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El derecho a lucrar y enriquecernos
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 17 agosto del 2005

Se trata de converger en un proyecto económico que elimine la pobreza mediante la libre generación de riqueza. No es cosa de quitarles lo suyo a unos pocos para dárselo a otros muchos ni de impulsar reformas agrarias expropiadoras ni de instaurar regímenes de “justa distribución” de lo ajeno. Más bien se trata de establecer “normas claras” para que los individuos (no los colectivos) podamos ejercer nuestro inalienable derecho a lucrar, a enriquecernos y a tener propiedad privada. ¿O no?

Como ningún obrero, campesino o trabajador de clase media querría quedarse fuera de un proyecto económico en el que la producción de riqueza esté en manos de individuos libres y creativos que inventen nuevas y cada vez más eficientes maneras de producir bienes y brindar servicios para intercambiarlos en libertad, necesitamos hacer valer nuestro derecho individual a ser empresarios y a enriquecernos frente al único obstáculo que impide el ejercicio de la libertad de empresa: las prácticas mercantilistas y monopolistas que buscan acaparar todas las formas posibles de hacer dinero concentrándolas en grupos elitistas de poder que, por medio de proteccionismos estatales y otros privilegios, provocan la quiebra de los empresarios que impulsan negocios exitosos (por lucrativos) para apropiarse de su línea de trabajo e impedir que exista ese servicio hasta que el grupo oligárquico decida ofrecerlo. ¿O no?

Para un proyecto de libre creación de riqueza, la inversión extranjera es fundamental si no fomenta prácticas mercantilistas y monopolistas que conviertan a los oligarcas y políticos corruptos locales en sus socios minoritarios, coartando así el derecho de todos los individuos a enriquecerse. Si la libertad es derecho de personas individuales y no de colectivos, la función del Estado es velar porque se cumpla la “majestad de esta ley” y las “reglas claras” para la generación de riqueza, garantizando así la irrestricta libertad empresarial de las personas. Esto no implica proteccionismo alguno porque no se trata de hacerse ricos a la sombra de disposiciones estatales que impidan la libre competencia entre individuos soberanos que trabajan para lucrar y enriquecerse. Se trata de que las formas corporativas mercantilistas monopolistas de acumulación de capital no anulen el derecho de los individuos libres a ser ricos convirtiendo a los potenciales empresarios en proletarios sin más opción que vender su fuerza de trabajo descalificada en un exiguo mercado que sólo accede a adquirirla a precio de barata. ¿O no?

Un proyecto económico de generación libre de riqueza propicia que las pequeñas burguesías, las capas medias y los estratos populares lucren sin trabas mediante el estímulo y la proliferación de la pequeña y mediana empresa. Su objetivo es que todas las personas, y no sólo las elites de siempre, tengan la oportunidad de alcanzar una vida próspera, digna y decorosa en la que las naturales desigualdades humanas no se utilicen para violar el derecho individual a enriquecerse y a gozar de la posesión de bienes materiales en propiedad privada. ¿O no?

Es claro entonces que un despegue económico según este ideario no puede prescindir de las “reglas claras” que impidan los proteccionismos elitistas ni del concurso efectivo de las capas medias y las masas populares. Tampoco, del imperio de la “majestad de la ley” que un Estado eficiente y probo, pequeño y ágil y, por ello, económica y políticamente fuerte tiene que garantizar. Y a todo esto se le puede llamar liberalismo. ¿O no?

 

Fuente: www.lainsignia.org - 130805


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