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A los diestros y a los siniestros
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 20 agosto del 2005

Desde sus orígenes ilustrados en el siglo XVIII y sus posteriores desarrollos a lo largo del XIX, el liberalismo ha oscilado entre dos vertientes fundamentales en las que la preeminencia de la economía sobre la política, del mercado sobre el Estado, del individuo considerado libre en sí mismo sobre el individuo considerado como sólo capaz de ser libre en sociedad, así como las posibilidades contrarias de estas dicotomías, han definido los ejes de su debate interno y de sus desarrollos contemporáneos anticomunistas, conocidos en su conjunto como "neoliberalismo", los cuales se posicionan a favor del individuo como contrapuesto a la colectividad, del mercado como contrapuesto al Estado y de la economía como contrapuesta a la política, desembocando en políticas privatizadoras de lo público y en el desmantelamiento del poder estatal para sustituirlo por los poderes empresariales. La inconsistencia y banalidad de estos falsos problemas no aguanta el menor análisis dialéctico y mucho menos histórico. En todo caso, no nos ocuparemos de eso en estas líneas el día de hoy.

El debate actual entre las posiciones neoliberales y las liberales (más proclives estas últimas a la consideración del individuo como un ser sólo capaz de ser libre en sociedad y que protagoniza el quehacer económico como una actividad sujeta a leyes que preservan mediante la gestión del Estado la libertad de empresa impidiendo prácticas mercantilistas y monopolistas amparadas en favoritismos estatales) gira en torno al eje práctico del impulso de proyectos económicos y políticos de genuina libertad de empresa, que garanticen el pleno ejercicio ciudadano de la democracia y el pluralismo. En el centro de esta discusión está el análisis de los desenlaces mercantilistas y monopolistas en los que, hasta ahora, ha desembocado el capitalismo, haciendo del ideario liberal un discurso de letra muerta y de su práctica un desembozado saqueo de recursos naturales, explotación de fuerza de trabajo e imposición de condiciones de consumo que hacen del postulado según el cual el consumidor es quien decide los rumbos del mercado una frase que, cuando menos, se revela como una franca payasada y, cuando más, como un perverso engaño intelicida.

Razón de sobra tienen los neoliberales en socavar los cimientos de un Estado hipertrófico, ineficiente y corrupto. Pero su propuesta de sustituirlo en sus funciones sociales por la acción empresarial privada arguyendo que de esta manera y automáticamente la gestión social y política se torna proba, ágil y eficiente es muy discutible, por decir lo menos, ya que las experiencias neoliberales en la Inglaterra de Tatcher, los Estados Unidos de Reagan, el México de Salinas de Gortari y la Argentina de Ménem, por ejemplo, han sido desastrosas. Es aquí- en la determinación de las funciones del mercado y del Estado, así como de sus relaciones políticas en una sociedad concreta- en donde se abre el espacio para un debate imprescindible de librar de manera serena e inteligente y sin aspavientos de guerra fría, ya que de su desenlace puede depender el futuro de países del tercer mundo que, como el mío, cargan con el peso muerto de una izquierda desorientada de pesadas nostalgias estalinistas y lacrimosas saudades retro que nada aporta a los debates ni al país en concreto, y de una derecha tosca, inculta y violenta que ha encontrado en el dogma neoliberal un recetario perfecto para sus solucionismos "prácticos" de irrenunciables vuelos neofascistas.

En vista de que han sido los más jóvenes de los neoliberales de mi país los que se han plantado el guante que les lancé a la cara a sus gurús mediáticos (vociferantes y agresivos por inconsistentes y temerosos, según lo han demostrado con su penoso y alargado silencio) y me han escrito para que nos encontremos a discutir sobre mis propuestas, es que me permito continuar con esta racha de artículos y preguntar ¿por qué en lugar de enfrascarnos en vanas diatribas sobre qué trío tiene de su lado la verdad y la razón -si el de los diestros Smith-Mises-Hayek o el de los siniestros Marx-Engels-Lénin- no nos dedicamos a discutir acerca de las posibilidades del liberalismo como referencia y eje para formular un interés nacional interclasista que gire en torno a un plan económico de generación libre de riqueza en democracia, el cual integre y fomente el quehacer de la micro, pequeña y mediana empresa, de las capas medias y de la inmensa fuerza de trabajo en busca de oportunidades de calificación, y no sólo beneficie a las conocidas elites oligárquicas, paraoligárquicas y neooligárquicas de tan irritante permanencia en el tiempo y el espacio que compartimos? ¿Hasta cuándo la pueril satisfacción ególatra de "tener la razón" va a impedir que las inútiles diatribas bipolares de los intelectuales orgánicos se conviertan en debates plurales responsables con consecuencias prácticas para la sociedad? ¿Hasta cuándo los desvelados odios de guerra fría serán sustituidos por la voluntad serena y lúcida de hacer despegar económicamente nuestro país, incluyendo en la aventura a toda la ciudadanía y no sólo a las elites despistadas que siempre se imponen por la fuerza de sus ejércitos lacayos? ¿Hasta cuando "los pusilánimes y los tímidos que no saben defender sus banderas" se creerán el cuento de que su silencio de clarísima impotencia lo es de ilusa suficiencia indiscutible?

Espero que quien me responda se comprometa, como yo, a sostener el debate hasta el final, pues la suya es "una posición que por obligación debe defender". Los cobardes comentarios de francotirador anónimo (que infestan mi buzón) y las descalificaciones hepáticas que sobre mis artículos circulan como relámpagos en los corrillos de la universidad neoliberal y otros ambientes "exclusivos", sólo evidencian la impotencia y la incapacidad de quienes los profieren, y son aun más inútiles y nocivos para el libre debate de ideas que los argumentos de quienes se atacan mutuamente desde compactas trincheras diestras y siniestras disparando infructuosamente desde un pasado que se les hace muy seguro, hacia un futuro que no comprenden y que les angustia hasta la desesperación y la amargura, como es el caso de los jurásicos exponentes de las ideologías retro de guerra fría. Son más inútiles porque se agotan en planteos abstractos que luego sus exponentes no pueden aplicar a la práctica, y son más nocivas porque navegan con bandera de "actualidad" y hasta de "revolución" seduciendo a juventudes incautas e idealistas (como todas las juventudes de todos los tiempos), cuando a la vista está que sólo se trata de conjuntos amorfos de creencias unidas por lazos afectivos y necesidades emocionales de derechistas resentidos con las izquierdas y con quienes desde ellas les amargaron la existencia a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.

Ojalá mis próximos encuentros con los jóvenes neoliberales que me están escribiendo estos días fructifique en mutuos esclarecimientos y en convergencias útiles sobre puntos concretos de coincidencia. Es una manera de dar un paso adelante saliéndonos del canasto de cangrejos en que anidan y pululan las izquierdas y las derechas de nuestro "pequeño y horrendo país". Los mantendré al tanto, leales lectores, porque parece que esto se empieza a poner bueno.

Fuente: www.lainsignia.org


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