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¿Importa todavía escribir?*
Por Mario Roberto Morales - Iowa, EEUU, 10 de abril de 2005.

En el primer mundo

Ahora, cuando -a contrapelo de las guerras étnicas y santas, y de los fundamentalismos mercadológicos- la derecha todavía habla del "fin de las ideologías", tal vez convenga mencionar lo que cierta izquierda académica estadounidense percibe como "el fin de la literatura". Esto no se refiere a su supuesta cuanto dudosa finalidad, ni tampoco a su improbable finalización tantas veces vaticinada. Se refiere más bien al final de cierta literatura y, sobre todo, de ciertas funciones que la literatura cumplió hasta hace poco.

¿Cuál es entonces esa cierta literatura que, se proclama, ha finalizado? Pues -según cierta retórica posmoderna estadounidense-- es la que conformaba imaginarios nacionales e identidades diversas (femeninas, masculinas, patrióticas, etc.) cuando la cultura letrada (o de imprenta) era el medio de comunicación por excelencia y las novelas románticas o realistas, y sus heroínas y héroes, determinaban conductas y decisiones en los disciplinados lectores. De hecho -asienta esta retórica- las naciones se fundaron sobre bases literarias que expresaban ideales liberales en forma de proclamas, constituciones y novelas. Pero ¿por qué desaparece esta literatura o, mejor dicho, por qué la literatura deja de cumplir estas funciones fundacionales de fijar identidades personales y nacionales? Bueno -afirma la academia hegemónica-, porque la letra y la cultura letrada dejan, a mediados del siglo XX, de ser el vehículo de comunicación y cohesión social por excelencia al ser desplazadas en esta función por los medios audiovisuales masivos.

Este hecho dramático (que, curiosamente, no por responder a una retórica académica deja de tener mucho de verdad) implica también, automáticamente, un desplazamiento violento de la función del escritor en la sociedad, quien, de ser un conductor de pueblos, un fundador de naciones y un orientador de masas, pasa a ser una pieza más en vastísimos engranajes de confección de discursos masivos, y se convierte en guionista de telenovelas y documentales, en columnista de periódicos, reseñador de libros y películas, comentarista político, y en novelista o teatrista de entretención, escribiendo con la esperanza de que la industria cinematográfica se fije algún día en sus historias. Con la desaparición de la literatura como ejercicio fundacional o transformacional de naciones, imaginarios e identidades nacionales, étnicas y culturales desaparece también el escritor como demiurgo, y su mitología se hace pedazos contra los invisibles muros del relativismo posmoderno.

En este panorama, resultan hoy más cómicas que nunca ciertas aseveraciones que intentan mitificar al escritor diciendo que escribir es un acto subversivo o que ser escritor es un riesgo en sí mismo. Sobre todo cuando el mercado se encarga ya de comercializar todas las formas posibles de disenso y protesta en la sociedad de consumo, y el escritor escribe para el mercado porque si no lo hace es como si no existiera, ya que el mercado maneja los circuitos de crítica, impresión y circulación de las obras literarias. El mito del escritor y el escritor como mito, pues, se acabaron. Y con eso se acabó la literatura solemne, incluso en sus versiones vanguardistas. La consigna actual de los espíritus rebeldes pareciera ser: "¡Haga rentable su disenso e inconformidad!".

Procedería ahora preguntarse qué clase de escritor y qué tipo de literatura nos quedan a los adictos a ese ejercicio aparentemente obsoleto de empalabrar la realidad. Y al respecto pienso que el entertainment value (o valor de entretención) que actualmente tiene que tener cualquier producto estético para que pueda acceder al mercado, lejos de ser motivo de rechazo debería ser ocasión de reto para los escritores que todavía creemos que es posible --no transformar la realidad por medio de la literatura, pero sí-- transformar la manera de percibir la realidad en la conciencia de los lectores. Y pienso que lo mismo puede ocurrir con los géneros de éxito masivo, como el melodrama en todas sus formas (canciones, telenovelas, etc.) y con el periodismo. El reto consiste en usar los dispositivos de éxito masivo sin caer en la masificación, que es en lo que caen, casi sin excepción, quienes han adoptado la fórmula propuesta. Ya sé que la literatura ha sido siempre una producción y un consumo de minorías y que el inútil intento de convertirla en un fenómeno masivo nos dejó amargos saldos, como el del realismo socialista (que, como decía el gran ensayista y poeta guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón, ni era realismo ni mucho menos era socialista), y ya sé que la hibridación de géneros tiene antecedentes venerables como el de Norman Mailer, John Reed, Carlos Castaneda o el mismo Cardoza. Pues bien, tomando en cuenta lo anterior puede decirse que en esta época en que las minorías también están masificadas, si queremos que la literatura siga existiendo aunque sea como un ejercicio de minorías, es necesario insertarla, por paradójico que pueda parecer, en los modos de producción y consumo audiovisuales y de ubicarla en el centro del gusto de las masas. Todo con el objetivo de que acceda al mercado, ya que lo que actualmente está fuera del mercado, está fuera de la realidad, es marginal y, por tanto, inefectivo. Una actividad fuera del mercado ya no entra ni siquiera en la categoría outsider de los años sesenta, sino en la categoría de la simple y llana nulidad comunicacional. Es triste e incluso insultante que así sea. Pero así es.

