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América Latina: Seducir a la oligarquía
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 30 agosto de 2005

El gran dilema latinoamericano a la hora de diseñar un proyecto económico en el que exista un interés para cada clase social a fin de que tanto los ricos como la pequeña burguesía, las capas medias y los trabajadores pobres se vean incluidos y tengan un incentivo por el cual luchar, es la voracidad de sus oligarquías, pues éstas se suelen "comer" los proyectos incluyentes y el resultado es siempre un fortalecimiento oligárquico y un crecimiento desbordado de la pobreza, con las consecuencias sociales que conocemos y que hacen a la población excluida un terreno mejor abonado para reproducir fenómenos como la drogadicción y el crimen organizado.

Hoy por hoy, las oligarquías son un socio inevitable en cualquier intento de modernización de la economía y el Estado (léase, del capitalismo y de la democracia), por lo que en el diseño de un plan económico de despegue para un país al borde de la inviabilidad se le debe ofrecer a la oligarquía hacer más dinero mediante el sencillo mecanismo de que los demás también lo hagan, y demostrarle que puede resultarle mucho más rentable incluir a los demás en el esfuerzo del enriquecimiento colectivo, que apartarlos de él en forma sistemáticamente cruel y violenta. Si se logra seducir a la oligarquía y hacerla entender que no se trata de quitarle propiedad privada para repartirla entre quienes no la tienen, sino de hacer crecer la productividad incorporando al trabajo, al salario y al consumo a amplias masas que deambulan en el desempleo y la ignorancia, quizá la cosa camine, aunque queda por resolver el viejo problema de impedir que diga que sí pero que piense que no y que se "coma" el proyecto para continuar gozando del paraíso feudal al que está acostumbrada.

Es en este punto en el que el proyecto económico se torna político, pues solamente un Estado fuerte y capaz de hacer cumplir las leyes puede impedir las inveteradas prácticas mercantilistas y monopolistas oligárquicas, mediante las cuales esta elite se ha mantenido en el poder a pesar de su proverbial atraso. Un Estado tal, debe ser igualmente capaz de cortarles las manos a los políticos corruptos que entregan los planes de desarrollo a los ricos mediante la oficialización de olas privatizadoras, o que dicen pelear contra ellos y a favor de los pobres solamente para enriquecerse mediante la utilización corrupta del aparato estatal.

En el frente económico se seduce a la oligarquía, y en el político se le ponen límites para que pueda enriquecerse más cuidándola de sus propios excesos. Ocurre empero que para impulsar un proyecto semejante hacen falta liderazgos que no existen, pues las dirigencias políticas responden a quienes financian sus campañas. Lo que nos lleva a que un plan de desarrollo económico en el que todos nos enriquezcamos para no matarnos unos a otros, requiere de una fuerza política con una moralidad suprema que rija su práctica. Esa fuerza es la que tenemos que crear. Y es a esa fuerza a la que hay que insuflarle ideas claras para llegar a cada clase social con una propuesta concreta en particular. Incluida la oligarquía, a la que sin remedio habrá que seducir. No así al reducido grupo neoliberal que aboga por no planificar nada y dejarlo todo en manos del mercado, pues está visto que no sabe fundamentar ni defender sus despropósitos, y mucho menos sabrá ponerlos en práctica. Tampoco a la izquierda, que se conforma con los financiamientos externos que le permiten llevar la vida comodona con la que por lo visto siempre soñó. El camino está, pues, libre para la creatividad y el atrevimiento.

Fuente: www.lainsignia.org


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