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Invención de la monogamia y Privatización de la poligamia
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 14 y 25 de mayo de 2005.

La Revista Albedrio.org recopila para sus lectores dos artículos del escritor Mario Roberto Morales que aparecieran en dos diferentes medios. El objeto de reunirlos se explica facilmente por su contenido.

Invención de la monogamia

Dicen que en los dorados tiempos del matriarcado, a nadie podía importarle quién era su padre porque la intensa práctica poligámica de las madrecitas impedía que hubiese manera de saberlo. Luego de que el primigenio conocimiento de las bromas pesadas que suele jugarnos la genética determinara la instauración del tabú del incesto, las tribus se reunían (a menudo después de guerrear por territorios) para intercambiar mujeres, lo cual ocurría mediante alegrísimas y prolongadas bacanales que aseguraban el nacimiento de niños sanos y sin los defectos que acusaban los que eran engendrados y concebidos entre familiares dentro de la cerrada comunidad tribal.

Dicen también que la monogamia se convirtió en una forma predilecta de castigo que se aplicaba a quienes violaban el tabú del incesto, encerrándolos en un hogar, condenados a tenerse sólo el uno al otro, mientras los demás se dedicaban aplicadamente a engendrar y concebir niños bellos, fuertes y sanos.

Se afirma que cuando los hombres fueron capaces de acumular riqueza, empezaron a preocuparse por la transferencia de sus bienes a la hora de su muerte, y decidieron que dejarían su herencia sólo a quienes fueran hijos suyos. Para asegurarse de que esto ocurriera así, hubo necesidad de que la poligamia no fuera practicada más que por los hombres, de modo que éstos inventaron la familia y, con ella, la virtud femenina de la virginidad como un valor que enaltecía a la mujer como un ser sacrificado, haciéndola receptáculo de la bondad, la belleza y la abnegación. La familia fue, pues, la institución que viabilizó la continuidad consanguínea de la propiedad privada. Y la mujer, el pivote crujiente sobre el que se erigió el yugo de la familia. El patriarcado nacía y el matriarcado moría.

De aquí, que se afirme también que la monogamia como conducta socialmente aceptada y buena es reciente en la historia de la humanidad, al igual que el patriarcado, la familia y la misma propiedad privada. No se trata de disposiciones divinas sino de construcciones ideológicas para perpetuar una forma de poder. Por ello, quienes transgreden estas instituciones y sus correspondientes moralidades, son considerados inadaptados o antisociales, y se les castiga con la pena de la marginalidad respecto de lo bueno, lo bello, lo civilizado.

Si todo lo que se dice fuera cierto, habría que aceptar que los instintos se hallaban en mucha mejor situación social en tiempos del matriarcado que en los del patriarcado, ya que, ahora, los mismos deben ejercerse en forma oblicua y clandestina, lo cual los impregna de un inmerecido tinte de ilegitimidad que siempre viene asociado a la culpa, haciendo del seguimiento de los pasos de la naturaleza un delito en contra de la civilización.

Por eso suele afirmarse también que la civilización se opone a la naturaleza, a los instintos, al impulso, ya que pretende normarlos y ordenarlos, lo cual equivale tanto como a parar el caudal de un río con las manos o a impedir el crecimiento de una raíz de árbol con un vulgar bloque de cemento.

Siguiendo esta lógica, la asociación del ejercicio de la poligamia con la culpa quizás vendría a ser la perversidad más grande que ha perpetrado la humanidad en contra de sí misma. Por lo cual, la religión, la política, el mercado y las ideologías (es decir, la civilización tal como la conocemos) no pueden jamás ser instrumentos de emancipación del tribalismo caníbal que impera en el siglo XXI, pues es obvio que un tribalismo sin matriarcado no puede ser un tribalismo feliz. Esto, debido a que la necedad egoísta de querer estar seguros de su paternidad, hace de los hombres los respetables caníbales de la actualidad, considerados por el vulgo tanto más virtuosos cuanto más legitimados sean por la religión, la política, el mercado y las ideologías.