Para ilustrar los estragos que ha hecho el mercado no sólo en la literatura sino en las personas que no se ocupan de ella, quisiera volver sobre la idea de que en esta época hasta las minorías están masificadas, y para ello voy ilustrar el hecho con un elenco de actitudes adocenadas que muchos asumen como individualísimas. Así, cuando alguien dice que su escritor favorito es Borges, uno ya ni siquiera piensa en la cursilería que implica hablar de escritores favoritos sino en la sentida lamentación de Cioran cuando dijo que la peor desgracia para un escritor como Borges era precisamente su vulgarización o popularización. En su momento, eso ocurrió con Carpentier y García Márquez. El primero tuvo la fortuna de regresar a los círculos de iniciados. El otro no. Por algo será. Ojo, que estamos hablando de hacer sobrevivir la literatura como propuesta estética y no de ser escritores para masas o para minorías marginales. Entonces, pues, actitud masificada es colocar una litografía de Frida Kahlo en medio de la sala y dejar a la vista un CD de Vivaldi junto a una edulcorada figurilla de Lladró o Limoges, todo sobre una vieja puerta que ahora funje como mesa, y al tiempo colocar junto a un cenicero de Murano un bíper, un teléfono móvil y una pluma Mont Blanc después de descender de un vehículo de vidrios polarizados, con zapatos Die Hard y pantalones Tommy Hilfiger. Esto nada tiene de exclusividad individualista aunque quienes lo practiquen pertenezcan a elites cualesquiera. Al contrario, son gestos masificados por un consumo genéricamente inducido.

En cuanto a la literatura, ocurre lo mismo que con pasa Borges como "escritor favorito" cuando se proclama (como prueba de buen gusto) que se lee a señoras que tenían abuelitas que volaban o tías cuyos hijos lloraban en su vientre y que seducían a los galanes de la época con sus exquisitos platillos, o abuelos que ganaban batallas y preñaban mozas de finca iniciando así ciudadanías enteras. Lo mismo ocurre con todo el menú de actos de prestidigitación "macondizada", dirigido a satisfacer lo que ciertos europeos y estadounidenses quieren infructuosamente que sea la América Latina: un lugar mágico, poblado por personas raras y divertidas. Ante este "síndrome de Macondo", ¿quién dijo que las pretendidas elites no estaban masificadas? Cioran tuvo razón respecto de la tragedia de Borges. Tragedia a la que se dirige peligrosamente Monterroso también; y uno piensa: ¿no será que la popularización de una literatura supuestamente elitaria nos puede hacer concluir en que lo elitario de esa literatura es del todo aparente, y que está más cerca del simulacro que tanto gusta a las masas que de la originalidad sesuda que tanto atrae a las elites? Borges ya no puede contestar a la pregunta. Pero nosotros sí tenemos que buscarle respuesta.

¿Valdría la pena iniciar una especie de masonería de la literatura para preservar sus logros e incrementarlos a fin de convertirlos en herencia para la posteridad pos-posmoderna, tratando de que estos logros se mantengan, en lo posible, incontaminados de popularidad y masificación adocenadas? ¿O conviene tal vez estudiar el fenómeno de la popularización para buscar formas de introducir en ella mensajes que desmasifiquen a las masificadas elites? En este caso, se trataría entonces de ubicarse en la masificación para introducir en ella mensajes individuales de conciencia crítica, y no de masificar el propio mensaje. La opción anterior, por el contrario, implicaría encerrarse en una elite clandestina que practique la "alta" literatura en secreto, esperando mejores tiempos de la humanidad. En ambos casos, la búsqueda de caminos alternativos a la solemnidad literaria decimonona y vanguardista es necesaria si no se quiere ser un simple ingenuo.

Por todo lo dicho, parecería que escribir sigue siendo importante en el primer mundo, siempre y cuando se escriba para el mercado. Si no se escribe para el mercado, el talento permanece encerrado en cenáculos cada vez más reducidos en los que unos a otros se leen sus solitarias creaciones, dándose así la ilusión de que ellos y lo que escriben es, de algún modo, importante.

