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El liberalismo y la creación de riqueza
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 22 de junio de 2005

La afirmación de que la única manera de erradicar la pobreza es creando riqueza, me parece irrebatible. ¿Cómo oponerse a que un país genere riqueza, si eso implica el surgimiento de nuevas empresas y nuevos empresarios, y también de nuevas fuentes de trabajo y nuevos asalariados que con sus ingresos estimularían los circuitos de producción y consumo de mercancías, forjando así un mercado interno vigoroso que desembocaría en un crecimiento económico general? Habría que estar loco para oponerse a semejante cosa. Quizás fue entonces una locura derrocar a Árbenz en 1954, puesto que eso era justamente lo que él quería hacer. Ocurrió empero que quiso hacerlo a partir de una reforma agraria que expropió tierras ociosas indemnizando a sus propietarios, y esa medida fue considerada "comunista" por la oligarquía y por Estados Unidos. El resto es dolorosa, frustrante y vergonzosa historia.

El obstáculo para que la afirmación mencionada se haga realidad, surge cuando la propone la oligarquía pensando que sólo su grupo de familias propietarias de medios de producción es el escogido por el destino para crear la riqueza que erradique la pobreza. Ha tenido casi dos siglos para lograrlo y no lo ha hecho porque las medidas que adopta para asegurarse el monopolio de esta tarea, consisten en impedir que nuevos empresarios y nuevas empresas, fuera de la férula oligárquica, surjan produciendo la nueva riqueza, con lo que (sin competencia a la vista) se da todo el tiempo del mundo para impulsar o no iniciativas modernizadoras, provocando así el atraso que nos agobia.

Un sector moderno de esa oligarquía, imbuido de ideología neoliberal, también repite que la pobreza sólo puede erradicarse creando riqueza. Los empresarios que lo conforman tienen un horizonte un poquito más amplio que el de sus padres y abuelos oligarcas, pero, deslumbrados como están por las modas teóricas neoconservadoras, creen que la creación de riqueza sólo puede lograrse privatizando el Estado como regulador de ciertas actividades económicas y servicios sociales, y trasladando el control de la economía y la política a una iniciativa privada oligárquica y paraoligárquica.

La propuesta liberal (no, neoliberal) consiste en crear riqueza produciendo más empresarios y más empresas, ampliando hacia las capas medias esta función y no restringiéndola al círculo oligárquico; también, en reconocer en el Estado a un ente regulador de la política y la economía cuya función primordial es velar por la vigencia del libre mercado, en contra de toda suerte de prácticas monopolistas. La propuesta neoliberal consiste en ampliar, sí, el pool de empresarios, pero sólo dentro de la esfera de los parientes sanguíneos y políticos de la oligarquía, y en reducir el Estado a una oficina gerencial que haga cumplir "la majestad de la ley" de sus negocios y las "reglas claras" (libres de restricciones estatales) que los rigen y que imponen ellos mismos.

Si la agenda liberal (no, la neoliberal) se llevara a sus últimas consecuencias consolidando una democracia radical que impulsara la expansión de las capas medias mediante la creación de nuevos empresarios y nueva riqueza, la convergencia política brotaría espontánea en torno a un interés nacional por el que todos nos abocaríamos a la noble tarea de erradicar la pobreza por esa vía, y el país -que cuenta de sobra con la gente y los recursos para lograrlo- podría finalmente despegar dejando atrás su frustración y su amargura. El único obstáculo está a la vista. Es viejo por oligárquico, y nuevo por neoliberal.

Fuente: www.lainsignia.org


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