La inútil obsesión monogámica vendría a ser entonces uno de los inequívocos signos de la decadencia de las civilizaciones actuales. Pero lo más sorprendente no es esto, sino lo increíblemente hermosa, placentera y plausible que resulta ser la obvia solución a nuestros males, así como el carácter terriblemente absurdo y suicida de la aplicada renuncia que a esa solución hacen, con lujo de cotidiana impudicia, los respetables hombres y mujeres de buena voluntad.


Privatización de la poligamia

No fue sino hasta que los hombres pudieron acumular riqueza que se preocuparon de heredar sus bienes a los hijos, asunto que los llevó a crear mecanismos para cerciorarse de que esos hijos fueran en efecto suyos y no ajenos. Antes de que la acumulación de riqueza fuera posible, todos sabían quién era su madre y a nadie le importaba quién era su padre, ya que al declarar treguas en sus conflictos bélicos por territorios, las comunidades tribales se reunían para intercambiar mujeres en prolongadas y alegres bacanales, asegurándose así la procreación de niños sanos y sin las deformidades de los que eran concebidos dentro de la estrecha consanguinidad tribal. Quién era el padre de las criaturas importaba, pues, muy poco. Por eso, el parentesco se establecía en forma matrilineal y la monogamia era un castigo para quienes violaban el tabú del incesto. Se vivía en pleno matriarcado.

Los mecanismos de aseguramiento de la paternidad empezaron con la invención de la familia, que resultó del surgimiento de la apropiación privada (heredable) del excedente producido en sociedad, y del Estado como institución legitimadora de este modo de dominación de minorías. Las formas de organización social comunitarias cedieron paso, pues, a formas de organización estatales que sirvieron para legitimar tanto la propiedad privada de los hombres, como la institución masculina de la familia, la cual consistió en un confinamiento en el que las mujeres tuvieron que especializarse en el cuidado del hogar y de los hijos. Al ser ellas el pivote de la familia como institución que garantizaba la preservación del parentesco patrilineal, los hombres tuvieron que inventar una ideología y una moral que idealizara la condición oprimida de las mujeres, y les adjudicaron virtudes que no tenían ni deseaban, como la castidad, el recato, la virginidad, la abnegación y el sacrificio. Había nacido el patriarcado.

Junto al surgimiento de la propiedad privada, la familia y el Estado, aparece la monogamia como un valor masculino impuesto a las mujeres para garantizar que los hijos fueran propios y así poder heredarlos. Y aunque los hombres adoptaron también la restricción monogámica, no asumieron las obligaciones familiares que garantizaban su cumplimiento, asunto que tornó la monogamia en un valor público y la poligamia en una práctica privada para ambos sexos, cada uno ejerciéndola según las posibilidades que le brindaba su posición subordinada o dominante en la sociedad.

Tanto la propiedad privada como el Estado acusan, pues, los mismos orígenes y los mismos mecanismos coercitivos para reproducirse. Por lo que resulta vano contraponerlos -como hacen los neoliberales- adjudicándole a la primera la virtud de ser un mecanismo de producir riqueza en forma legítima, libre y buena, y al segundo el estigma de apropiársela mediante la ilegitimidad del robo, como si ambas instituciones no hubieran surgido de la misma necesidad ni su reproducción siguiera rigiéndose por su interdependencia.

Es por ello obvio que el objetivo de los neoliberales es privatizar el Estado reduciéndolo a una oficina gerencial que incremente "legalmente" los negocios de la tribu oligárquica, mientras mantienen sus coercitivas instituciones hermanas (la propiedad privada y la familia) tan intactas como la virginal concepción que tienen de la esposa ideal. Es de suponer empero que, como buenos abogados de la libre empresa, consideren los servicios poligámicos de la prostitución voluntaria un negocio privado tan legítimo y bueno como consideran, entre otros, la venta libre de armamentos militares a consumidores civiles.

Fuentes: www.mexico.com y www.lainsignia.org respectivamente


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