Examinemos ahora el asunto desde una perspectiva tercermundista, a ver si la importancia o la falta de importancia de escribir es diferente.

En el tercer mundo

Lo peor que puede ocurrirle a alguien que escribe es que no lo lean. Por eso, escribir en un país en el que no existe un mercado de lectores y en donde el analfabetismo (real y funcional) es la norma y no la excepción, no tiene mucho sentido y resulta ser una actividad bastante absurda y humillante por ignorada. Además, algo de lo más grave que puede ocurrirle a quien escribe es que editen mal sus obras. Por ello, escribir en un país en el que la actividad editorial carece de profesionalismo porque generalmente son mecanógrafos los que se encargan de copiar los textos y de hacer el diseño de paginación, y son impresores lo que hacen las ilustraciones de carátula, tampoco tiene mucho sentido e igualmente resulta ser una actividad bastante absurda, además de denigrante, por la pésima calidad en su presentación, a la que suele añadirse un mediano interés literario debido en parte a la falta de círculos de tertulia, crítica y comentario.

Por si esto fuera poco, algo de lo más frustrante que puede ocurrirle a alguien que escribe es que su obra --mal editada-- no se distribuya entre el puñado de lectores locales y mucho menos entre los internacionales. Por lo tanto, escribir en un país en el que las editoriales no le dan tratamiento mercantil al libro literario ni le aplican técnicas de mercadeo y promoción sino lo embodegan como artículo suntuario para perfilarse a sí mismas como espacios de mecenazgo y filantropía, de nuevo no tiene mucho sentido y otra vez resulta ser una actividad bastante absurda, además de frustrante por no remunerada. Las honrosas cuanto parciales excepciones sólo confirman -como siempre- la regla.

¿Cómo puede ser importante (es decir, útil) un escritor en un país en el que la lectura no existe ni se fomenta como actividad humana? Es por todo esto que frecuentemente ocurre que los escritores abandonan prematuramente la literatura, en vista de que la literatura -es decir, los lectores, los críticos, las editoriales y las librerías-, los ha abandonado a ellos antes de que nazcan como escritores, orillándolos a la ridícula suerte del narcisismo "vocacional" y "comprometido" de la marginalidad.

Sin embargo, hay una especie en vías de extinción que insiste en seguir escribiendo a pesar del mercado; ese mercado que exige escribir como García Márquez e Isabel Allende para que las obras se aseguren el mercado de lectores "macondizados". Es la especie de escritores que se dan cuenta que todavía tienen un enorme trabajo que hacer en sus países, no sólo escribiendo sino impulsando proyectos educativos y campañas políticas en contra de la corrupción y la impunidad de los políticos. Es la especie de escritores que han hecho del periodismo un arma de concientización inmediata, en vista de que sus novelas se publican, venden y digieren mucho más lentamente que sus artículos de prensa. En fin, son los escritores que buscan todavía formas originales para la novela y el ensayo, y que siguen dotando a sus países de una tradición literaria en la que algún día, cuando los fundamentalismos etnicistas, feministas y mercadológicos sean hechos a un lado, sus pueblos usarán para reconocerse a sí mismos en perspectiva histórica. Es la especie de escritores que trabajan en y con el "atraso" como materia prima de su estética y su política, contradiciendo con ello la retórica conformista de los medios audiovisuales masivos.

Pero a esta especie de escritores se les presenta el siguiente problema:

¿Qué hacer frente al embate de las modas y las mercancías simbólicas que nos vuelcan sobre la cabeza? Definitivamente no pueden dar la espalda a los cambios ni a las novedades, pues el precio de ser reaccionario es el atraso verdadero. A propósito, como parte que somos del tercer mundo, a los latinoamericanos se nos considera "atrasados". Nuestro "atraso" lo mide el primer mundo según los bajos índices de industrialización y riqueza. Por eso, la modernidad sigue siendo el paradigma que anima los planes políticos de los países "atrasados", ya que se piensa, o se nos hace pensar, que siguiendo el ejemplo de los países modernizados llegaremos a ser felices. Ocurre sin embargo que si vemos los índices de suicidio, enfermedad mental, alcoholismo y drogadicción en esos países, nos damos cuenta de que la modernidad que han alcanzado ha implicado soledad, angustia y desequilibrio emocional. Ahí está Columbine, para sólo mencionar un caso. ¿Por qué ocurre esto? Pues de seguro porque una sociedad que alcanza su riqueza mediante la conversión de sus ciudadanos en consumidores disciplinados, tiene que hacer de la publicidad y el mercadeo el sustituto del conocimiento y el discurso analíticos; y de la literatura light el sustituto de la literatura crítica, vaciando así la conciencia de su sujeto y condenándolo a la soledad, la angustia existencial y la desorientación moral. Si no lo hiciera así, sus ciudadanos serían plenamente concientes, no sucumbirían a los espejismos del consumismo, y la economía y la modernidad se hundirían en lo que se suele llamar el subdesarrollo. El precio que la modernidad ha pagado por su riqueza es, pues, la bancarrota espiritual de sus habitantes. ¿Es esta la modernidad que queremos para nuestros pueblos tercermundistas? Y si no lo es, ¿qué podemos hacer para lograr otra clase de modernidad? Este es un dilema real para los escritores que todavía escriben para articular una columna vertebral cultural en el cuerpo de sus pueblos "atrasados"

