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En última instancia
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 10 de septiembre de 2005

Uno de los primeros días de septiembre manejaba yo mi automóvil por las endemoniadas calles de la ciudad de Guatemala, cuando escuché por la radio una conversación entre el conductor de un programa y su invitado. Hablaban sobre los actos (llamémosles) anómalos de algunos pastores protestantes. El conductor del programa se identifica a sí mismo como evangélico y su invitado como católico. Pero ambos coinciden en que son neoliberales de hueso colorado: el invitado es un gurú del fundamentalismo de mercado, y el conductor, uno de sus repetidores periodísticos más candorosos, entusiastas y disciplinados.

En cierto momento de la entrevista, el invitado dijo que el planteo de Max Weber sobre el protestantismo como religiosidad del espíritu del capitalismo, había surgido porque Weber quería demostrarle a Marx que estaba equivocado al haber dicho que la economía determinaba la cultura, que la base económica determinaba la superestructura ideológica, y que por eso Weber se había dedicado a probar que una religiosidad podía de hecho traducirse en prosperidad económica, razón por la cual los países de cultura anglosajona protestante son más prósperos que los de cultura latina católica. Aunque no lo dijo el invitado, se sabe que de esto se desprende la idea de que la exaltación católica de la pobreza, la resignación y el sacrificio produce individuos improductivos, mientras que la santificación protestante del lucro genera seres emprendedores, por no decir empresarios.

Pero no es tanto lo que dijo Weber lo que me interesa discutir ahora, cuanto la pertinaz incomprensión de Marx que sigue estando en la base de los juicios de sus más hepáticos críticos, debida sobre todo a la lectura superficial de sus obras o bien a la ausencia total de esa lectura, la cual se suele sustituir por su estudio de segunda mano a partir de referencias ajenas. Una de las ideas marxistas más tergiversadas es la de la famosa determinación de la base económica sobre la cultura, y esa tergiversación brota de la incomprensión de las leyes de la dialéctica como rectoras del desarrollo material y espiritual. En otras palabras, los críticos neoliberales del marxismo suelen interpretarlo mecánica y no dialécticamente, y por eso conciben que la determinación de la base sobre la superestructura es mecánica y de una sola vía, cuando tanto Marx como Engels dejaron muy claro que el desarrollo material e ideológico opera siempre a partir de la lucha de contrarios, los cuales, al negarse complementándose, producen a la vez las condiciones para una nueva negación de lo que anteriormente se había afirmando, negando así a la afirmación anterior. Si la negación en el desarrollo fuera mecánica, es decir, una sola, entonces el desarrollo se detendría con la primera negación, pero eso no ocurre en el plano de lo real. Allí, la negación se convierte en afirmación cuando vence a la afirmación anterior a ella, y a su vez es el caldo de cultivo de los elementos que después constituirán su propia negación. Con todo, este proceso implica la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos, o viceversa. Hasta aquí, la cartilla.

¿Pero cómo operan estos conceptos en la elaboración de la idea según la cual la base determina la superestructura? Días después de que había escuchado aquello por la radio de mi auto, La Insignia publicó un fragmento de Engels que tituló "Necesidad, casualidad, economía", en el que se puede leer lo siguiente:

"El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico; pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y en su base económica. No es que la situación económica sea la causa, lo único activo, y todo lo demás efectos puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia . El Estado, por ejemplo, actúa por medio de los aranceles protectores, el librecambio, el buen o mal régimen fiscal; y hasta la mortal agonía y la impotencia del filisteo alemán por efecto de la mísera situación económica de Alemania desde 1648 hasta 1830, y que se revelaron primero en el pietismo y luego en el sentimentalismo y en la sumisión servil a los príncipes y a la nobleza, no dejaron de surtir su efecto económico. Fue éste uno de los principales obstáculos para el renacimiento del país, que sólo pudo ser acudido cuando las guerras revolucionarias y napoleónicas vinieron a agudizar la miseria crónica. No es, pues, como de vez en cuando, por razones de comodidad, se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un efecto automático; no, son los mismos hombres los que hacen la historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última instancia , y las que nos dan el único hilo de engarce que puede servirnos para entender los acontecimientos son las económicas, por mucho que en ellas puedan influir, a su vez, las demás, las políticas e ideológicas" (cursivas mías).

Y las religiosas. Por lo que los planteos acerca del papel activo de la cultura sobre la economía, derivados del estudio de Weber, pueden considerarse válidos sin necesidad de que constituyan por ello una refutación del marxismo, siempre y cuando -eso sí- no nieguen la determinación en última instancia de lo económico sobre lo cultural o simplemente inviertan esa relación dialéctica y la tornen mecánica. La clave para entender el porqué de las pertinaces tergiversaciones del pensamiento de Marx y Engels radica en la comprensión o incomprensión de la dialéctica como metodología para explicar el flujo de lo real, tanto en su aspecto material como en el ideológico o espiritual. Cuando se pretende dar cuenta del desarrollo de lo real mediante categorías metodológicas de la lógica formal y no de la lógica dialéctica, el resultado es que en donde hay genialidad se percibe necedad y tontería. Es lo que les ocurre a los neoliberales que hablan de Marx por referencias de segunda mano, sin haberlo leído o habiéndolo leído fragmentariamente, de pasadita y con mentalidad mecánica y no dialéctica.

Me disculpo por haber recurrido al argumento de autoridad citando a Engels, pero preferí ir al texto (que además se me puso a la mano gracias a La Insignia ) para hacerlo jugar las veces de tumbaburros, ya que aunque las ideas y los ejemplos citados no convenzan a los neoconservadores cabezotas, por lo menos les demuestra que no han leído con atención y responsabilidad o que no han leído del todo aquello que descalifican con tan ridículo derroche de falsa autoridad. Después de todo, se trata de "intelectuales" con genuina vocación de encantadores de serpientes e ilusionistas de circo, pero que se venden como mentores de juventudes emprendedoras y "exitosas".

Lo que en realidad contribuyen a formar son pequeñas legiones de mercachifles cuyo delgado barniz de información fragmentaria y tergiversada sobre las ciencias sociales los hace percibirse a sí mismos como "intelectuales", cuando a la vista está que se encuentran muy lejos de alcanzar semejante condición, al menos mientras sigan siendo dogmáticos y persistan en el ridículo histrionismo de criticar lo que no entienden ignorando el significado de conceptos como el de "determinación en última instancia", el cual expresa el conjunto de interacciones que hacen posible la correspondencia entre base económica y superestructura cultural, tanto por afirmación como por negación.

En fin…, ya se sabe que no hay peor crítico que el que no quiere leer.

Fuente: www.lainsignia.org


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