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Corrección política y rebeldía sesentera
Por Mario Roberto Morales -Guatemala, 5 de abril de 2005.

Discurso fascista y principios puritanos. He aquí el eje de la "corrección política" (CP). Lo fascista le viene de la intolerancia en nombre de la tolerancia. Y lo puritano, del carácter prohibitivo de las reglas que rigen, sobre todo, su sexualidad, pero no sólo su sexualidad, sino, en general, sus relaciones humanas, idealizando y victimizando a toda suerte de subalternidades, como las mujeres, los indígenas, los homosexuales y, claro, a ciertos "luchadores sociales" (en cuyo saco se revuelcan a gusto activistas de derechos humanos que trabajan a sueldo exclusivamente por los intereses de sus grupos, sin que les importen los derechos humanos de quienes perciben como opositores).

Es irónico (por decir lo menos) que la conducta "políticamente correcta" (PC) haya sido asumida por algunos ex rebeldes de los años sesenta, postulando que ésta constituye una especie de modalidad posmoderna de la radicalidad sesentera. La equiparación es absurda. A veces, esto se confunde por ingenuidad y a veces por desembozado oportunismo. Los valores progresistas y revolucionarios de los sesenta nada tienen que ver con la CP. Aunque la juventud sesentera -ahora lo reconocen quienes lograron conservar cierta lucidez- estuvo influida por la revolución mercadológica que convirtió a los jóvenes en el objetivo central del consumismo por medio de la publicidad desplazada hacia el ofrecimiento de la rebeldía, la ruptura generacional y la celebración de la desadaptación de la juventud respecto del sistema, fueron legiones de jóvenes los que llevaron a tal punto esa ilusión, que el resultado de sus luchas puede verse en los desenlaces del movimiento de derechos civiles estadounidense, en la victoria vietnamita, en los movimientos revolucionarios guevarianos (que luego fueron infiltrados y se corrompieron desde las cúpulas de dirigentes hacia abajo) y, en general, en los movimientos populares emancipadores que luchaban no por ser incluidos como usufructuarios de las negadas ventajas de un sistema que no se cuestiona (como es el caso de los "nuevos movimientos sociales" y el oenegismo), sino por cambiar el sistema emancipando no sólo al oprimido sino también al opresor. Esta dimensión utópica, marxista o no, convertía al rebelde sesentero en un idealista que, para bien y para mal, estaba dispuesto a sacrificar las ventajas que pudiera ofrecerle el sistema, en aras de hacer avanzar con su modesto concurso la lucha de liberación. Los mejores lo hicieron. Y la mayoría de los mejores murieron en la empresa.

Con todos sus defectos y errores, los valores sesenteros se ubicaron en la marginalidad del sistema y se perfilaron por ello como subversivos, lo que los hizo acreedores a la represión y el exterminio contrainsurgentes. La cultura rocanrrolera, que era una oferta de mercado, fue subvertida por las juventudes sesenteras del tercer mundo y convertida en marco de acciones armadas realizadas por muchachos menores de 23 años, como ocurrió en mi país. He aquí el punto crucial para definir como rebelde un movimiento o una conducta individual: su posicionalidad dentro o fuera del sistema, la cual está dada por el tipo de reivindicación y lucha que asume. Si la rebelión se circunscribe a opciones de mercado (modas y demás consumos "contestatarios", como la drogadicción suicida) esa rebelión no es tal. Acciones como las de Columbine y sus secuelas son síntomas del efecto de la ética del mercado en el espíritu de jóvenes a los que se les ha dicho que viven en la utopía realizada y, por ello, les han cercenado la posibilidad de un protagonismo de cambio en su propio futuro. Esas acciones no son subversivas, como no lo son las modas estrafalarias. En los sesenta se solía decir que los guerrilleros se rebelaban contra el sistema, mientras los jipis lo hacían contra su papá.

La transfiguración de los mandatos del mercado en rebelión genuina (fuera del sistema) en el tercer mundo, fue el eje de los valores progresistas y revolucionarios de los sesenta. De modo que no pueden compararse con los valores acomodaticios de la CP (respeto e inclusión de la "diferencia cultural" de los subalternos en las ventajas del sistema, de acuerdo a sus conveniencias), los cuales fortalecen a ese mismo sistema porque se trata de valores de una "rebeldía" financiada por la institución que es punta de lanza de los intereses globalizadores del establishment: la omnipotente y ubicua cooperación internacional. Ese financiamiento hace de esta rebeldía una mascarada dependiente. Y la dependencia del sistema no puede ser rebeldía porque no subvierte nada y porque no pasa de ser un vistoso baile de máscaras, un estridente desfile bufo, un carnaval debidamente normado por los convencionalismos puritanos y la intolerancia fascista del poder establecido.

Ojo: no se trata de idealizar los años sesenta ni mucho menos. Se trata de decir que hubo en esos años -en que el mercado no había cooptado del todo la posibilidad de la rebelión genuina (ajena al sistema y opuesta a él en la práctica)- una rebeldía que cumplió con el requisito que debe tener cualquier rebeldía para ser tal: el requisito de ser subversiva y, por ello, perseguida, lo cual la obliga a articular respuestas adecuadas para sobrevivir y multiplicarse, dando así lugar a la creatividad y al surgimiento de lo políticamente nuevo. En la actualidad, el mercado enajena al individuo de sí mismo y simultáneamente le brinda opciones para "rebelarse" contra eso. El veneno y el antídoto (que es una variante del veneno). Un juego de ilusiones, una casa de espejos en la que todos los reflejos le devuelven al individuo una sola y ridícula imagen: la imagen de un iluso consumidor.

Fuente: www.lainsignia.org


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