Probablemente hayan ustedes observado que las personas que viven en el llamado "atraso" se relacionan entre sí con soltura (ya sea para amarse u odiarse) y no sufren de exceso de estrés. Esto se debe al simple hecho de que involucran su emocionalidad en lo que hacen, debido a que las conductas humanas en el "atraso" todavía no se encuentran programadas en razón del consumo, y por eso no tienen que esperar a estar en un lugar de entretención para sentir y manifestar que se divierten. En los países modernizados, desarrollados o "adelantados", las actitudes están, por lo general, muy mecanizadas, y la emocionalidad de quien las realiza no se involucra en ellas ni mucho menos en la emocionalidad del prójimo, de modo que a un mesero, a una taquillera o un portero de hotel le importa poco la suerte de su cliente porque sólo se relaciona con él como cliente y no como persona. Y lo mismo puede decirse de trabajadores profesionales como los médicos, los abogados y los educadores. En la modernidad uno es un engranaje en una maquinaria de producción y consumo, y en ella la emocionalidad es algo secundario y sólo útil para ser conmovida mediante un anuncio de televisión en la que se sugiere financiar la educación de un huérfano del tercer mundo o donar dinero para la investigación médica sobre alguna enfermedad. En los países "adelantados" el enanismo emocional producido por la programación mercantilizada de la personalidad se traduce en inseguridad y paranoia, debido a que la emocionalidad se inhibe constantemente en aras de la eficiencia y el desempeño regulado.

Así las cosas, nuestro "atraso" nos ofrece la enorme ventaja de que, en él, la comunicación entre las personas está más viva que en los países modernizados o modernos, y eso implica que las relaciones entre los seres humanos son más genuinas e intensas, y por ello hay menos soledad, menos angustia, menos estrés y más calor humano en las relaciones sociales. Esto debería implicar que la gente fuese más sensible a la literatura, pero desgraciadamente el "atraso" o la premodernidad como espacio de comunicación humana, no anula la violencia, la corrupción y la impunidad políticas, el subdesarrollo económico y cultural, y menos aún la invasión de las corporaciones transnacionales que desnacionalizan la economía y la cultura.

A pesar de esto, el "atraso", es decir, la ausencia de una modernidad basada en la eficiencia que mata la comunicación en una sociedad ordenada y disciplinada para el consumismo y, por ello, convenientemente segmentada, hace que la adicción al entretenimiento vacío y las técnicas educativas subsidiarias no tengan los mismos efectos que en el primer mundo y las masacres de escolares a manos de escolares sea todavía algo impensable en nuestro medio. Lo cual no quiere decir que sea imposible, ya que la "educación intelicida" avanza junto con la globalización y está metida en nuestros hogares mediante la televisión, los videojuegos, las revistas de "celebridades", la música ligera y todo lo que la industria del entretenimiento pone en las manos de nuestros niños y jóvenes para mantenerlos con la mente en blanco. La literatura, en este ámbito, no tiene ninguna cabida, a no ser que se trate de libros de autoayuda y "superación", en los que se enseña al lector a adaptarse a un mundo que lo vuelve una tuerca de un engranaje encajado en otros engranajes, y a ser feliz de vivir en lo que se le plantea como el mejor de los mundos posibles.

