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Obertura para sordos
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 19 de julio de 2005

Sordos aplaudiendo la excelencia musical. Ciegos aplaudiendo la calidad cinematográfica. Analfabetos aplaudiendo el virtuosismo literario. Ignorantes aplaudiendo los aportes científicos.

Se explica que, debido a que las formas de organización humana han requerido de conjuntos de valores insuflados desde fuera a las masas por parte de las elites de poder, "los hombres -como dice Schopenhauer-, por lo general, carecen de opiniones propias", a lo cual se agrega que, por causa de la insensatez de la educación formal -esquemática, fragmentaria e intelicida- "además, no tienen ninguna capacidad para apreciar las obras elevadas y complicadas", ya que éstas son realizadas por mentalidades libres cuya creatividad funciona muy por encima de la institucionalidad educativa y de lo socialmente aceptado, razón por la cual los hombres "se guían de continuo por la autoridad ajena, y en noventa y nueve de cada cien casos los elogios se basan en esa confianza", haciendo del reconocimiento social a la obra artística e intelectual una mascarada que sirve de mejor manera a los intereses de las elites de poder que a la libertad humana implícita en toda obra de pensamiento o arte que merezca llamarse así.

"Por consiguiente-sigue Schopenhauer-, para los que sí piensan, incluso el aplauso más unánime de los contemporáneos tiene escaso valor, pues en él reconocen el eco de unas pocas voces que, además, dependen de cómo sople el viento". El caprichoso viento de los intereses del poder instituido.

La vida cultural oficial de cualquier país puede ser descrita como el encuentro de una multitud de insensatos ávidos reconocimiento, que aplauden a un grupito de insensatos también ávidos de reconocimiento, de modo que unos reconocen en los otros las virtudes de las que carecen y, por medio de ese acto profundamente vacío, todos quedan contentos y gratificados en cada uno de los complicados vericuetos y rincones de sus fragilísimos egos.

Esto es lo que hace a nuestro filósofo de cabecera preguntarse con sorna: "¿Se sentiría un virtuoso halagado por el clamor del aplauso de su público si supiera que, salvo uno o dos, todos son completamente sordos y que, para ocultar su defecto, estallan en aplausos tan pronto ven a algún otro agitar las manos? ¿Y si supiera, además, que los primeros en aplaudir a menudo se dejan sobornar para ovacionar a los violinistas más deplorables?"

Sordos aplaudiendo la excelencia musical. Ciegos aplaudiendo la calidad cinematográfica. Analfabetos aplaudiendo el virtuosismo literario. Ignorantes aplaudiendo los aportes científicos. Eso es el jet-set cultural, tanto más patético cuanto más atrasado sea el país del simulacro. El triunfador en semejante escenario necesita ser insensato, igual que necesita serlo su público. Porque en el momento en que a uno o a otro se le ocurriera hacer o decir algo que tuviera sentido, éste sólo podría materializarse en la drástica forma del suicidio o en la más endeble de la modestia que produce la conciencia plena de la propia mediocridad.

Es claro que si esto ocurriera, nos quedaríamos sin vida cultural oficial, sin mecenas, sin críticos benévolos y sin farsantes. Y ante la disyuntiva de morir viviendo con dignidad y simular que se vive haciendo el ridículo, los hombres suelen optar por la vida loca, recitando para sordos, pintando para ciegos y escribiendo para iletrados, mientras sordos, ciegos e iletrados aplauden con incontenible entusiasmo nervioso lo que nunca llegan a comprender.

El absurdo es el pasatiempo favorito de los seres humanos mientras esperan que les acabe de llegar la muerte. Y es del pasatiempo que brota la historia de la celebridad y de las celebridades, mientras la plena conciencia se extravía y se encuentra a sí misma en los márgenes de la estupidez, siendo de ello testigos, como dijo el poeta, solamente "los días jueves y los huesos húmeros/ la soledad, la lluvia, los caminos..."

Fuente: www.lainsignia.org - 160705


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