer completamente.

Fuente: www.lainsignia.org


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