Si queremos una comunidad de ciudadanos concientes que coadyuven a construir un mundo intercultural justo en el que la modernidad no se pague con el precio del intelicidio, tenemos que involucrar nuestra emocionalidad en la educación de nuestros niños y jóvenes. Los maestros tienen que sentir sinceramente lo que dicen y hacen en el aula porque son ejemplo para los educandos. Los padres de familia tienen que sentir sinceramente lo que dicen y hacen en el hogar porque son los modelos de sus hijos. No nos esforcemos por construir un "sistema" educacional contrario a la educación intelicida. A ésta sólo hay que oponerle el compromiso humano genuino mediante el involucramiento de la emocionalidad en el acto educativo, la enseñanza de valores positivos relativos a la solidaridad y el amor humanos, y la disposición incondicional para hacer de nosotros mejores hombres y mujeres, ya que para transformar a los jóvenes debemos antes transformarnos a nosotros mismos. Con estas premisas en mente y una práctica educativa honesta, podemos hacer del "atraso" la gran ventaja no sólo en las sociedades subdesarrolladas sino también en las sociedades modernas, salvando así a nuestras juventudes de la paralisis de la mente en blanco. En esta tarea, creo, puede jugar un gran papel la literatura, la escritura honesta y crítica, objetiva y ecuánime.

El primero y el tercer mundo no viven aislados. Con la gran ofensiva globalizadora del neoliberalismo a partir de 1990, las relaciones entre ambos son cada vez más intensas y conflictivas: la inmigración ilegal, los estudios que sobre el tercer mundo se realizan en el primero y las respuestas que obtienen de su "objeto de estudio", la mercantilización de la academia y de la escritura crítica en forma de toneladas de "papers" para congresos diversos, la literatura light para el mercado de lectores de prisa que se impone sobre las literaturas nacionales y, en fin, las relaciones asimétricas entre los países ricos y los pobres, plantean a los escritores de ficciones y de ensayos críticos la tarea enorme de desentrañar los verdaderos significados que rijen las actuales relaciones sociales entre individuos y entre países, de modo que una "literatura de la globalización" que no pierda sus características locales y que aborde los problemas globales es el gran reto de la especie de escritores que no renuncian a la literatura y que, por el contrario, quieren seguir haciéndola avanzar en sus posibilidades estéticas.

La ensayística crítica sobre la literatura y la cultura, y los géneros literarios en general, tienen ante sí el inmenso reto de articularse como una expresión original, no sujeta a modas académicas para congresos y escalafones profesorales. De modo que se trataría de escribir para elucidar problemas y no solamente para el tenure track o el resumé. Escribir es enfrentar la propia conciencia consigo misma: con sus posibilidades éticas y morales. Escribir es forjarnos a nosotros mismos como seres humanos pensantes y autocríticos. Y la crítica es, como decía Martí, el ejercicio del criterio. Sin ese ejercicio, nuestra humanidad se ve disminuida. En tal sentido, escribir sigue siendo importante en el primero como en el tercer mundo, aunque las razones de esa importancia hayan ido cambiando con el tiempo. Si nos ponemos a pensar en que tenemos que revertir la educación intelicida y consumista, nos resultará obvio que escribir importa todavía. Yo diría que ahora más que nunca.

Probablemente a algunos estas palabras les suenen cursis, y eso me incluye a mí. Después de todo, mi primera imaginación fue moldeada más por Hollywood que por éste o aquél escritor. Pero a quienes sientan que aquí hay algo de cursilería les digo que sería bueno que revisaran cuántas palabras pueblan su léxico cotidiano. Si no llegan a cien -que es lo más probable-, seguramente les convendría ver un poco menos de televisión y leer un poco más de literatura o periodismo. Y, de ser posible, empezar a escribir un diario o continuar el que dejaron trunco cuando perdieron el recuerdo de sí mismos.

Coda

Este ha sido el discurso de un escritor tercermundista hablándole a una audiencia del primer mundo. Espero de verdad que las pocas y sencillas ideas que lo conforman nos ayuden a todos a involucrar nuestras emociones y sentimientos en la común tarea de humanizarnos y de humanizar nuestras relaciones sociales, independientemente de que hayan sido moldeadas por el mercado en sus múltiples manifestaciones. A propósito, debo aclarar que no estoy en contra del mercado como tal. Estoy en contra del mercado como el único regulador de nuestra vida económica, social y emocional. Si ésta les resulta una idea desagradable a algunos, entonces soy un individuo desagradable. Si les parece una idea democrática, pues soy un individuo democrático. Si les parece una idea radical, soy un radical. Y si les parece una idea loca, entonces estoy loco. En todo caso, como decía John Lennon: "I'm not the only one". Pero si a alguien aquí le parece que esta idea tiene algún sentido, entonces me considero un afortunado escritor del tercer mundo, hablándole a una espléndida audiencia del primero, a la que no me resta sino darle las gracias por estar conmigo aquí el día de hoy.

(*) Este texto fue leído como conferencia en la University of Northern Iowa el 29 de marzo de 2001, con ocasión de la edición correspondiente del congreso anual denominado "Celebrating Critical Writing Conference".

Fuente: www.lainsignia.org


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