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El cielo a ras de suelo
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 24 agosto del 2005

Pareciera ser un rasgo humano común el que a nadie le agrade que se contradiga su opinión, y la razón de esto es sencilla: casi nadie apoya sus opiniones en análisis que no necesariamente arrojen resultados acordes con los propios deseos e intereses. En un país que, como el mío, ha padecido siglos de violencia y autoritarismo, la gente se ha acostumbrado a solventar diferencias imponiendo criterios y voluntades a la fuerza. De esa cuenta es que, además de acusar la usual ausencia de análisis para sustentar opiniones, la mayoría percibe los debates intelectuales como batallas a las que se llega a perder o a ganar, y no como esfuerzos conjuntos para arribar a puntos de consenso a partir de las naturales diferencias de opinión, criterio e interés.

Así se explica que tanto las izquierdas como las derechas desfasadas colisionen constantemente en sus vanos esfuerzos por entablar diálogos para ponerse de acuerdo acerca de asuntos que competen a la institucionalidad democrática. El fracaso de estos diálogos y el truncamiento de los correspondientes planes de conjunción y convergencia no se deben a la voceada defensa de principios no negociables que sus exponentes alegan para justificar su falta de capacidad política práctica, sino a prejuicios necios a los que identidades ideológicas forjadas en la demagogia y la mentira se aferran porque constituyen las “verdades” sin las que la propia imagen de sí mismas se desmoronaría. Y como requiere cierta entereza admitir que uno se ha equivocado y mucho valor para emprender caminos diferentes para llegar a los fines que se anhelan, las más de las veces la gente se atrinchera en sus preconceptos y prejuicios para juzgar desde allí el propio quehacer y el de los demás. El resultado es un diálogo de sordos, un ruido de monólogos paralelos y la consecuente angustia de los constructores de la Torre de Babel.

“Mientras aprenda, no importa quién me enseñe”, reza un sabio juicio al cual se suele oponer la nefasta actitud que Schopenhauer llamaba “la divisa unánime de la mediocridad” y que formulaba, parafraseando a un mediocre cualquiera, así: “Si alguien sobresale entre nosotros, que se vaya a sobresalir a otro sitio”. No encuentro por el momento mejor frase para caracterizar el clima que anima los debates intelectuales y los intentos de concertación política en “mi pequeño y horrendo país”.

Pero la práctica y la Historia (o el Tiempo) todo lo ponen en su lugar y, ante el desgaste de la torva necedad neoliberal y la desesperante inocuidad de las izquierdas nostálgicas, están surgiendo individuos y grupos que analizan con el cuidado del caso el ideario liberal (no el neoliberal) como piedra de toque de las necesarias convergencias para diseñar un interés nacional y un consecuente proyecto económico y político que en el largo plazo asegure un desarrollo sostenible, independientemente del partido político que esté en el poder. Esto, al margen de las izquierdas y las derechas retro, que ya se sabe que no pueden aportar nada a un esfuerzo como este, ya que las primeras están compradas por la cooperación internacional sin cuyos financiamientos y camisas de fuerza no pueden dar un paso, y las segundas no logran ver más allá del interés lucrativo de sus grupos familiares endógenos.

Hasta la fecha, nuestros debates intelectuales se han caracterizado por su triste desgaste en aclaraciones que un mínimo de cultura general hubiese podido evitar, lo cual expresa a cabalidad el atraso estructural que padece el país y no podía haber sido distinto. En consecuencia, el opinionismo irresponsable ha campeado a gusto por las páginas de opinión de los diarios, y la confusión de la masa lectora ha llegado a un paroxismo que la hace invocar la conocida solución de la fuerza para remediar el atemorizante clima de inseguridad que vivimos. Pero la buena noticia es que eso empieza a cambiar. La alarma que produce no saber hacia dónde se dirige nuestra América Latina después del fracaso de las aventuras neoliberales está provocando respuestas interesantes que constituyen un tapaboca a los delirios “teóricos” del neoconservadurismo empresarial, como ocurre en Venezuela, Argentina, Uruguay y Brasil, y el caso de Guatemala no habrá de ser una excepción.

En medio de la desorientación del caso, hay gente buscando consensos para salir del atolladero en que la oligarquía, el ejército, la dirigencia guerrillera (traicionando a su militancia) y el crimen organizado nos han sumido y que nos tiene de un hilo dependiendo de las remesas de los heroicos desarrapados que cruzan la frontera de Estados Unidos y de los ubicuos narcodólares que proporcionan empleo a quienes no han podido todavía emigrar. Tanto las remesas como los narcodólares son, a la larga, un dinero inflacionario porque no procede de la producción de mercancías sino de economías ajenas a nuestra capacidad de producción, por lo que el alivio temporal que proporcionan habrá de agravar más la situación en el largo plazo.

Como parte de los esfuerzos por remontar los rediles de la izquierdo-derecha retro, los diálogos empiezan a funcionar bajo el criterio de que no se trata de que pensemos uniformizadamente sino que coincidamos, desde nuestras diferencias, en puntos concretos de interés interclasista para diseñar y poner en práctica un proyecto económico y político de nación que nos incluya a todos y no sólo a las elites de siempre.

Señalando uno de los tantos defectos humanos que le gustaba tanto señalar, Schopenhauer decía que:

“La gente, tal y como es por regla general, toma a mal que no se comparta su opinión. (..) De una controversia con ellos, la mayor parte de las veces lo que sacaremos es una gran irritación, puesto que no sólo tendremos que enfrentarnos a su incapacidad intelectual, sino que muy pronto también a su baja estofa moral”.

Como país, ya no nos queda más espacio qué recorrer entre el cielo y el suelo porque hemos tocado fondo con vistosa aparatosidad y no podemos darnos el lujo seguir descendiendo más. Ante la dura verdad de que el cielo se nos vino encima y el suelo nos impide continuar cayendo, no nos queda sino rebotar. Este rebote requiere en parte que la ignorancia y la baja estofa moral de los opinionistas intolerantes que no pueden ver más allá de sus intereses sectoriales, quede relegada al sitio que le corresponde para darle paso, ahora sí, al diálogo, a los consensos, a los proyectos compartidos y a una esperanza concreta basada en las propias fuerzas y no en el asistencialismo foráneo y los financiamientos que nos atan las manos y nos tapan la boca paralizándonos o haciéndonos caminar en círculos como hasta ahora.

El cielo está a ras del suelo. Tenemos que erguirnos a fin de crear el espacio vital que necesitamos para vivir y prosperar. Ese espacio es nuestro. Nos pertenece a todos en la medida en que entre todos lo abramos ubicando nuestro cielo tan alto como nos lo permita la firmeza con que tengamos asentados los pies sobre la tierra.

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